Sunday Reggae Sunday

¿Dónde estoy? Qué dolor de cabeza…empiezo a recordar, hoy es lunes y esto es Londres. La luz se cuela ya por todos los huecos de la cortina mal echada…¿Qué hora es? Uff, tengo ahora el mismo aliento que Keith Richards un jueves.

Antiguos almacenes remozados dominan Bermondsey Street

Antiguos almacenes remozados dominan Bermondsey Street

–¡Despierta!–. Hay que ponerse en marcha y de paso reconstruir el día de ayer…una ducha y vamos a desayunar algo.

–Podemos ir al Garrison Public House, subiendo un poco por Bermondsey Street.

–¿Ese sitio tan cuco y tan vintage, donde todo es reciclado menos el papel de la cuenta y los precios?. He leído que incluso tienen una pequeña sala donde ponen pelis algunos días.

– Ok, venga, con tal de llenar el estomago y atacar este dolor de cabeza con un buen café…

Con el incisivo Shard dominando un cielo sorprendentemente azul, nos dirigimos a la puerta del restaurante-cafetería, uno de los muchos que ahora se encuentran en esta calle de moda en Londres. Todo muy cool, muy retro-bohemio, menos una camarera que no respeta mi parcial estado vegetativo ni mi inglés titubeante, me siento lost in traslation. Parece que las mesas están reservadas, pero que podemos sentarnos por ahora. Pedimos dos cafés e intento recuperarme de mi fracaso lingüístico.

–¿Estuvo bien el día de ayer, no? ja,ja, quién nos lo iba a decir cuando lo empezamos desayunando en ese sitio.

– El Harpers…no negarás que olía a autenticidad. Muy de película de Ken Loach, esas tazas milusadas…y frente al mercado de Borough.

– Cómo se nota que no fuiste al baño.

Tomamos el café mientras ponemos en orden el día anterior. Del Harpers al metro, el estrecho Tube. El peregrinar diario, esta vez hasta Hyde Park Corner, donde nos bajamos para pasear la mañana de Hyde Park, de camino a Kengsinton.

Las hamacas no son solo para el verano

Las hamacas no son solo para el verano

–¿Esperabas un parque tan bosque?

–No tan grande quizás. Todo ese espacio, las ardillas… Esa estudiada sencillez te relaja, como ver la lluvia desde un ventanal –. No es de extrañar que Pisarro intentase atrapar esa atmósfera con su paleta impresionista.

Café acabado, nos ponemos otra vez en marcha con nuestros recuerdos golpeando nuestro córtex. Entre antiguos almacenes restaurados nos acercamos a la orilla del Támesis, buscando un nuevo punto de vista de nuestra situación. Vemos el edificio de Norman Foster para el ayuntamiento y nos recuerda al caparazón de un caracol de cristal. Seguimos remontando el río y nos encontramos el HMS Belfast, anclado como un leviatán jubilado al sol. De fondo, el sobrio y neogótico Puente de la Torre (que no Puente de Londres). La gente aprovecha el buen día para ir de acá para allá, en una vibrante heterogeneidad de formas y propósitos.

–Me estoy acordando de esas mujeres árabes con 10.000 bolsas en Harrod’s, ¿cuánto se dejarían ahí?

– Ni idea. Pero quién diría que empezó todo con una tienda de té. Y ahora, qué lujo, qué derroche…es como el hermano rico de El Corte Inglés.

– Su lema es: “Omnia omnibus ubique”, todo para todos en todas partes. Irónico, ¿no? Otra pirueta lingüística del capitalismo actual.

– Bueno, yo ahora me conformo con un buen desayuno, dejemos la lucha social para más tarde.

Seguimos remendando el día anterior con los recuerdos del paseo por South Kengsinton y su profundo aroma british, el catedralicio Museo de Historia Natural o el renacentista Victoria and Albert Museum, el descanso a los pies del Albert Memorial imaginando cual sería el mejor concierto para ver en el imponente Royal Albert Hall.

El Royal Albert Hall al fondo

El Royal Albert Hall al fondo

Seguimos la orilla sur del Támesis hasta encontrar las Hays Galleries, un antiguo muelle reconvertido en galería comercial, con un aire victoriano en su cuerpo de hierro forjado y su cielo de cristal. Nos sentamos en la terraza de un típico pub inglés, el “The Horniman at Hays” y pedimos el tradicional english breakfast para atacar la pequeña resaca con un ejército de calorías.

–¿Sabías que fue desde este muelle desde el que partió a la Antártida la expedición de Sakelthon?.

Qué oportuno acordarse de esa aciaga expedición justo cuando nos sirven el pantagruélico desayuno. El plato rebosaba con huevos fritos, salchichas, beans con tomate, patatas…

– Igualito que nuestro almuerzo de ayer, ja, ja.

–¿No te gustó? Un par de sándwiches, sentados en un banco de los jardines de Kengsinton, con el palacio de fondo…lástima que esas hamacas tan chulas de colores fueran de alquiler.

El elegante barrio de Kengsinton

El elegante barrio de Kengsinton

 Esa tranquilidad acompañada. Sí, la verdad es que estuvo bien. Sobre todo por descansar un poco antes de la locura que vendría después en     Notting Hill. Quedamos con nuestros anfitriones y cicerones en el Carnaval en la parada de High Street Kengsinton, cerca de la escondida y siniestramente atractiva iglesia de Saint Mary Abbots, y fuimos remontando este barrio con pedigrí, imaginando cómo sería vivir en alguna de esas casas tan victorianas y perderse las tardes muertas en alguno de los escondidos jardines que íbamos dejando atrás. Pero, poco a poco, ese idílico universo paralelo se veía agitado por el estruendo que nos iba llegando a lo lejos, cada vez mayor cuanto más nos acercábamos a Notting Hill Gate. Y al doblar una esquina, la marabunta.

La mañana se iba suavizando y el desayuno inglés atajando los excesos de la noche anterior, la gente iba y venía en un animoso ajetreo matutino por las galerías y el paseo de la orilla; algunas barcazas remontaban el río.

–Que locura el Carnaval, no me imaginaba tanta gente y tanto jaleo, parecía más una fiesta española.

–Cómo se movían las jamaicanas o las caribeñas o lo que fueran. ¡Qué ritmo! Incluso con esos culos XXXL en mallas, di que sí.

– Vale la pena dejarse caer y conocer así el barrio, otra clase de turismo.

Carrozas y no tan carrozas

Carrozas y no tan carrozas

Parece que el Carnaval fue la respuesta lúdico-integradora de las minorías caribeñas que se instalaron en el barrio de Notting Hill y los alrededores en los años 60. Hoy en día es una breve locura de dos días que congrega a cientos de miles de personas en un alegre y colorido caos, una fiesta callejera y sin complejos. Rendidos al jolgorio fuimos sorteando gente y cruzando bulliciosas calles, hasta ver el desfile de carrozas que se organiza todos los años. La música es  omnipresente y el hip hop y el reggamuffin se adueñan de las calles desde Westbourne Park a Landbroke Grove. Hay una rave en cada esquina, y el aire huele a carcajada.

Portobello deja sitio al carnavaleo

Portobello deja sitio al carnavaleo

–Qué rico estaba el pollo que tomamos en el puesto callejero, ¿cómo se llamaba?

Jerk chicken. Ese momento de hambruna, con las cervecitas, la música de fondo…qué bueno.

–Y qué de personajes se veían.

Y así dejamos pasar la tarde, entre bailes, cervezas y exceso de humanidad. Hasta que la noche apagó la música callejera y la fiesta se traslado a los bares; previo pago la entrada, claro.

–Ahí ya duramos poco.

–Ja,ja,ja se me emborronaba ya la noche.

Atrás dejamos calles tapizadas de botellas, basura y caídos en la batalla, anestesiados a sí mismos.

–No me extraña que nos hayamos levantado así, ¡qué gran día pasamos ayer!

–Ja,ja, así estuvimos, toda la tarde de raaaaisas…

De viñedos y castillos

Tierra reivindicada por poetas, del color del vino y con olor a tierra mojada, se ha escrito que Francia puede que un día deje de existir, pero el Périgord sobrevivirá “cómo sobreviven los sueños de los que se nutre el alma humana”. A principios de verano incansables viajeros y fieles seguidores de la doctrina “Un día es un día” recorrieron sus caminos medievales entre viñedos y châteaux

Se adentraron al Périgord por Burdeos, ciudad noble y superlativa, capital de Aquitania. Con un monumental centro histórico, otrora dormido y hoy despertando ante los ojos del viajero, toda ella parece orbitar en torno a una ciclópea plaza de la Bourse, como el fondo de una enorme copa, rodeada de elegantes edificios y salpicada de cafés y de vida. Tiene espíritu de tierra y ojos del color de su nombre, por el vino, todo por el vino. Lo mismo da decir vino que decir Burdeos…y eso vale para toda la zona. “En el vino está la verdad”, decía Platón…y ya los romanos encontraron aquí motivos sobrados para creer. La errabunda Cabernet-sauvignon del Medoc, la negra merlot de Saint Emilion o la terrosa malbec de Cahors; sus nombres y sus paisajes asociados fueron sus puntos cardinales, su mapa de ruta y su inspiración en el descanso…

La plaza era un vaso a punto de rebosar

La plaza era un vaso a punto de rebosar

Allí estaban, en la antigua tierra de vinos y rocas, dónde se respira a través de la uva y se mide el tiempo en cosechas. Se llegue desde Burdeos (cómo fue su caso) o desde Toulouse, su paisaje tapizado de viñedos y salpicado de antiguos châteaux  o casas solariegas con bodegas centenarias, te atrapa poco a poco, como el sueño después de un buen banquete, y te envuelve sin remedio. No es de extrañar por tanto que Montaigne, el insigne humanista, se retirase a su château familiar, cerca de Saint Emilion (precioso pueblo, por otra parte, que merece la pena visitar), dónde se encerró para escribirse en esa larga charla consigo mismo y con su tiempo que es Essais. Sin embargo, su legado se emborrona con la dejadez y la desidia de quienes quieren lucrarse con su recuerdo, organizando visitas a sus desastrados aposentos, heridos de muerte por el abandono y el olvido de quién debía ensalzar la memoria de quién dijo cosas como que la prueba más clara de sabiduría es una alegría continua.

 
A la orilla de los ríos crecen châteaux

A la orilla de los ríos crecen châteaux

Y siguiendo los sabios consejos del ensayista, pronto olvidaron su decepción, gracias a la multitud de encantos paisajísticos y culturales que guarda la comarca del Périgord. Entre ellos, su rico legado de restos prehistóricos, que nos remiten a un remoto pasado, cuando el bosque hablaba y el hombre comenzaba a soñar con innumerables futuros en la oscuridad de la cueva. Alguno de esos soñadores de sueños nos regaló las pinturas de Lascaux, aunque ahora solo puede verse su detallada reproducción. Pinturas equiparables en su calidad y número a las de Altamira, con representaciones asombrosamente geniales de toros, caballos y ciervos. Otro lugar que impactó a nuestros viajeros fue la Roque de San Christophe, dónde uno puede remontarse la línea a sus principios y sumergirse en una “ciudad” troglodita , leer la roca y sentir como vivieron aquellos hombres, desde los primitivos tiempos a la oscura Edad Media, aprovechando con una pragmática inteligencia el valor de unas formaciones geológicas tremendamente singulares.

Érase una ciudad a un personaje asociada

Érase una ciudad a un personaje asociada

Y es que el paisaje es el Périgord y el Périgord es su paisaje. Los colores que la definen, desde el verde de sus viñedos y sus verdes prados hasta el blanco de su corazón calcáreo, del negro de su alma de trufa escondida en oscuros bosques al púrpura del caldo que le da la vida y por la que vive. Pasando por el azul de sus ríos que con su inexorable lógica, configuraron estampas de valles de ensueño y profundos acantilados.  No es de extrañar que sus habitantes se hayan acomodado tan bien a este idílico lugar, queriendo disfrutar de él sin cambiar mucho unas costumbres y unos pueblos que nacen de su entorno mismo. Todo está salpicado de pequeñas villas con el encanto de un pasado presente en cada esquina, con un celebrar el ritmo natural de las cosas. El Medievo aquí se recorre casi en cada parada, cómo si por decisión propia, hubiesen decidido saltarse los océanos de tiempo hasta plantarse en la actualidad. Entre tanta oferta, ellos recitan como en un antiguo salmo los nombres que les enamoraron en su errabundear:  las calles de Sarlat La Caneda, el literario Bergerac, el antiguo Saint Leon sur Vezerre, Saint Amand de Coly, Beynac, Belvés, La Roque-Gageat, Brantome o la capital Perigueux, los castillos de Castelanaud o Hautefort…

 “-Y además estaba Rocamadour-dijo la Maga”. Sí, Rocamadour. Desafiando la gravedad a pecho abierto del Causse, con el río Alzou a sus pies. Inspiración y destino de artistas y santos, su belleza y su entorno sirven de reposo a un santo y de culto a una virgen negra. Los siglos se amontonan uno sobre otro, remontando la montaña. Sobre la villa el monasterio, sobre el monasterio el castillo, sobre una edad la otra, abrazados siempre a la roca, al misterio lítico. Reyes, predicadores o marinos, famosos o desconocidos, peregrinaron por esta ciudad desnivelada, adentrándose poco a poco en el acantilado, donde descansa Durandal en la roca. 216 peldaños conducían a los santuarios, ¿qué empuja el ascenso del nuevo peregrino? La curiosidad o el reto, quizás desafiar el vacío, puede que incluso contemplar simplemente el camino recorrido. Para recordarlo y contarlo, quizás, una tarde de domingo, con una copa de Burdeos en la mano y hacer buenas las palabras de Borges, “vino, enséñame el arte de ver mi propia historia, como si esta ya fuera ceniza en la memoria”.  

A la montaña abraza, espera Rocamadour

A la montaña abraza, espera Rocamadour

PD: Quiero agradecer a mis padres que compartieran conmigo sus vivencias, sus recuerdos, su sabiduría y sus fotos. No exactamente en ese orden.