Como un viajero contemplando un mar de nubes

En Noruega uno no puede evitar sentirse como en un cuadro de Caspar David Friedrich, un personaje anónimo enfrentado a una naturaleza primigenia y absoluta, como una eternidad de piedra. Uno se planta en el camino y ensimismado, deja perder la vista y la mente en el agua y en el encapotado cielo que refleja, en el gris corazón de la montaña y el verde bosque que la viste; en las fulgurantes cascadas que se derraman por la ladera de inmensos acantilados. Un paisaje escrito a viento y hielo, así está escrito también en sus gentes; un horizonte inmenso dónde el mundo del hombre se hace pequeño. Y como el caminante de Friedrich, uno puede asomarse a este particular cosmos, y a sí mismo, desde un púlpito de roca y tiempo, eso es el Preikestolen.

Esa terraza de roca sobre el Lysefjord era para nosotros objetivo y promesa, desafío y premio. Cómo campamento base elegimos la ciudad de Stavanger, antiguo puerto pesquero convertido ahora en animada capital petrolera y gasista del norte. Abrazada al mar, como casi todas las ciudades noruegas, Stavanger es acogedora y no muy grande, con un presente de metal y cemento que no empaña ni ensucia su pasado de madera y redes. Visitar su pequeña catedral, holgazanear cerca del pequeño lago en el centro (¿recuerdas?) o perderse por el laberinto de calles adoquinadas y buscar alguno de sus muchos cafés cuando la lluvia comienza a reclamar su protagonismo, son algunas de las opciones que ofrece.

El pequeño puerto de Stavanger

El pequeño puerto de Stavanger

Otra opción, al menos una de la que nosotros tomamos, es dejarse caer por el pintoresco puerto (Hagen), comprar unos pasteles de pescado calientes o platos de gambas en la lonja y sentarse en un banco, a tiro de gamba del agua, contemplando el ir y venir de las gentes, las gaviotas y los barcos, y como todo entra en ebullición cuando entra en el muelle uno de esos inmensos cruceros con todo incluido menos el placer de viajar. Después, nada mejor que dar un paseo por el bucólico Gamle Stavanger, en el lado oeste del puerto y con la sombra de los monstruosos cruceros asomando entre los tejados. Este divertido barrio se recorre con una sonrisa asomando, caminando relajadamente por calles adoquinadas entre casas de madera encalada del siglo XVIII y rodeadas de flores y pequeños y cuidados jardines e imaginando como será el relajado día a día de sus habitantes. Todo parece tan perfecto que parece un decorado, hasta los lozanos vecinos que ves pasar en bicicleta. ¿Gamle Style?, yo me apunto. Y camuflado en medio de este oasis de madera, un lugar único y curiosísimo, un museo de la conserva en una antigua conservera de sardinas, antigua fuente de riqueza de la ciudad, con maquinaria antigua, información y una colección interesantísima de antiguas etiquetas de latas de sardinas…quizás les tenía que haber dejado mi innovadora receta de revuelto de sardinillas…

Gamle Stavanger con mostruoso crucero al fondo

Gamle Stavanger con monstruoso crucero al fondo

No nos desviemos, puesto que Stavanger no es fin, sino principio. El caminante hará bien en desayunar fuerte antes de afrontar este peregrinaje a las alturas. Temprano, hay que tomar el ferry que cruza el Byfjorden y llega a la localidad de Tau, dónde se toma a su vez un autobús que deja a los excursionistas al pie del Preikestolen. O más bien, al pie del camino que nos llevará al púlpito, que es lo que significa en noruego. Allí, un cartel muestra un dibujo de lo que nos espera y anticipa unas dos horas de camino hasta la cima. Bueno es no pensarlo mucho y unirse a la columna de turistas que como hormigas suben en fila. Atrás queda la idea del camino, ahora es cuando hay que andarlo.

Se hace camino al andar

Se hace camino al andar

Las primeras cuestas discurren a la sombra de los árboles, si el día acompaña, la ilusión y el aire limpio le llenan a uno los pulmones. El sendero es amplio, la pendiente moderada. Superada esa primera etapa uno se encuentra el primer tramo de terreno más o menos llano, salpicado de charcos por la casi perenne lluvia de Noruega. Un pequeño descanso y los primeros paisajes de postal. Merece la pena cargar con la cámara, uno casi se aburre de perseguir “la foto”. Después la subida poco a poco comienza a parecer una versión alpina de “Humor amarillo”, con zamburguesas incluidas. Zonas pantanosas que hay que cruzar por pasarelas de madera, escarpadas subidas entre arboledas, una cascada de rocas donde hay que ir despacio para no dejarse un tobillo, gente que va, gente que vuelve…Los oriundos son fáciles de distinguir por su ritmo y su agilidad, los ves llevar al niño a la espalda cuando a uno ya le sobra hasta la sudadera desde hace rato.

Solo hay un camino: hacia delante

Solo hay un camino: hacia delante

Pero el caminante hace el camino y poco a poco, uno es roca y es agua, es parte del bosque y se hace viento. Solo hay un camino para llegar y mil para alejarse, y llegados a este punto, solo queda llegar. Cada vez más cerca el paisaje se abre poco a poco, dejando ver valles, cielo y mar; el fiordo a lo lejos y bosques por donde se escurre algún pequeño riachuelo. Todo es inmenso, como el tiempo; grandioso y cercano al mismo tiempo. Como en un cuadro de Friedich, uno contempla extasiado el vasto horizonte encajonado y experimenta esa extraña impresión de ser una parte tan pequeña de algo tan grande. Armonía incluso. Al subir, o al bajar, es un autentico lujo buscar algún recodo alejado del camino principal y hacer un improvisado picnic, disfrutando de la maravillosa sensación de sentirse aislado incluso entre tanto turista.

Como un cuadro de Friedich

Como un cuadro de Friedich

Y seguir adelante, arriba, arriba…hasta que la montaña a la derecha se erige orgullosa, empezando a cuadrarse frente al Lysefjord, el fiordo de la Luz. El camino se corta abruptamente y se asoma al vacío, aunque si el tiempo está encapotado uno solo observa un telón de nubes que lo oculta todo. Hay que girar a la derecha, el sendero ahora se estrecha y acompaña al precipicio, aunque es abordable por quién tiene mal de alturas (lo digo con conocimiento de causa). De repente, la niebla comienza a abrirse y se puede ver al final el destino de la excursión, del viaje, el objetivo, el Preikestolen.

El Preikestolen

El Preikestolen

Como una mano extendida o una lengua de roca se suspende sobre el fiordo. Significa púlpito, y nunca un nombre sonó tan apropiado, tiene algo místico alzarse en medio de ésta roca. El saliente, de unos 25 metros por 25, es el mirador perfecto, un balcón con unas vistas sobre el fiordo increíbles. Y si quieres un poco más de emoción, puedes acercarte al borde, sentarse sobre 604 metros de caída vertical…a mi no me veréis ahí. Pero aun sin sentarse al filo del abismo, la sensación es increíble, y aunque cuenta la leyenda que un día el púlpito cederá cuando cinco hermanos se casen con cinco hermanas, aun es posible disfrutar de esta excursión entre naturalezas pretéritas y paisajes de ensueño, ascender a esta plataforma sin igual y disfrutar de este espectáculo visual sobre brazos de mar y montañas, aún es posible sentirse como un viajero contemplando un mar de nubes.

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