Cabañas como elefantes, cocodrilos gigantes y una cabra borracha

Una noche en Etiopía vimos una cabra borracha. Vale, quizás los borrachos éramos nosotros, pero la cabra estaba. De verdad. Fue en Arba Minch, al sur de Etiopía, en un pequeño restaurante después de una animada cena junto con otros viajeros. Cervezas, buena comida, una charla animada y un cielo estrellado sobre nuestras cabezas. Cómo le pasa al personaje de Ricardo Darín en “El mismo amor, la misma lluvia”, muchas veces pienso que esas charlas sin importancia, en los lugares más insospechados y normales, han sido de los momentos más importantes de mi vida.

Y eso que el día empezó revuelto. África ya bullía en nuestras tripas. Después del no desayuno (cualquier cosa era una bomba de relojería en mi estómago) nos reunimos con Osman, nuestro guía, y él nos explicó qué nos tenía reservado para ese día. Montados en el Land Rover fuimos recorriendo las anchas y polvorientas calles de Arba Minch, la ciudad más grande del sur de Etiopía. El concepto ciudad se diluye en este enclave, con un urbanismo de frontera, sin mucho orden y concierto, dividido en dos zonas: Sikela, abajo, la zona comercial y residencial, y Shecha, en lo alto, con los mejores hoteles y el banco. Nosotros estábamos abajo, claro. Las calzadas de tierra se llenaban en ese momento de gente a pie, que iban y venían ajetreados algunos, otros simplemente vagando buscando su lugar en este no-lugar moderno.

La aldea Dorzé

La aldea Dorzé

Nos dirigimos a las montañas cercanas a la ciudad, donde habita la etnia Dorzé, cuyas casas de bambú y hojas de falso plátano asemejan un elefante mirando de frente (aunque estos animales ya solo son recuerdo por estas tierras). Allí tuvimos una visita guiada, un recorrido muy turístico donde nos explicaron sus costumbres, nos enseñaron cómo trabajan el algodón o consiguen harina machacando el falso plátano. También nos obsequiaron con un fuerte licor y comida local, y mientras nos intentaban vender artesanía local, nosotros intentábamos retener nuestras tripas. Todo muy bien montado, se notaba que explotaban el turismo con pragmatismo occidental. Además, coincidimos con una sesión fotográfica para un catálogo, así que encontramos a todos los “guerreros” y algunas mujeres con sus mejores galas y en posando ante la cámara. Creo recordar que incluso participamos en alguna foto…si alguien ve ese catálogo, que me escriba.

Todos con las mejores galas para salir en la foto

Todos con las mejores galas para salir en la foto

Aunque artificiosa, la visita puede merecer la pena. Nos despedimos de algunos niños de la aldea, nuestros inseparables compañeros en todo momento, y volvimos al coche para retornar a la ciudad. De camino si nos encontramos con dos escenas cotidianas y auténticas: primero, una comitiva de un entierro, solemne y colorida, y después, fuimos abordados por multitud de niños que justo salían en ese momento de una escuela y que al vernos no dudaron en correr a saludarnos y pedirnos un lápiz, una botella, cualquier cosa, pero siempre con esa sonrisa casi perenne y esos enormes ojos abiertos a cualquier cosa que les saque de su duro día a día. Allí mismo, en un cruce de caminos, las dos realidades africanas: la siempre presente muerte y el inagotable optimismo vital de la juventud.

Mujer Dorse trabajando el algodón

Mujer Dorse trabajando el algodón

Osman nos llevó a comer al Swayne Hotel, en la parte alta de la ciudad, desde el que disfrutamos de unas vistas increíbles del valle y los dos lagos que bordea la ciudad, el Abaya y el Chamo. Comimos deprisa los cotidianos espaguetis con picante (un recuerdo del paso italiano por el país) y salimos a pasear por el jardín y disfrutar del espectáculo visual. Los lagos, uno verde y otro marrón, enclavados entre las montañas, el horizonte inmenso, inabarcable, y ese cielo africano infinito, primigenio, dónde las águilas dibujaban caprichosos círculos. Recuerdo que pensé que no había otro lugar dónde querría estar que en ese momento. No encontraba adjetivos, no apunté nada en mi libreta de “intrépido explorador”, solo sé que pensaba en todo y en nada, que me sentía pequeño, finito…y no me importaba nada. En un momento dado una pareja de babuinos (C’est la Afrique, que diría Osman) recorrió con elegancia el borde del acantilado de camino a la sombra de un árbol, al lado de una silla de metal abandonada por alguien. Se sentaron a la sombra, sin reparar en nuestra presencia o pasando simplemente de nosotros, relajados. Ese es su mundo. ¿Cómo no enamorarse de África?

Memorias de babuinos

Memorias de babuinos

Y todavía quedaba lo mejor. Después de descansar y hacer alguna foto a los babuinos de sobremesa, Osman vino a buscarnos para hacer otra excursión, esta vez al lago Chamo. De camino recogimos a dos viajeros que harían la visita con nosotros, un canadiense achaparrado y algo caustico y otro español, Pedro, con el cual volveríamos a encontrarnos y compartiríamos parte del viaje por Etiopía. Salimos de la ciudad y recorrimos una pista forestal en no muy mal estado hasta llegar a la orilla del lago, donde varias barcazas de metal, algo achacosas ya, esperaban tranquilas a turistas como nosotros. De camino nuestro guía nos fue poniendo en situación: el lago Chamo es el “hogar” de los mayores cocodrilos del mundo (al contarlo con un par de copas ya van por los nueve metros…), además de una importante cantidad de hipopótamos, pelícanos o águilas pescadoras, así como la principal fuente de pescado para la población. Ni que decir tiene que cuándo la barca se puso en marcha yo ya estaba cámara en mano y sintiéndome un indómito reportero de National Geographic. Sí, me animo con nada.

El muelle del lago Chamo

El muelle del lago Chamo

La tarde ya estaba avanzada y la barca se adentraba en el lago, cubriendo la distancia entre el pequeño muelle y el mejor rincón dónde observar a los saurios, una pequeña playa donde se calientan al sol. Por el camino pudimos ver algunos pescadores de la etnia Guji, metidos hasta la cintura en el agua o haciendo malabarismos sobre frágiles canoas, casi simples troncos atados de mala manera. Teniendo en cuenta la presencia en el agua de semejantes bichos, todos coincidimos en que el caballo de Espartero quedaría en evidencia ante estos chicos. En un entorno incomparable fuimos deslizándonos por las aguas, observando a los enormes hipopótamos abrir las enormes fauces en monstruosos bostezos, vimos cientos de aves descansar o levantar el vuelo en el horizonte, observamos la tarde incendiando de una luz primitiva todo el paisaje, el agua, a nosotros mismos.

Un pescador Guji en su ¿barca?

Un pescador Guji en su ¿barca?

Ni siquiera recuerdo si hablamos o solo gritábamos “¡Mira allí!”, “¿Has visto eso?” o cosas así. Quizás solo hacíamos ruidos inconexos, incapaces de verbalizar lo que sentíamos. Y cuando encontrábamos a los enormes lagartos, ni siquiera hacíamos el intento. Esa vetusta existencia, esa fuerza de la naturaleza, silenciosa e implacable como el tiempo. En la orilla al sol parecían enormes troncos y de repente se movían y temblabas sin saber por qué. En el agua, su sinuoso nadar te hechizaba, querías que la barca se acercase lo más posible aunque antiguas voces en nuestro interior nos decían que mejor mantener las distancias.  Las horas que estuvimos allí, en ese lago, no deje de disparar mi cámara como un novato francotirador en Stalingrado. Quería capturar ese momento, esa explosión de vida y belleza tan ajena a nosotros, a nuestra existencia.

Belleza mortal de necesidad

Belleza mortal de necesidad

De vuelta, dejamos que el fresco de la noche fuese calmando poco a poco nuestra excitación, aunque todos sonreíamos y revisábamos las fotos y competíamos por alardear de quién lo había visto más grande. A esas alturas ni nos acordábamos de que esa misma mañana éramos uno con el váter, así que fuimos a celebrarlo al restaurante Sana en la parte alta de la ciudad, con Osman, Pedro y el canadiense. Allí nos juntamos con una divertida pareja de australianos (Josh y Kesha, creo) y su guía. Pedimos una perca del Nilo a la brasa, de las que los valientes Gujis pescaban entre cocodrilos, y  aunque parecía sacada de un remake de la película piraña, estaba deliciosa. Poco a poco, la camaradería propia del camino y la cerveza tomaron las riendas, las conversaciones y las risas se cruzaban, se multiplicaban, como las anécdotas. Es curioso cómo la gente se atrinchera menos cuanto más lejos de casa está, como el viajar nos hace más abiertos. Así, la mesa acabó llena de cervezas. Nosotros también. Ahí fue cuando vimos a la cabra borracha en el muro, entre el particular monumento a la amistad que estábamos construyendo con botellines. Esa noche sin importancia en Arba Minch fue de las mejores que recuerdo en el camino. Espero que también lo fuese para la cabra.

La célebre cabra

La célebre cabra

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