El arte de perderse por la Alcarria conquense

Saber perderse es un arte. No hablo del no hallarse, no; hablo del concienzudo ejercicio de disiparse, de dar esquinazo a la cotidianidad y a la grisácea versión de uno mismo que se marchita a la luz de un fluorescente. Siempre viene bien un poco de escapismo de vez en cuando. Y en esas estábamos, dibujando planes de fuga para poner tierra de por medio cuando topé con una frase que Cela dedicó a La Alcarria: “es un hermoso país al que la gente no le da la gana ir”. ¡Ahí lo teníamos! ¿Qué mejor lugar para perderse que un sitio al que la gente no va? Y para rizar el rizo, decidimos ir a la Alcarria conquense, la cual él no quiso o no pudo recorrer, que éste hombre era muy suyo y uno nunca sabe.

Fachada del colegio de Jesuitas de Huete

Fachada del colegio de Jesuitas de Huete

Nuestra primera parada fue Huete, cabeza de la Alcarria conquense. Aparcamos  junto al antiguo convento de los Jesuitas, del siglo XVI, edificio adusto y sobrio, pero con una bella portada; y decidimos errabundear un poco por las calles de la localidad alcarreña. En lo alto se veían las ruinas del castillo de la Luna y algunos restos de murallas de origen andalusí, pero queríamos encontrar un sitio para comer, por lo que desistimos antes de empezar el ascenso. Era laborable y las calles estaban prácticamente desiertas. Solo cuando algunos niños salían del colegio pareció cobrar algo de vida el pueblo. Esa sensación de transitar en silencio mientras nuestro mundo real estaría en ese momento en pleno ajetreo era un gustazo, nos sentíamos como niños haciendo novillos, escondidos, ajenos a la dictadura de normas y horarios. Tranquilos, seguimos buscando dónde comer mientras descubríamos poco a poco lo que Huete tiene que ofrecer al viajero. Qué no es poco.

Escenas de un pueblo

Escenas de un pueblo

Escudriñamos por la puerta la desamortizada Iglesia de Santo Domingo, a punto de derrumbarse sobre sí misma por el peso de un rico pasado ahora olvidado; ascendimos la pequeña elevación dónde se asienta el Convento de Jesús y María, en el qué se recogían las doncellas virtuosas tras su magnífica portada, y recorrimos el perímetro del sólido Monasterio de la Merced, ahora sede del Ayuntamiento. Lamentablemente casi todo tiene un aire de abandono, de ruinosa herencia desaprovechada, de dejadez cotidiana. Se queda uno con la agridulce sensación que podría ser éste un pueblo bonito, que sin duda lo fue o quiso serlo, pero que aquello es sólo un sueño olvidado. Aquí, como en tantos lugares, hace mucho que solo te trabaja el estilo “pladurense”, que la miopía cultural dejó de ver el futuro en el rico pasado y que toda memoria se les llena de herrumbre.

Al final aparecimos en la puerta del restaurante Chibuso, dónde dimos cuenta de un menú del día sin alardes pero cumplidor. Categoría “Sin más”. Lo arregló que lo regamos bien de una botella de La Estacada. Y antes que el sopor de la sobremesa nos dejara fuera de juego, retomamos camino y pusimos rumbo a Caracenilla, pedanía de Huete y etapa final del viaje ese día. Al poco llegamos al pequeño pueblo escoltado por una suave colina que suelen utilizar los aficionados al parapente. Y menos aún tardamos en encontrar la Casa del Canónigo, la casa rural donde íbamos a pasar la noche. Su fachada burdeos destacaba a la sombra de la coqueta iglesia. Entramos y ya desde la cálida recepción nos hicieron sentirnos como en casa.

Santo Domingo vencido por el olvido

Santo Domingo vencido por el olvido

Dando vida a esta casona del siglo XVII, la Casa del Canónigo es como la playa de Pavese, una república de mujeres que no olvidan ningún detalle y cuyo objetivo es que disfrutes de una estancia de lo más placentera. Y lo logran. Después de dejar las maletas en nuestra adoselada habitación (todas las habitaciones son distintas) y descansar un poco, disfrutamos del spa de la casa. Que no spa en sí, es una bañera de hidromasaje para dos, pero que con la ambientación de velas, la música, la tranquilidad y las copitas de cava, cumple aún mejor su función de cura antiestrés que ese peregrinar por aguas congeladas o hirviendo que a veces ofrecen. Y así, relajadísimos los dos después del burbujeo, decidimos dar una vuelta por el pueblo.

Pero al ser de esos tan pequeños que solo tienen afueras, rápidamente lo recorrimos y teniendo en cuenta que éramos los únicos que desafiábamos el frío en la calle, y que tanta tranquilidad también cansa, decidimos darnos al turismo de bares, que mira por donde también es un hobby que nos encanta. En Caracenilla hay solo dos, así que nos decidimos por el de nombre más evocador: Casa Venancio. Allí nos tomamos dos botellines en un ambiente de lo más familiar. Porque lo que era el ágora en antigua Grecia o el foro en la Roma imperial, es el bar en la cultura hispánica. Lugar de encuentro, centro de la vida social y laboratorio de ideas (descabellas quizás la mayoría). Los vecinos, los habituales y los de fin de semana, iban llegando y saludándose, como una gran familia, y las conversaciones se mezclaban y generalizaban, y te sentías menos forastero.

La fachada del Canónigo

La fachada del Canónigo

Después de compartir un poco ese ambiente, decidimos volver a la Casa del Canónigo para cenar y descansar. Realmente, poco más se podía hacer allí, aunque no nos importaba, estábamos relajados, desconectados, tranquilos. Objetivo cumplido. Al volver ya había gente cenando, pero pudimos escoger una mesa cerca de la estufa, en una terraza acristalada que daba a un pequeño patio. Y disfrutamos de una cena excelente, tanto en su forma como en su fondo. Realmente cuidan todos los detalles y se esmeran por hacerte disfrutar del tiempo que estas allí. Estábamos tan a gusto que pedimos un par de copas, perfectamente servidas, y alargamos la sobremesa hasta la comisura de los labios, con una sonrisa de satisfacción, encantados de haber decidido perdernos un poco para encontrarnos.

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