Sueños de piedra en la jungla

Piedras y sueños

Piedras y sueños

Un buen amigo me preguntó hace poco si merecía la pena ir a Camboya para ver Angkor y pensando buenas razones que darle para acercarse, llegué a la conclusión de que lo que no encontraba era ninguna para no hacerlo. Aun recuerdo mi encuentro con la antigua capital del Imperio Jemer: templos medio fagocitados por la jungla, palacios de piedra consumida por el tiempo y el agua, una sensación de estar paseando por uno de esos lugares mágicos que le recuerdan a uno el porqué viaja…Un autentico ocho mil en la lista de destinos por donde errabundear alguna vez en la vida.

Dicen que un francés dijo una vez “ven a Angkor por sus piedras y por sus sueños”. Y fue otro francés, Henri Mahout, el que redescubrió este lugar oculto en la jungla en 1860. Nosotros lo tuvimos más fácil para encontrarlo, aunque no mucho más, puesto que llegamos a Siem Reap de noche, en un autobús cochambroso que nos dejó tirados más de una vez en un interminable trayecto por “carretera” desde Phnom Penh. Cuatro mochileros cansados con medio sudeste asiático recorrido y viviendo su particular Apocalypsis Now…¿se podía estar mejor? Siem Reap es la ciudad que se creó pegada a Angkor, en la orilla del lago Tonle Sap, para acoger a todos los turistas que después de la derrota de los jemeres rojos, llegarían y llegan de todas partes para visitarlo. Es una ciudad sin alma y con ojos de neón, llena de resorts, restaurantes y vicios a mitad de precio, para los que les gusta viajar sin sentirse lejos de casa. Un horror. Pero es donde encontramos un albergue para mochileros y donde pasamos aquellas calurosas noches.

El tuk tuk es la mejor forma

El tuk-tuk es la mejor forma de moverse

Para acercase y moverse por Angkor lo mejor es alquilar un tuk-tuk, las populares motos con remolque (de casi todos los tamaños y colores) que por unos pocos euros te llevan donde quieras y el tiempo que digas. Nosotros quedamos con el mismo conductor que nos llevó al albergue, un tipo simpático y despierto, con una cabeza desproporcionada para su pequeño cuerpo y una amplia sonrisa que recordaba al gato de Alicia en el País de las Maravillas, aunque ésta no brillaba en la oscuridad precisamente. Entre resorts y locales que ofertaban dudosos masajes llegamos a la entrada de Angkor, donde es inevitable chocar durante un rato contra esa muralla universal de obtuso cerrazón que es la burocracia. Realizados los típicos papeleos, uno ya está preparado para la inmersión este universo de roca, jungla y recuerdo.

El perfil más reconocible de Angkor Wat

El perfil más reconocible de Angkor Wat

Para empezar visitamos el templo más conocido y la cara visible de todo el conjunto, Angkor Wat, o la gran pagoda en sánscrito. El único edificio que no fue reclamado por la selva en la que se levanta, que nunca llegó a abandonarse. ¿Cómo pudo el resto de la ciudad caer en el olvido? Construido por el rey Syryvarman como representación del mítico monte Meru del hinduismo, fueron los monjes budistas, posteriormente, los que lo conservaron hasta hoy. Su perfil es el más reconocido del país, con sus cuatro torres sosteniendo el cielo y su santuario central alzándose a más de 65 metros. Dicen que no hay nada como fotografiarlo al caer el sol o el amanecer, cuando el agua del gran foso que lo rodea humedece la luz que se filtra por sus rocas y le da un aire mágico…No puedo decirlo; nosotros llegamos tarde, pero quedamos igualmente extasiados. Pese al tiempo y los saqueos, pese a la erosión y los turistas, Angkor Wat sigue conservando una belleza abrumadora en sus detalles. Una armonía casi científica. Perderse imaginando el antiguo trasiego por sus salas y sus terrazas; pasear por las galerías de bajorelieves, las más largas del mundo, representando mil escenas de poemas hindúes o antiguos episodios bélicos; descansar cerca de ninfas de piedra (apsaras), ajeno a todo menos a la voz de la piedra…

Angkor Wat guarda mil detalles

Angkor Wat guarda mil detalles

Después, nuestro improvisado guía nos dejó en la impresionante puerta sur de Angkor Thom, la ciudad real construida a finales del siglo XII y en cuyo interior está el templo Bayón, reconocible por sus torres con enormes caras de Buda por los cuatro costados y más relieves mostrando escenas de la vida de la corte y el pueblo jemer. Y estanques, y pozos…agua por todas partes. Creo recordar que leí que esa era una de las razones de su antiguo esplendor, ¿o lo pensé?. Y no sería de extrañar, porque por todas partes encuentras enormes obras hidráulicas, grandiosas hazañas de ingeniería para aquellos tiempos, depósitos de agua, puentes sobre canales… Y todo ello cuidadosamente decorado y con una inspiración casi mística. Piedra, jungla y agua, una ciudad perdida…¿cómo no disfrutar de este lugar? ¿cómo no sentirse vivo y agradecido?

Caras de Buda en Bayon

Caras de Buda en Bayon

Estanques y piscinas que significan oceanos

Estanques y piscinas que significan oceanos

Poco a poco nos fuimos adentrando en el enorme reciento arqueológico, cruzando y descruzando el río. Con el tuk-tuk nos íbamos moviendo por esa capital de capitales que fue Angkor, sin un rumbo definido y dejándonos llevar por impulsos y caprichos. Éramos personajes de una novela de Kipling, embargados por la aventura y el descubrimiento, asombrados por los monumentos y el entorno mismo donde se levantaban. Son más de 900 edificaciones las que hay desperdigadas por más de 400 km2 de jungla, imposible verlas todas. Pero ni el sofocante calor podía intimidarnos. Olvidados templos estrangulados por enormes raíces, cómo el de Ta Prom; abandonadas estatuas a medio camino de ningún lugar; palacios que parecen dispersarse con la niebla, olvidados entre la maleza. Y siempre, en el lugar más insospechado, niños y jóvenes intentando venderte alguna fruslería o bañándose en un enorme estanque o pidiendo una propina por un favor que no has pedido…son los hijos de los verdaderos habitantes de ésta ciudad perdida, de los vivos, de campesinos cultivadores de arroz que últimamente ven en los turistas una forma más rápida de aliviar su miseria. Dejarse llevar por tu guía y comer en alguno de los improvisados comedores que se levantan en los rincones del camino es una experiencia que recomiendo para los estómagos más atrevidos.

Raíces y ruinas

Raíces y ruinas

Ta Keo, Pre Rup, Neak Pean, Preah Khan, Klol Ko…cómo en el día después de una buena fiesta, sus nombres y sus recuerdos se me mezclan, se enturbian en mi memoria, pero eso no empobrece el recuerdo general, solo lo hace más uniforme. ¿Fue en Pre Rup dónde tuvimos que subir por mil pequeños escalones? ¿O fue en Klol Ko dónde nos adentramos entre las ruinas jugando a ser Indiana Jones? Lo que sí recuerdo bien es la despedida, encaramados al último nivel de un templo rojizo, sentados tranquilamente esperando caer el sol, uno más entre esos rostros pétreos, saboreando cada instante de esa espiritualidad que destila está ciudad perdida, degustando con amigos esa sonrisa inacabable del que se sabe en el camino, en un lugar único. Pavese lo expresó mejor que nadie, “no se recuerdan los días, se recuerdan los momentos”. Ese momento era de piedra y sueño, como Angkor.

Roca y agua

Roca y agua

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3 pensamientos en “Sueños de piedra en la jungla

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