Nightswimming en Donosti

Playa de Zurriola, frente a esos dos extraños barcos de luz varados del Kursaal. Madrugada cerrada y estamos bañándonos. Como en la canción de REM, aunque ellos pedían una noche tranquila para disfrutar del baño nocturno y ese no ha sido nuestro caso. Vinimos a esta ciudad, siempre elegante, para comernos y bebernos su espíritu de pintxo, su alma de sidra; y atiborrados y felices chapoteamos como osos después de su primer banquete de salmón en primavera. Solaces, henchidos; la felicidad se construye a base de estos momentos.

La música era la excusa, los amigos el camino. Conciertos gratis en la “Zurri”, hogar de neoprenos en el día, orillados al barrio de Gros. Aunque San Sebastián es de esas ciudades que no necesitan excusas, que siempre están a la altura de las expectativas, que nunca decepcionan. De bonita que es, tiene peligro de convertirse en un tópico. Uno tiende a pensar en París cuando visita Donosti, pero si bien creo que París, de no ser París querría ser San Sebastián, algo me dice que Donosti no querría ser nunca París. ¿Dónde tienen ellos el mar? Aquí las venas llevan sal. Y esas nubes oceánicas que parecen esperar el momento justo para abrirse y derramar una luz prístina sobre la bahía de La Concha…

Como La Concha no hay dos

Como La Concha no hay dos

Cómo si nos llevara esperando mucho tiempo, una lluvia difuminada nos dio la bienvenida. Alea jacta est. ¿Un zurito y vemos qué hacemos? Tira para el casco antiguo, a los pies del monte Urgull nunca se come mal. El Jazzaldia tiene la ciudad a rebosar, pero la ciudad es tranquila, amable; aquí se viene a disfrutar, joder. Esto es la hostia. Ese pintxo tiene buena pinta. Paga y vamos a otro. ¿Brocheta de rape, jamón y langostinos? ¡Dale! Dame una flautita de jamón. Paga, hemos pedido todos tinto. ¿Sabías que hay un funicular para subir al Igueldo? Pide otra, nos da tiempo. ¿Tosta de chipirón con salsa de hongos?. Corre, que creo que empiezan los Belle & Sebastian…concierto en la playa, unas cervezas, amigos… ¿qué más se puede pedir? Bueno, vale, una copa…

El mar no cesa en esta ciudad

El mar no cesa en esta ciudad

Levántate y comienza de nuevo la procesión pagana, esto parece un libro de Dan Brown. El centro mundial del paganismo gastronómico. Ya puestos…prueba un champiñón de El Tamboril. ¿Y la anchoa en tempura? El no va más. Cambia de esquina en la Plaza de la Constitución, tira para el Astelena. ¿Y ahora? Crep de txangurro, manitas de cerdo con foie…¿te parece poco? Acábate el vino, que ahora verás. Un makobe with chips en A Fuego Negro…brutal. ¿Has probado lo que sea en La Cuchara de San Telmo? Yo ya voy que no veo…pero hay sitio para alguno más. Entra aquí, en Baztan pintxos & bar…esas barras que rebosan, esa comida que te llena hasta las córneas…no, no robes esos pintxos, que no son tuyos, te puede el ansia.

Esta noche cruzamos el Urumea

Esta noche cruzamos el Urumea

¿Un café mirando al mar? Qué barrio pesquero…que maravilla, cómo esta bahía, para mí que como ésta no hay dos. ¿Un paseo y nos espabilamos? Tira por el Boulevard Aldapa, que tiene mucha vidilla. Ahora anda para la plaza de Gipuzkoa. ¿Un descanso en el clásico Bideluze? Tira, que ya tengo ganas de concierto. Pero antes, un poco de jazz latino en el Be Bop…el mejor para katxis: el Federico…¿cenamos unos bocatas en El quinto pino? Ya estamos liados otra vez…corre, ¡que empiezan los Chk chk chk!…y otra vez lloviznando. Mira que me gustan estas vistas cruzando el Urumea.. ¡Conciertazo! ¿y ahora? No hay huevos para un baño… ¿qué no?…¡pintxo, pintxo, pintxo de tortilla…¡

PD: Mis agradecimientos a Niki por dejarme usar las fotos que acompañan al texto, incluso sin saberlo.

Anuncios

Estrellas en la acera (o como errabundear un domingo veraniego)

Una tarde de domingo veraniego tiene el peligro de convertirse en esas escenas añadidas en las películas, esos minutos metidos con calzador y que casi nunca añaden nada nuevo. Uno puede sucumbir a la tentación de dejar pasar las horas en la piscina o en casa, aplastado por el calor y ahogados en el bochorno de la dejadez. Lánguidos incluso. A nosotros nos pasó eso hace poco, pero como Rick Deckard, soñamos un particular unicornio en la siesta, y como maestros de origami le dimos forma poco a poco a la tarde; perezosa y tranquila como corresponde a una tarde de domingo sin fútbol, pero provechosa. Ahí va una propuesta que vale para cualquier tarde holgazana: cine y errabundeo por las cercanías de plaza de España.

¿Alguien duda que Deckard era replicante?

¿Alguien duda que Deckard era replicante?

Lo primero que hicimos fue abandonar el coche en una sombra perdida cerca del abarrotado Templo de Debod y afrontar la peregrinación por el asfixiante Madrid veraniego con la mejor de las sonrisas. Callejeamos hasta los cines Renoir, curioseando escaparates y nuevos locales mientras sorteábamos los mil obstáculos que siempre te aguardan en las aceras de ésta ciudad. Cerca de los cines, Martin de los Heros se viste de Hollywood cañí, con aceras decoradas de baldosas con estrellas dedicadas a actores, actrices y directores patrios. Un poco casposo. Y así, pisando celebridades, llegamos a los Renoir, quizás las mejores salas de Madrid para ver cine en VO y sobre todo, ese cine difícil de ver en otras que vendieron su alma al mainstream. Compramos un par de entradas para “Searching for Sugar Man” y cómo aun nos quedaba tiempo, decidimos vagabundear un poco por la zona. Primero dimos una vuelta por la Plaza de España, ese patio comunal, cruce de caminos, dónde Madrid se abandona y más se parece a sí mismo, esos genes de pueblo grande, ese aire somnoliento del que duerme a deshora y no le importa lo que piensen. Turistas peregrinos, inmigrantes estrepitosos, abuelos varados y jóvenes excitados que se derramaban por sus aceras o se abandonaban en el césped, en cualquier sombra, dominados todos por Quijote y Sancho y la solida y abandonada Torre de Madrid, en su día el edificio de hormigón más alto del mundo y hoy ejemplo de la incapacidad española de aprovechar sus potencialidades.

Con la Plaza de España hemos topado, amigo Sancho

Con la Plaza de España hemos topado, amigo Sancho

Al final, asfixiados por el calor, decidimos exprimir los últimos minutos antes de buscar el aire acondicionado del cine en la librería, y ahora también cafetería, Ocho y medio, justo enfrente de los cines. Habitual refugio para cinéfilos y gafapastas. Para quién quiera saber sobre cine y su circunstancia, la mejor opción. Y encima ahora puedes tomar un café o picotear a buen precio. O comprar alguna chorrada relacionada con el cine (véase figurilla de plastilina de Jack Nicholson en El Resplandor), cosa que es debilidad para mí, las chorradacas como concepto decorativo-vital, un póster de Star Wars y una librería desordenada son el súmmum del refinamiento estilístico para una casa para mí. Mi musa difiere en este punto. Es la hora, vamos al cine.

Después de ver uno de los mejores documentales en mucho tiempo (necesario incluso), salimos, tarareando y encantados, de nuevo a la calima madrileña..silver magic ships you carry…jumpers, coke, sweet Mary Jane…dudamos si comentar la jugada tomando algo en alguno de los nuevos locales que han surgido en las orillas de la calle o dar un último paseo antes de volver. Son muchas las opciones que uno tiene para un refrigerio antes o después de la peli, desde un poco de sushi en Samosan a una crep en L’Art Creperie, de una quesadilla con tequila en la cantina Colorado Express a una cena romántica en El Apartamento del nº5.

Un poco de Egipto en Madrid es mucho

Un poco de Egipto en Madrid es mucho

Pero dejamos para otro día ese tour por las cocinas del mundo y decidimos decir adiós a la tarde como unos guiris más, desde el Templo de Debod, hablando de la película y mil cosas más. Muelle sin mar, su atardecer costero es de los más visitados de la capital, sobre todo por parejas y coleccionistas de recuerdos. Aunque quizás la vista más curiosa es la que hay a la espalda del mirador, con el templo egipcio en primer plano y Madrid de fondo, anacrónicamente fotogénica. A su alrededor, la fauna urbana construye un particular ecosistema: una chica versionea “La chica de Ipanema” al violonchelo, niños jodiendo con la pelota, frikis que juegan a ser Jedis, enamorados asomándose a los ojos de su pareja…Sugar man you’re the answer that makes my questions disappear…sonríes, sonrío, me gustan nuestras tardes de domingo.

Sueños de piedra en la jungla

Piedras y sueños

Piedras y sueños

Un buen amigo me preguntó hace poco si merecía la pena ir a Camboya para ver Angkor y pensando buenas razones que darle para acercarse, llegué a la conclusión de que lo que no encontraba era ninguna para no hacerlo. Aun recuerdo mi encuentro con la antigua capital del Imperio Jemer: templos medio fagocitados por la jungla, palacios de piedra consumida por el tiempo y el agua, una sensación de estar paseando por uno de esos lugares mágicos que le recuerdan a uno el porqué viaja…Un autentico ocho mil en la lista de destinos por donde errabundear alguna vez en la vida.

Dicen que un francés dijo una vez “ven a Angkor por sus piedras y por sus sueños”. Y fue otro francés, Henri Mahout, el que redescubrió este lugar oculto en la jungla en 1860. Nosotros lo tuvimos más fácil para encontrarlo, aunque no mucho más, puesto que llegamos a Siem Reap de noche, en un autobús cochambroso que nos dejó tirados más de una vez en un interminable trayecto por “carretera” desde Phnom Penh. Cuatro mochileros cansados con medio sudeste asiático recorrido y viviendo su particular Apocalypsis Now…¿se podía estar mejor? Siem Reap es la ciudad que se creó pegada a Angkor, en la orilla del lago Tonle Sap, para acoger a todos los turistas que después de la derrota de los jemeres rojos, llegarían y llegan de todas partes para visitarlo. Es una ciudad sin alma y con ojos de neón, llena de resorts, restaurantes y vicios a mitad de precio, para los que les gusta viajar sin sentirse lejos de casa. Un horror. Pero es donde encontramos un albergue para mochileros y donde pasamos aquellas calurosas noches.

El tuk tuk es la mejor forma

El tuk-tuk es la mejor forma de moverse

Para acercase y moverse por Angkor lo mejor es alquilar un tuk-tuk, las populares motos con remolque (de casi todos los tamaños y colores) que por unos pocos euros te llevan donde quieras y el tiempo que digas. Nosotros quedamos con el mismo conductor que nos llevó al albergue, un tipo simpático y despierto, con una cabeza desproporcionada para su pequeño cuerpo y una amplia sonrisa que recordaba al gato de Alicia en el País de las Maravillas, aunque ésta no brillaba en la oscuridad precisamente. Entre resorts y locales que ofertaban dudosos masajes llegamos a la entrada de Angkor, donde es inevitable chocar durante un rato contra esa muralla universal de obtuso cerrazón que es la burocracia. Realizados los típicos papeleos, uno ya está preparado para la inmersión este universo de roca, jungla y recuerdo.

El perfil más reconocible de Angkor Wat

El perfil más reconocible de Angkor Wat

Para empezar visitamos el templo más conocido y la cara visible de todo el conjunto, Angkor Wat, o la gran pagoda en sánscrito. El único edificio que no fue reclamado por la selva en la que se levanta, que nunca llegó a abandonarse. ¿Cómo pudo el resto de la ciudad caer en el olvido? Construido por el rey Syryvarman como representación del mítico monte Meru del hinduismo, fueron los monjes budistas, posteriormente, los que lo conservaron hasta hoy. Su perfil es el más reconocido del país, con sus cuatro torres sosteniendo el cielo y su santuario central alzándose a más de 65 metros. Dicen que no hay nada como fotografiarlo al caer el sol o el amanecer, cuando el agua del gran foso que lo rodea humedece la luz que se filtra por sus rocas y le da un aire mágico…No puedo decirlo; nosotros llegamos tarde, pero quedamos igualmente extasiados. Pese al tiempo y los saqueos, pese a la erosión y los turistas, Angkor Wat sigue conservando una belleza abrumadora en sus detalles. Una armonía casi científica. Perderse imaginando el antiguo trasiego por sus salas y sus terrazas; pasear por las galerías de bajorelieves, las más largas del mundo, representando mil escenas de poemas hindúes o antiguos episodios bélicos; descansar cerca de ninfas de piedra (apsaras), ajeno a todo menos a la voz de la piedra…

Angkor Wat guarda mil detalles

Angkor Wat guarda mil detalles

Después, nuestro improvisado guía nos dejó en la impresionante puerta sur de Angkor Thom, la ciudad real construida a finales del siglo XII y en cuyo interior está el templo Bayón, reconocible por sus torres con enormes caras de Buda por los cuatro costados y más relieves mostrando escenas de la vida de la corte y el pueblo jemer. Y estanques, y pozos…agua por todas partes. Creo recordar que leí que esa era una de las razones de su antiguo esplendor, ¿o lo pensé?. Y no sería de extrañar, porque por todas partes encuentras enormes obras hidráulicas, grandiosas hazañas de ingeniería para aquellos tiempos, depósitos de agua, puentes sobre canales… Y todo ello cuidadosamente decorado y con una inspiración casi mística. Piedra, jungla y agua, una ciudad perdida…¿cómo no disfrutar de este lugar? ¿cómo no sentirse vivo y agradecido?

Caras de Buda en Bayon

Caras de Buda en Bayon

Estanques y piscinas que significan oceanos

Estanques y piscinas que significan oceanos

Poco a poco nos fuimos adentrando en el enorme reciento arqueológico, cruzando y descruzando el río. Con el tuk-tuk nos íbamos moviendo por esa capital de capitales que fue Angkor, sin un rumbo definido y dejándonos llevar por impulsos y caprichos. Éramos personajes de una novela de Kipling, embargados por la aventura y el descubrimiento, asombrados por los monumentos y el entorno mismo donde se levantaban. Son más de 900 edificaciones las que hay desperdigadas por más de 400 km2 de jungla, imposible verlas todas. Pero ni el sofocante calor podía intimidarnos. Olvidados templos estrangulados por enormes raíces, cómo el de Ta Prom; abandonadas estatuas a medio camino de ningún lugar; palacios que parecen dispersarse con la niebla, olvidados entre la maleza. Y siempre, en el lugar más insospechado, niños y jóvenes intentando venderte alguna fruslería o bañándose en un enorme estanque o pidiendo una propina por un favor que no has pedido…son los hijos de los verdaderos habitantes de ésta ciudad perdida, de los vivos, de campesinos cultivadores de arroz que últimamente ven en los turistas una forma más rápida de aliviar su miseria. Dejarse llevar por tu guía y comer en alguno de los improvisados comedores que se levantan en los rincones del camino es una experiencia que recomiendo para los estómagos más atrevidos.

Raíces y ruinas

Raíces y ruinas

Ta Keo, Pre Rup, Neak Pean, Preah Khan, Klol Ko…cómo en el día después de una buena fiesta, sus nombres y sus recuerdos se me mezclan, se enturbian en mi memoria, pero eso no empobrece el recuerdo general, solo lo hace más uniforme. ¿Fue en Pre Rup dónde tuvimos que subir por mil pequeños escalones? ¿O fue en Klol Ko dónde nos adentramos entre las ruinas jugando a ser Indiana Jones? Lo que sí recuerdo bien es la despedida, encaramados al último nivel de un templo rojizo, sentados tranquilamente esperando caer el sol, uno más entre esos rostros pétreos, saboreando cada instante de esa espiritualidad que destila está ciudad perdida, degustando con amigos esa sonrisa inacabable del que se sabe en el camino, en un lugar único. Pavese lo expresó mejor que nadie, “no se recuerdan los días, se recuerdan los momentos”. Ese momento era de piedra y sueño, como Angkor.

Roca y agua

Roca y agua