Un viaje a Roma: un tour a velocidad eclesiástica

Tras la opípara comida decidimos quemar calorías con un tour eclesiástico, otra realidad de esta urbe poliédrica. Allí donde hay tanto que ver, el dilema del turista se resuelve caminando. Empezamos visitando la iglesia de San Clemente, que a su favor tenía la cercanía con el restaurante. De gran valor histórico, es de esos edificios que miden las edades de una ciudad, cuyos restos son estratos sobre los que se lee el pasado. Sobre una casa romana del siglo II se construyó una de las primeras iglesias católicas en el IV, y sobre ella, varias reformas en diferentes momentos dan cuerpo a la iglesia actual. Su interior, ricamente decorado con frescos murales y elementos bizantinos, guarda el misterio de varias tumbas de decimonónicos ingleses e inglesas, quizás enamorados hasta los huesos de la ciudad durante su Gran Tour.

La estratificada San Clemente

La estratificada San Clemente

Después, remontamos la colina de Celio por la via di San Giovanni in Laterano, que desemboca en la plaza de Juan Pablo II donde, tieso como un palo, vimos el primer obelisco egipcio de nuestro viaje. ¿Era ese el famoso obelisco de Karnak? Esta pregunta se convertiría en nuestro particular déjà vu turístico. Y en la plaza, San Juan de Letrán, la catedral de facto de Roma. Sí, esta es la verdadera catedral y sede pontificia del obispo de Roma, o más comúnmente conocido como Papa. La fachada encajonada que encontramos en la plaza- otra más grandilocuente y monumental se disfruta rodeando el palacio obispal- no da la verdadera medida de lo que uno encuentra cuando cruza sus puertas: el barroco desatado de Borromini satura sus proporciones desproporcionadas, el ábside ricamente decorado de dorados mosaicos, las fascinantes y formidables estatuas de los Apóstoles de la nave central…Y para los amantes de la casquería más sagrada, aquí es donde se conservan las cabezas de San Pedro y San Pablo. Pero no puede uno marcharse sin rematar la visita acercándose al cercano Sancta Sanctórum.

El barroco interior de San Juan de Letran

El barroco interior de San Juan de Letran

La Santa Scala

La Santa Scala

Se sea o no creyente, merece la pena acercarse. Aquí también engañan las apariencias, no hay que dejarse engañar por la vulgar entrada. Uno empieza a pensar que están diseñadas por el viejo cruzado de “Indiana Jones y la última cruzada”…Aquí se guarda la Santa Escalera, 28 escalones de mármol (ahora cubiertos de madera) que según la leyenda son por los que subió (y supongo que bajó) Jesucristo en el Palacio de Poncio Pilatos. Santa Helena, la madre del Emperador Constantino, fue la que encargó traerla de Jerusalén. Hoy en día los fieles más devotos ascienden los 28 peldaños de rodillas, en una imagen chocante pero de tremenda solemnidad, para llegar al Sancta Sanctórum, la capilla privada que utilizaban antiguamente los papas. El nombre le viene de la fantástica colección de reliquias santas que guarda y por la imagen del Cristo Redentor aquiropoieta, es decir, no pintada por mano humana (aunque hay quién le da orígenes más bizantinos y terrenales). Existen dos escaleras aledañas a la santa para que puedan subir los menos penitentes.

Habíamos cogido ya velocidad eclesiástica de crucero y decidimos andurrear hasta San Pedro in Vincoli. Desandamos el camino por elegantes barrios residenciales, atajamos por el parque dónde se esconde la demencia pétrea de la Domus Aurea de Nerón y ahora acoge a colegiales con ganas de jugar y ensimismadas parejas. O turistas como nosotros. Regateamos al Coliseo por la derecha, aunque nos dio tiempo para contemplarlo bajo la luz de la tarde y esperar la imagen perfecta con la típica Vespa cruzando el encuadre. Y ahí estaba la iglesia renacentista…Conocida por cobijar el mausoleo del Papa Julio II, las cadenas que llevó San Pedro esplendidas pinturas y, sobre todo, el Moisés de Miguel Ángel. Esta escultura de mármol blanco, a la que el propio artista le echaba en cara que no hablase, merece cualquier paseo. Su perfección es abrumadora. Uno puede pasarse horas buscando la imperfección que lo convierta en humano.

¿Por qué no hablas?

¿Por qué no hablas?

La luz se difuminaba cada vez más en esta ciudad-escenario, pero decidimos buscar el más difícil todavía: llegar a tiempo para emular a Audrey Hepburn y Gregory Peck en la Boca de la Verdad. Somos carne de cliché. De camino tuvimos tiempo de contemplar bajo la melancólica luz de la tarde de nuevo el Coliseo o el triunfal Arco de Constantino, y encaramos la Vía Triumphalis como si fuésemos los últimos emperadores del Imperio. Después cruzamos el olvidado Circo Máximo, desvalijado de sus glorias pasadas y enterrado en un presente desolado. Pero nos quedamos sin remake, porque la boca del tritón había cerrado. Era ya tarde y nos tuvimos que contentar con verla a través de los barrotes que la guardan de los cinéfilos y los vándalos, en el pórtico de la medieval Santa María di Cosmedin. En cualquier caso la visita merece la pena, por la frugal iglesia y su elegante campanario románico o los dos pequeños templos romanos que se levantan enfrente, deliciosamente pequeños y proporcionados, uno circular y otro cuadrado.

Templo con campanario al fondo

Templo con campanario al fondo

Pero si bien el tour eclesiástico había acabado, la noche acababa de empezar, y el Trastevere estaba justo al otro lado del Tíber…

La visión del artista

La visión del artista

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