Un viaje a Roma: Recuerdos de un Imperio

Parece ser que en el siglo VIII, Beda El Venerable, ya predijo que “cuando caiga el Coliseo, caerá Roma. Cuándo caiga Roma, caerá el mundo”. Visto así, no vimos tan mal que la mitad de este símbolo de la ciudad estuviese eclipsado con andamios, aunque era un fastidio no poderlo ver en todo su esplendor. O su presente esplendor, más bien. Cantera de Roma durante siglos, ni el tiempo ni los terremotos ni el expolio ajeno a glorias pasadas han conseguido acabar con él. En sus muros, arcos y recuerdos se conjuga todo un Imperio: excelencia técnica al servicio del uso público con el fin de gobernar a las masas a través del espectáculo de la sangre y la gloria concedida por sus gobernantes…no ha cambiado tanto la cosa me temo, salvo que ya ni excelencia queda.

Marco Aurelio guarda la Piazza del Campidoglio

Marco Aurelio guarda la Piazza del Campidoglio

El caso es que nos habíamos levantado pronto para intentar llegar antes que las hordas de turistas a este símbolo de la ciudad eterna. Pero como las prisas nunca son buenas y menos de vacaciones, empezamos el día tomando el típico capuccino y cornetti en una cafetería con aires de película neorrealista. En esa prima colazione ya nos dimos cuenta, lo constataríamos en días posteriores, que no se estila servir el café tan caliente como en España. Eso sí, el café suele ser buenísimo. Después, comenzamos nuestro peregrinar a lo largo de la calle Vittorio Emanuele II, sumergiéndonos poco a poco en ese collage histórico, en las entrañas abiertas de esta ciudad-escenario. Llegamos a la plaza de Venecia, nudo gordiano todo el viaje, y esquivando ese pastel de bodas que es el monumento a Victorio Emanuelle II remontamos la escalera Cordonata hacia la plaza del Campidoglio bajo la atenta mirada de Castor y Polux. Verdadero kilómetro cero histórico de la urbe, esta plaza es perfecta para iniciar cualquier visita. Pirueta arquitectónica trapezoidal diseñada por Miguel Ángel, se levanta sobre la mítica colina Capitolina, rodeada de Palacios que albergan el Ayuntamiento y los Museos Capitalinos, guardada solemnemente por Marco Aurelio a caballo.

El Foro Romano con el Palatino al fondo

El Foro Romano con el Palatino al fondo

El Arco de Séptimo Severo

El Arco de Séptimo Severo

Aquí sitúa la leyenda a la loba, a Rómulo y al infortunado Remo. Y a la derecha del Ayuntamiento situaron para alegría de los turistas la estatua símbolo de la ciudad que, como el torico de Teruel, sorprende por su pequeño tamaño en directo (aunque el torico es mucho torico). Mejores son las vistas que se ofrecen del Foro Romano, disgregado en mil recuerdos, como un bosque petrificado, hasta la colina del Palatino y el Coliseo. Los Arcos de Séptimo Severo o Tito, alguno de los templos que se sostienen a medias y las dimensiones de los recintos dan una idea de lo que debió ser el centro del mundo clásico, el corazón de un imperio. Recorrimos con mil pausas el camino hasta la bulliciosa vía del Foro Imperial, que conecta directamente la plaza de Venecia con el Coliseo. Sorteando turistas y vendedores ambulantes, llegamos a la entrada a los Foros (es uno y son muchos; tantos como épocas, como emperadores hubo) que existe cerca del de Nerva. Aprovechamos que allí no había tanta gente para, por una vez, adelantarnos al purgatorio del turista y comprar tranquilamente las entradas que permiten la entrada al Foro y el Coliseo. Celosos de nuestro tiempo, obviamos la romería entre ruinas que sin guía se antojaba demasiado vaga (se echan de menos más indicaciones y carteles explicativos) y fuimos directamente a ver el Anfiteatro Flavio, que es el verdadero nombre del Coliseo.

Escenas romanas en la Via Claudia

Escenas romanas en la Vía Claudia

Gracias a nuestra previsión sorteamos una cola kilométrica y pasamos directamente a las entrañas del circo romano. Y merece la pena entrar, pese a que siguen faltando informaciones, pese a que es solo el recuerdo de una gloria que retumbaba con las voces de miles de ciudadanos de todas las clases. Conviene buscar un buen ángulo, silenciar el alma y dejar la mente volar a esa época, a esos combates, se permite incluso susurrar: Hispano…hispano… A mí al menos no deja de sorprenderme la excelencia técnica con la que se construyó, sus ingeniosas entrañas que se abren allí donde estuvo la arena. Impresionante. Pan y circo…Algo nos faltaba. Recorrer siglos da hambre y fuimos en busca de un restaurante que nos habían recomendado cerca de allí, en la vía Claudia, la Taberna di Quaranta. Y que bien recomendando y que gusto viajar también por los sabores locales. Degustamos las típicas fiori di zucca (flores de calabacín rellenas de queso y, a veces, de anchoa), spaghetti carbonara espectaculares, rigatoni alla vaccinara o strozzapreti con zucchine e gorgonzola, excelentes la panna cotta y el tiramisú de postre…ni la controversia entre Peronni y Moretti como mejor birra ensombreció un almuerzo de categoría en este pequeño pero acogedor restaurante alejado de estereotípicos menús. Y es que, cuando estés en Roma, compórtate como los romanos. Éste estaba lleno. Por algo sería.

Una Vespa y el Coliseo, ¿hay algo más romano?

Una Vespa y el Coliseo, ¿hay algo más romano?

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