Entre el cielo y el infierno, Sarajevo

Dicen que aquí empezó una guerra que luego fueron dos. Fue el acribillado escenario de otra entre hermanos. De varias. O quizás todas las guerras son solo una. No lo sé. A mi Sarajevo me parecía una ciudad herida, pero que superada la pesadilla, aprende a vivir de nuevo, exhibiendo orgullosa sus cicatrices, nunca rendida. Recordábamos casi sin quererlo las imágenes que todos habíamos visto por la televisión del asedio mientras enfilábamos la ciudad por el bulevard Mese Selimivica, la tristemente conocida como Avenida de los Francotiradores durante aquellos días. Aun podían verse algunos edificios con heridas de obuses o disparos en sus fachadas.

Mezquita en el barrio de Bascarsija

Mezquita en el barrio de Bascarsija

Pero Sarajevo no es solo guerra y dolor, aunque esas realidades la hayan marcado. Es una ciudad que son muchas, con un presente bullicioso. Como todos los lugares marcados por lo trágico, la vida desborda cualquier pasado de ceniza. Múltiples Sarajevos nos esperaban. Jerusalén europea, crisol de culturas y confesiones, una vez ejemplo de entendimiento. Los minaretes asomaban en el horizonte y mezquitas como la imperial Gazi Husrev Bey o la más humilde de Mehmedbey se mezclaban con la catedral católica, copia neogótica de la Notre Dame de Dijon, o iglesias ortodoxas como la iglesia de la Santa Madre. Sin olvidar alguna sinagoga asquenazi de estilo neomudéjar.

El gigante ajedrez urbano

El gigante ajedrez urbano

Las tristes imágenes que teníamos en la mente cuando llegamos se iban difuminando mientras recorríamos la ciudad, solo algunos disparos en las fachadas rompían el encanto. ¿Quién puede pensar en muerte bajo el sol del verano? Poco a poco íbamos desenterrando todas sus edades, recorriendo su decimonónico centro, de austrohúngara elegancia; o descubriendo toques góticos y barrocos en empedradas calles y escondidas plazuelas donde algunos mayores jugaban con un ajedrez gigante. También nos encaramamos a los barrios que se desparraman por las estribaciones de los Alpes Dináricos, que rodean exultantes la ciudad. En uno de ellos encontramos uno de los principales cementerios, muy numerosos en toda la ciudad, sembrado de blancas lapidas, un jardín de recuerdos para no olvidar el horror, pero desde el que se puede contemplar una bella vista de la nueva Sarajevo y su espectacular decorado natural.

Uno de los innumerables cementerios en las colinas de Sarajevo

Uno de los innumerables cementerios en las colinas de Sarajevo

Y conviene asomarse al río, el Miljacka, verdadero eje vertebrador de la ciudad. Asomarse a sus puentes, cargados de historia. Sobre todo al Puente Latino, dónde la muerte del archiduque Francisco Fernando (el famoso Franz Ferdinand), el 28 de junio de 1914 encendió la mecha de la I Guerra Mundial y en cierto modo de la historia contemporánea, entendiendo ésta como todo lo que hay entre las trincheras de Verdún y Mario Vaquerizo. Una placa en el cruce de Obala Kulina Bana con Zelenih Beretki recuerda este hecho, el hacerse la foto simulando el magnicidio es opcional y ciertamente estúpido (nosotros lo hicimos, claro). Otro lugar tristemente histórico pero que merece la pena visitar es el túnel de la guerra o túnel de la esperanza para muchos durante el asedio que vivió la ciudad en la guerra de los Balcanes. Hay que acercarse a las afueras, a una casa familiar de apariencia normal pero pasado de cenizas, que es dónde empezaba el túnel desde el cual respiraba y se alimentaba la ciudad en esos terribles días. Puede recorrerse parte de los 800 metros de largo que tiene.

El Puente Latino y compañía

El Puente Latino y compañía

Pero es el medieval y comercial barrio de Bascarsija el que realmente te engancha. Oriente en Occidente. El antiguo barrio otomano, con su característica fuente pública, el Sebilj, como icono más característico, es el corazón de la ciudad. Sus empedradas calles se pierden en un laberinto de pequeñas casas de madera con rojizos tejados donde se esconden mil y un negocios. Te tratarán de vender de todo: tapices, marroquinería, imitaciones, cachimbas… Lo mejor es dejarte seducir por el caos, el color y la vida que rebosa, o buscar refugio en alguno de los locales o terrazas y tomar un ćevapi (una suerte de kebabs locales) o, ya por la noche, una copa fumando una cachimba en algún café de aires orientales. Sarajevo es ahora una animada pequeña gran ciudad con el derecho a soñar un futuro diferente.

La fuente pública de Sebilj, símbolo de Sarajevo

La fuente pública de Sebilj, símbolo de Sarajevo

Playas ausentes, cervezas frías y pura vida

El omnipresente verdor

El omnipresente verdor

Decíamos que esperábamos la barca que nos llevase a ver las famosas playas donde desovan las tortugas que dan nombre al parque y al pueblo que, agarrado a la escasa tierra que asoma entre el agua dulce y el mar, sobrevive gracias al turismo y la naturaleza (fuente de riqueza inagotable para quien sepa verlo). Nuestro guía sería Henry, la personificación de la parsimonia misma. En una barca salvamos el trecho de agua que nos separaba del pueblo y la costa, en medio de un pequeño caos de barcas, como en una ciudad inundada en hora punta.

Tortuguero Town

Tortuguero Town

La costa caribeña aquí no es la estampa paradisíaca que se vende en folletos; la playa, larguísima, tenía ese aíre triste y gris de las costas olvidadas e invernales, con multitud de recuerdos arrastrados por la marea. Quizás por eso lo han elegido las tortugas, evitando lugares más turísticos. Me caen bien esas tortugas. No tuvimos la suerte de coincidir con el desove, pero aun así hay que venir y verlo. Recorrimos aquellas arenas, tostadas y llenas de ausencia en ese momento, en desordenado orden hasta el pueblo de Tortuguero. Allí, el grupo que se había formado en la barca se diseminó como los restos de un meteorito en la atmósfera, pero ni eso perturbó al imperturbable Henry.

La playa ausente de tortugas e invadida de turistas

La playa ausente de tortugas e invadida de turistas

El bullicioso pueblecito se ofrece al turista con humilde orgullo, exhibiendo sus fuertes raíces afrocaribeñas y sin perder ese ritmo pausado del que vive esperando lo que trae la marea. Nosotros anduvimos sin destino fijado por la desvencijada calle principal, a cuyos lados se distribuyen tiendas de recuerdos, casas, algún hotelito y barecillos que miran a la laguna, nunca al mar. De todas las ofertas que nos hicieron solo claudicamos ante el refrescante coquito caribeño, con un sabor inclasificable que nos acompañó un buen rato. ¡Ay el coquito! Nunca se está a salvo de caer en un estereotipo. Para borrar el mal sabor de boca terminamos por entrar en La Taberna, que como los más perspicaces habrán adivinado, era un curioso barecillo con tranquilas vistas al canal, con el volumen justo de reagueton y que nos ofrecía cerveza fría y un amable atardecer. Son sin duda estos momentos los que merecen la pena: los mejores amigos, cerveza fría y disfrutar de la agradable sensación de estar a millones de kilómetros de cualquier lugar común. Ni la inexplicable estatua a tamaño natural de Jar Jar Binks que decoraba el destartalado lugar podía estropear ese momento.

Improvisado parking en el centro de Tortuguero

Improvisado parking en el centro de Tortuguero

Pero Henry no esperaba por nadie (literal) y tuvimos que volver a la barca, y en la barca al hotel, porque a la mañana siguiente las primeras luces nos verían deslizándonos por los caños entre el verdor de la selva. Y tras la noche, ruidosa y enigmática, y antes del amanecer, saltamos de nuevo a otra barca entre bostezos, para ir al encuentro del alba rota de vida y, como decía el poeta, oxigenar de veras el alma y los pulmones. Se olvida pronto el madrugón al deslizarse en silencio por esos canales, mientras la neblina se disipa y en silencio espías el espeso verdor, los infinitos animales que no desvelarán sus secretos voluntariamente al indiscreto, como voyeurs selváticos.  Cámara en mano acechábamos el agua y los arboles, dispuestos a “disparar” a todo lo que se moviese. No íbamos en busca del Coronel Kurz, pero lo parecía. En las copas los capuchinos saltaban de árbol en árbol, y los monos aulladores hacían resonar sus gargantas. Perezosos, basiliscos, iguanas se escondían entre las ramas. Los caimanes lo hacían entre los troncos y las hojas que flotaban en el agua opaca. Y aves, montones de aves. Una explosión de vida que no te puede dejar indiferente. Realmente merece la pena venir, madrugar y lo que haga falta. Pura vida, sí señor.

Amanecer en la selva

Amanecer en la selva

 

Cría de caimán

Cría de caimán

 

Sitting on the dock of the bay

Sitting on the dock of the bay