Ukuli Bula

Para nuestra sociedad eterno-adolescente es difícil concebir en la actualidad un rito de iniciación, simbolizando el paso de la pubertad a la madurez, como el Ukuli Bula o el salto de los toros que aún se realiza en el valle del río Omo. No seré yo, con un síndrome de Peter Pan latente, quién critique nuestra creciente incapacidad para afrontar transiciones hacía la madurez ni la pérdida de ritos de paso que las representen. Ese viaje y retorno metafísico ya no tiene ese espíritu comunitario, ahora es más individual, más privado. ¿Acaso no lo es casi todo ya?. Pero en el sur de Etiopía, dónde viven los Hamer, la vida es áspera y difícil, y la niñez un lujo que no dura demasiado. Por eso aún realizan esta ceremonia de iniciación, en grupo, y aún mantiene, pese al tufillo artificioso que empieza a sentirse, una atmósfera esotérica y trascendente, una solemnidad fundacional.

Nuestro guía en Etiopía, Osman (eficiente responsable de Sora Tours), nos fue contando en qué consistía el Ukuli Bula mientras recorríamos el camino entre nuestro hotel, en las afueras de Dimeka, y el poblado de los Hamer. Así, mientras cruzábamos cauces de río casi secos (aunque al día siguiente no lo estarían, pero esa es otra historia) y rebotábamos en el asiento del castigado Land Rover, nos contó que la ceremonia consiste en saltar (más bien andar por sus grupas) un mínimo de seis bueyes dispuestos en fila, de forma consecutiva y sin caerse. Antes del salto, el pueblo entero se reúne, y bajo un chamizo de troncos y ramas de acacia y matorral, se celebra una fiesta y se come y se bebe en honor del futuro adulto. Además, las mujeres de su familia beben un licor de café muy fuerte y achispadas por el licor, se entregan a una sesión de coros y danzas, aderezados con diferentes cantos y toques de corneta, con el fin de animar al joven aspirante en su prueba.

La ceremonia es música también

La ceremonia es música también

Casi empezaba la tarde cuando terminamos de recorrer los áridos caminos. En un pequeño claro de arbustos y piedras que difícilmente se diferenciaba del camino lleno de arbustos y piedras que habíamos recorrido, Osman aparcó el todoterreno, cerca de otros todoterrenos que nos habían precedido en el viaje. Bajo un sol justiciero nos dirigimos al pueblo, que ya estaba en plena ebullición. Una raquítica cerca de acacia daba la bienvenida a una pequeña aldea de chozas de madera y adobe que se diseminaban sin orden aparente a la sombra de una pequeña montaña con forma de pirámide. Al llegar, casi todas las mujeres y los niños estaban debajo del chamizo de ramas de acacia, sentados todos a la sombra, mientras unas pocas daban vueltas en unos grandes y muy usados pucheros a un líquido negro que luego daban de probar y beber en cuencos de madera.

Preparando el café

Preparando el café

Los hombres, separados, se juntaban en pequeños grupos, un poco ajenos a esa fiesta y con cara seria, quizás recordando su particular Ukuli Bula. Muchos de ellos iban con rifles o lanzas (un guerrero siempre es un guerrero) y muchos con unos pequeños asientos de madera que utilizan para sentarse e incluso como almohada para dormir. Los hombres llevan la cara pintada y muchos abalorios también, así como curiosos peinados adornados con plumas, es un día grande. Las mujeres llevan el pelo muy trabajado, impregnado de barro ocre. Se visten con faldas de piel y collares, de vistosos colores en el caso de las solteras y de metal para casadas, con una protuberancia delantera si además es la primera de ellas (son polígamos). Todo detalle tiene un porqué en estas sociedades, un significado. Hay poca gratuidad de gestos en una tierra tan baldía.

Un descanso en blanco y negro

Un descanso en blanco y negro

Entre la gente de la tribu y vecinos que acudían a la ceremonia, los turistas nos movíamos como elementos extraños. No éramos muchos, pero si los suficientes como para preguntarnos si esta ceremonia no se mantendrá dentro de poco como espectáculo para extranjeros y fuente de dinero para la tribu, perdiendo todo significado anterior. Cómo cazadores, íbamos de aquí para allá cámara en mano, intentando retener lo que difícilmente entendíamos. No me extraña que más de un viejo nos mirara con desaprobación, aunque en general fueron más que amables con nosotros, mucho más de lo que nosotros somos con ellos aquí. Hospitalidad aún es un sustantivo escrito a fuego en esta parte del mundo. Los jóvenes, curiosos como siempre, eran los que mostraban más interés en nosotros, en especial al ver una chica rubia, lo que provocaba escenas propias de un anuncio de Benetton. Cómo la ceremonia es lenta y se dilata a través de la tarde, madurándose poco a poco, fui errando un poco entre la gente. Intentando leer en la tierra y en las caras el duro día a día de esta gente, tan diferente del nuestro.

Digna de Toscani

Digna de Toscani

En un momento dado, algunas mujeres se unieron en un baile muy sonoro, cantando y haciendo sonar pequeñas trompetas y cascabeles, casi en éxtasis. Eran las mujeres más cercanas al chico que pronto sería hombre. Enviaban así fuerzas al aspirante. La escena se tornó dantesca para el ojo occidental cuando algunas de esas chicas, embriagadas con el licor, llevaron ramas cómo látigos a algunos hombres y les pidieron que las azotasen con ellas. Los latigazos provocaban heridas lacerantes en sus espaldas y sus brazos, que sangraban al sol, pero ellas en ningún momento se quejaban. Todo lo contrario, sonreían orgullosas por soportar el castigo. Era su ofrenda al aspirante, con su ejemplo le empujarían en volandas por encima de los toros. Nosotros asistimos a la escena entre horrorizados y desconcertados, ajenos a unos códigos olvidados e incomprensibles para nosotros. África es violenta cada día, ha aprendido a sangrar desde tiempos inmemoriales, y nosotros hace tiempo que eso lo olvidamos…

Por donde sangra África

Por donde sangra África

Es difícil no dejarse ir por juicios precipitados fruto de nuestra cómoda vida occidental, pero en el camino hay que ser lo más objetivo que uno puede. ¿O acaso no resultan bárbaras algunas de nuestras costumbres a ojos extranjeros? Y algunas lo son, sin duda. Todos compartimos un mismo sol, pero nuestra sombra no es la misma. En este viaje, y durante esa tarde, sentí de verdad esa sensación de inmersión en lo más desconocido de uno mismo, viví (en cierta medida) esa experiencia de caminar por donde nunca te imaginaste caminando, explorar los límites de lo que siempre has conocido y creído, y que cuanto más se viaja, más se sitúan en el siguiente horizonte.

Luz, madera, tierra...ritmo

Luz, madera, tierra…ritmo

Después de compartir una pequeña merienda improvisada con un viejo hamer y entre danzas y latigazos, al caer la tarde el pueblo entero (junto con sus blancos invitados) se puso en marcha para el acto final del ukuli bula. En un pequeño claro cercano a la aldea llevaron los toros que el joven tenía que saltar. Él, desnudo del todo salvo por un pequeño tocado en la cabeza, esperaba nervioso su momento. Todos nos fuimos disponiendo alrededor, en un amplio círculo, para poder ver lo mejor posible el espectáculo; juntos y mezclados, hamers, guías y turistas extasiados. Para eso habíamos venido, era el momento y la tensión, como una tormenta a punto de estallar, se sentía en el ambiente. Con dificultad, organizaron una fila de toros, cada uno mirando a un lado, alineadas pero sin dejar de moverse. Todos esperábamos, si se caía sería un deshonor, un desprestigio, seguiría siendo un niño…¡salta! en precario equilibrio pasa por encima de las grupas de los toros…vuelve sobre sus pasos y en un momento que parece congelarse se desequilibra…parece que caerá…pero consigue seguir y acabar su camino…ya es un hombre, uno más en la aldea, y todos, familiares, vecinos, guías y turistas lo celebramos.

¡Salta, salta, salta sin parar!

¡Salta, salta, salta sin parar!

Aún recuerdo la excitación y la alegría por haber compartido una experiencia así, sonreír y alegrarme con esa gente tan ajena a mí y con la que me sentí tan a gusto. Quizás una parte de nosotros recuerda aún ese espíritu de comunidad que nació en África. No puedo olvidar ver aquellas escenas de felicidad y la alegría del chico después de lograr superar su particular reto. La luz del atardecer, esa luz africana que todo lo baña de verdad, cayendo sobre la aldea mientras la gente se iba despidiendo, las figuras desdibujándose poco a poco mientras volvíamos a nuestro todoterreno, sin dejar de comentar los mil detalles de lo que habíamos vivido, como si fuésemos las únicas personas que lo hubiesen visto en la tierra…Osman se reía cuando nos montamos en el coche, supongo que todos los exploradores somos un poco ridículos asombrándonos para lo que para otros es de lo más cotidiano.

No hay nada como un atardecer en África

No hay nada como un atardecer en África