Veroneando

En la bella Verona situamos nuestra escena, dos parejas, iguales una y otra salvo por sus múltiples diferencias recorrieron sus medievales calles, aunque esta vez no fue la sangre ciudadana la que regó el suelo, fue el sudor de los pobres viajeros. Era verano en Verona y el Sol, que no Julieta, nos acompañó inmisericorde durante los dos días que nos perdimos por esta ciudad, eternamente ligada a la trágica historia de amor escrita por Shakespeare. El cual, todo hay que decirlo, no pisó nunca la ciudad. Eso que se perdió, porque más allá de ser contexto literario, es una ciudad con un pasado a flor de piel y un presente elegante y próspero, dónde disfrutar de la sombra, la luz y la compañía.

La ciudad palpita

La ciudad palpita

Recogido su centro histórico por un pronunciado meandro del río Adigio, Verona es un nudo de caminos, una ciudad que tiende puentes a quién quiere visitarla. Y por uno de ellos llegamos después de aparcar al otro lado del río (no es aconsejable adentrarse en el laberíntico centro en coche). El primer paseo fue atropellado, en busca de nuestro hotel, que resultó estar justo al otro lado. Pero si algo nos quedó claro rápidamente fue que Verona no se visita; se vive, se camina. Palpita fuerte su corazón de mármol. Las calles se llenaban de paseantes y las terrazas de escondidas trattorias, elegantes bottegas y no tan escondidos cafés se veían abarrotadas.

La plaza abraza amorosa a la Arena

La plaza del Brà abraza amorosa a la Arena

Después de dejar las maletas en un hotel categoría “sin más”, fuimos a cenar a una de las terrazas de la plaza del Brà, la cual rodea amorosa la Arena, el circo romano del siglo I que aun se erige orgulloso. Es el segundo más grande después del Coliseo y está muy bien conservado. Ahora ha cambiado la sangre y los gladiadores por conciertos y operas al aire libre. Cada uno dirá que prefiere. Después de dar cuenta de una pizza, quisimos dar una vuelta nocturna por las empedradas calles, aprovechando que la ciudad poco a poco se iba a dormir y la calma nos dejaba vagar por una ciudad atemporal, ajena a ajetreos turísticos.

Era la fuente, era la noche...

Era la fuente, era la noche…

 Ah, noche, deliciosa noche. Recorríamos callejones medievales, nos besábamos en plazas renacentistas, reíamos y la ciudad era nuestra. Vimos cerrar la Piazza delle Erbe, el antiguo foro romano y ahora rodeada de palacios, además de albergar el Capitello, la fuente de la Madonna y la columna de San Marcos (recuerdo de su pertenecía a Venecia). La iluminación jugaba con las sombras en la Piazza dei Signori, dónde está la loggia dei Consiglio, el Palazzo Comunale o el Palazzo della Regione, entre otros; todos excelentes ejemplos del renacimiento veneciano. Como Romeo, temíamos que por ser de noche, no pasase todo de ser un delicioso sueño.

Pero no, la mañana siguiente todo seguía en su sitio, aunque con una luminosidad dolorosa y multitudes veraniegas. Nuestros pasos nos llevaron de nuevo por algunos de los escenarios de la noche, a la Arena (entrar merece la pena) o la Piazza delle Erbe, que esta vez acogía un animado mercado. Pero nos quedaba poco en la ciudad y decidimos errabundear todo lo que pudiésemos antes de tener que decir adiós a Verona. Caímos en el tópico y fuimos a la que dicen casa de Julieta, su balcón y su famosa y sobada estatua, todo tomado ahora por unos turistas ávidos de lugares comunes. Mención aparte merece el pasillo que se cruza antes, lleno de mensajes, pinturas, graffitis, ¿chicles? y todo tipo de muestras de amor eterno. Sí, el amor a veces da asco.

TWhen you gonna realize it was just that the time was wrong, Juliet?a Julieta

When you gonna realize it was just that the time was wrong, Juliet?

Después de ese breve baño de masas nos perdimos otra vez sin rumbo definido. Es una ciudad viva, sus calles respiran y algunas escenas cotidianas te pueden remitir incluso a una escena de Fellini. Así, de sombra en sombra, vimos el escondido Duomo o la gótica (y más grande) iglesia de Santa Anastasia. Entre medias, nos refugiamos del calor en un antiguo café, cerca de la catedral, de cuyo nombre no me acuerdo pero de cuyo spritz guardamos grato recuerdo. El paseo nos llevó al río, como no podía ser de otra manera, el cual enhebramos cruzando primero por el recio puente de Garibaldi y después por el magnífico Ponte di Pietra, ejemplo de la maestría romana en estos menesteres (aunque bien podríamos haber cruzado por el almenado puente de Castelvecchio).

Siempre hay un puente que te lleva a Verona

Siempre hay un puente que te lleva a Verona

Entre medias, disfrutamos de la sombra del parque anexo a la iglesia de San Giorgio in Braida y visitamos el teatro romano, que se desparrama por la colina de San Pietro, y su pequeño museo, desde el cual se puede disfrutar de una vista magnifica de la bella Verona. El teatro se sigue utilizando y uno puede imaginarse bien el espectacular escenario que debía ser en su momento de esplendor (incluso ahora), pero la dejadez de los burócratas o quizás la modorra veraniega, le daban un aire abandonado, olvidado. Cuándo el calor ya nos vencía y amenazaba con derretir nuestra voluntad, encontramos refugio en un pequeño y coqueto restaurante que se escondía cerca del arco almenado del puente San Castelvecchio.

 

Las ruinas del teatro romano desparramadas por la colina

Las ruinas del teatro romano desparramadas por la colina

En su terraza asomada al Adigio disfrutamos de esa otra forma de viajar que es el comer, dando cuenta de una sencilla pero deliciosa comida italiana, muy ajena a esa versión salsera que conocemos y más cercana a la sencillez y protagonismo de los productos básicos. Autentica. Y con el siempre efectivo espresso repasamos lo vivido y dimos cuenta de nuestros últimos momentos en esta ciudad eclipsada por los dos trágicos amantes. Pequeña y señorial, no erró el Bardo al encender tan inflamado amor en un escenario tan bello, es fácil enamorarse en Verona. De la ciudad misma, de sus elegantes edificios y sus bulliciosas plazas, de esa mezcla de estilos y tiempos. Bien podrían dedicarse a esta ciudad las palabras del perdido enamorado: “conservar algo que me ayude a recordarte sería admitir que te puedo olvidar”.


No tiene nada que ver con Verona…pero que temazo (ojo al look ochentero)

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