Dolce far niente en Venecia

Venecia…misteriosa y elegante, acosada y decadente…un recuerdo en venta que pese a todo, guarda en sus canales y tras sus desconchadas fachadas mucho más de lo que puede captar el objetivo de la cámara. Vida escondida tras un escenario suntuoso, mítico. Esta fabulosa ciudad se esconde tras una de sus famosas máscaras de Carnaval y como a una noble dama, hay que ir descubriendo sus secretos poco a poco, dejándose seducir despacio, como se deslizan las góndolas por canales olvidados.

Reconozco que me gusta perderme por las ciudades, errabundear con la secreta intención de tomar el pulso de lo cotidiano, ajeno a oficialismos o dictados de guía turística. No siempre lo consigo. Pero en Venecia, una de las ciudades más visitadas y fotografiadas del mundo, alejarse de la caterva de turistas y lanzarse por las callejuelas en busca de lo insólito, de la vida cotidiana que palpita pese a todo dando la espalda a los visitantes que irónicamente la mantienen viva, es obligado. Perderse en esta ciudad es empezar a conocerla, tomar la calle que se esconde y no seguir rumbo fijo…así encontré yo el lugar del que quiero hablaros, uno de esos rincones que no se pueden buscar, solo pueden ser encontrados. Como las cosas importantes en la vida.

Squeri de San Trovaso, el más antiguo de la ciudad

Squeri de San Trovaso, el más antiguo de la ciudad

Dos veces me encontré con el campo de Santo Trovaso, muchas veces desde entonces he vuelto en mi cabeza. Éste es uno de esos rincones por donde consigue respirar esta ciudad asediada. Está situado en el barrio, o sestiere como aquí se denomina, del Dorsoduro, casi volcado al lado contrario del Gran Canal y no muy lejos de Santa María della Salute. En sus inmediaciones existe aún uno de los tres (y el más antiguo) talleres tradicionales, o squeri, que quedan de góndolas venecianas. La iglesia de Santo Trovaso se erige de guarda y sostén de una pequeña plaza rectangular, configurada en dos niveles y con una coqueta e ínfima zona verde asomada a un pequeño canal. Un pequeño oasis de calma en medio del caos, el perfecto lugar donde descansar del estresado errar del viajero desestresado.

Dos veces dejé pasar el tiempo y disfrute con ello en este lugar. Una primera vez fue una eterna tarde de verano, el descanso del guerrero después de un largo viaje con dos amigos de esos que no sobran. Cansados de movernos bajo la dictadura del mapa, compramos unas cervezas y cruzando el puente de San Trovaso, nos dejamos caer en la hierba, dispuestos exprimir lo que nos quedaba en Venecia de la mejor manera que sabemos: no haciendo nada. Así, entre una charla animada y la perezosa cotidianeidad veraniega que se desarrollaba a nuestro alrededor, fuimos despidiendo la tarde y el viaje. Un grupo de estudiantes también veía caer la luz, disolutos ellos como la dichosa juventud; cerca, una pareja de bohemios enamorados (o enamorados de lo bohemio), asomados al canal con una botella de vino, se hacían silenciosas y profundas confidencias que no tardarían en olvidar; al otro lado del canal, pensativos venecianos volvían por la Fondamenta Nani con la compra; ciudadanos del mundo buscando un monumento aislado, unos niños rebotando la pelota contra la fachada de la iglesia…así, fuimos aprendiendo sin aprender el secreto del dolce far niente de una tarde de verano en Venecia.

El amor bohemio en Venecia y un vino peleón

El amor bohemio en Venecia y un vino peleón

La segunda, fue un perderse premeditado, encontrar sin perseguir ese dejar pasar las horas a la sombra de San Trovaso, que tan buen recuerdo me había dejado. Quise llevarla y compartir el tesoro hallado y convertirlo en nuestro pequeño y secreto peregrinar dentro de nuestra visita a la ciudad. Un lugar donde rendir culto a esa Venecia que hicimos nuestra y de nadie más, tan solo un año después de conocernos. Esta vez, quisimos atrincherarnos en lo extraordinario, así que nos compramos unos cuantos cichettis, los aperitivos venecianos, y una botella de vino Prosecco en una antigua y encantadora cantina situado al pie del puente de San Trovaso, Al Bottegon se llamaba; y con nuestros víveres nos dejamos caer en el césped, a la sombra de la iglesia y los pequeños árboles. Alejados, pero más venecianos que nunca, disfrutamos cada segundo que se perdía en el canal, mientras desde una barca vendían fruta y algunos clientes salían renqueantes de la cantina. Nos bebimos el vino y el tiempo, sin prisas, disfrutando de estar allí, de estar juntos, y de los palacios de fachadas desconchadas en esa Venecia ajena al bullicio y horarios. La felicidad a veces no es tan difícil de encontrar, solo es que está un poco escondida.

Santo Trovaso visto por el artista

Santo Trovaso visto por el artista

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