Todo en un día

– ¿Qué vamos a hacer?
– La pregunta no es que vamos a hacer, la pregunta es ¿qué no vamos a hacer?

Ese día nos levantamos  mi musa y yo poseídos por el espíritu de Ferris Bueller, así que decidimos dedicar un día a recorrer ese Madrid que la monótona cotidianeidad no nos deja disfrutar. No tomamos prestado ningún Ferrari ni terminé cantando el Twist & Shout en un desfile en la Castellana, pero ahí van unas cuantas sugerencias para pasar un día de lo más memorable por las calles de esta ciudad maltratada y siempre fascinante.

Primera parada: Real Jardín Botánico. Ese gran desconocido, recuerdo de épocas más ilustradas. El soleado día aún conservaba frías las manos cuando llegamos a la puerta de acceso (en la Plaza de Murillo), donde hacían cola más turistas que vecinos. Vale la pena vencer la pereza del residente en la ciudad y pagar los tres euros de la entrada, el Jardín es ahora un oasis urbano melancólico y tranquilo, que permite desconectar mucho mejor que el populoso Retiro caminando relajado por la Rosaleda o el Paseo de las Estatuas, respirando aromas familiares y lejanos, aprendiendo a leer lenguajes de madera. Disfrutamos de la variedad de flores y curioseamos las plantas aromáticas, recorrimos el nuevo paseo de plantas de invierno y vimos alguno de los bonsáis que regaló al Jardín el expresidente González. También contemplamos enormes castaños y tilos, venerables tejos…Pero lo que más nos gustó fueron los invernaderos del siglo XIX, divididos en diferentes ambientes para preservar especies tropicales, desérticas o acuáticas…

Invernaderos metálicos en el Jardín Botánico

Invernaderos metálicos en el Jardín Botánico

Después, reconciliados con nuestro lado más natural, nos volvimos a convertir en urbanitas sedientos y decidimos ir practicar el viejo arte del aperitivo en la calle Jesús. La primera opción era nuestra reverenciada Cervecería Cervantes, pero estaba más llena si cabe que de costumbre y decidimos probar suerte más abajo. Probamos en Los Gatos, bar castizo y con mucha personalidad, trastero de los más curiosos objetos. Su acumulativa atmósfera la riegan con cervezas muy bien tiradas y con tapas de lo más sugerente. En nuestro caso el pincho de tortilla, de diez. Un buen lugar donde empezar a perder el día. Decidimos continuar para bingo mientras esperábamos refuerzos y pasamos al bar de al lado, La Anchoíta de Madrid, de estética marinera y con sus paredes tapizadas de fotos de famosos y no tan famosos de la escena madrileña. También aquí conservan el buen hacer de tirar bien la cerveza, arte cada vez menos cultivado. Para comprobar el buen hacer es necesario observar que en la caña se van marcando con espuma cada uno de los tragos que hemos dado. Aquí, en el corazón de Madrid, aún cuidan estos detalles.

Hermosos castaños daban sombra...¿o eran tilos?

Hermosos castaños daban sombra…¿o eran tilos?

Una vez que llegaron los refuerzos volvimos sobre nuestros pasos al Cervantes, y esta vez sí, pudimos degustar un buen vermut y un brutal pulpo a la gallega mientras veíamos la larga cola de creyentes guardar su sitio para venerar al Cristo de Medinaceli, en una estampa también muy típica de la capital. Remontamos la calle de las Huertas, adentrándonos en el muy literario barrio de las Letras para buscar algo más contundente con el que dar por finalizado el almuerzo. Nos hicimos fuertes en la en la terraza del Matute12, en la plaza del mismo nombre,  con una carta cosmopolita y ecléctica, como el interior del garito. No estaba mal, aunque habrá que volver para fundamentar mejor la opinión. La fachada no estaba mal, pero está por ver si tiene suficiente fondo. El café era de recibo tomarlo en la plaza de Santa Ana, donde un hombre indefinible nos amenizó la sobremesa con su Michael Jackson Dance. El dinero que le dimos para salvaguardar su estilo de baile nos pareció mucho mejor invertido que la desorbitada cuenta por los cafés.

Humor absurdo y una cerveza, ¿se puede pedir más?

Humor absurdo y una cerveza, ¿se puede pedir más?

¿Y luego…? Pues rizamos el rizo y nos dimos un baño de capitalidad disfrutando de algunos de esos planes con los que te organizan el fin de semana las guías de ocio. Véase: buscar el último graffiti que aún queda en la ciudad del celebérrimo Muelle (lo buscáis que si no, no tiene gracia); ir de compras y curiosear por la siempre moderna calle de Fuencarral, tomar una cañita en el mítico Palentino en la calle Pez, ir al teatro Alfil para disfrutar del humor absurdo, somos muy fans del humor absurdo, de los gags de los Monty Python…¿y luego…? Luego no nos quedó más remedio que acabar el magnífico día más de la mejor forma: entre amigos y disfrutando de una hamburguesa en el Alfredo’s Barbacoa (posiblemente, la mejor de Madrid). Y es que ya lo decía Mathew Broderick en la mítica película: la vida pasa demasiado rápido, y si no te paras y miras a tu alrededor, puedes perdértela.

 

Tras Tiberis

Ocurre que el viajero, a veces, se comporta como un entomólogo buscando recuerdos y monumentos que clasificar, catalogar y guardar. Nunca hay suficientes ruinas, siempre hay una foto aún por hacer. Pero desperdiciar el presente buscando recoger para el futuro un recuerdo pasado no es siempre un buen negocio, ¿cómo disfrutar del vuelo de una mariposa si le clavas las alas con un alfiler? No soy ajeno a este síndrome acaparador. Por eso es tan necesario en todo viaje perderse en un barrio como el Trastevere en Roma. Hay otra Roma al otro lado del Tíber, una Roma más allá de los monumentos y las grandilocuentes iglesias, aunque también haylos.

Porque una ciudad no se abarca, se vive; lo mejor que puede uno hacer es cruzar el puente Palatino, por ejemplo, y sumergirse de lleno en este barrio canalla recorriendo sus estrechas calles adoquinadas con sampietrini, curiosear las tiendas que se abren a los pies de sus medievales casas, trastear en sus sombras y sus excesos. Es lo suficientemente sucio y follonero para ser de lo más bohemio, y desprende vida por los cuatro costados. Roma dentro de Roma, mejor dejarse llevar por sus mareas. Su encanto es más ordinario, de oído y de tacto, también de sabores. Epicúreo. Sus fachadas rojizas y color tierra esconden varias sorpresas también para el turista más ortodoxo, aunque endulzadas por el aroma de glicinas en primavera y las risas de los que disfrutan de sus cervezas en alguna de las muchas terrazas. La arrebatadora Santa María en Trastevere, una de las primeras iglesias de Roma, con sus dorados mosaicos y su medieval campanario abiertos a una animada plazuela; el renacentista templete de San Pietro in Montorio; el exquisito Palacio Farnese o el Palacio Corsini, la Porta de San Pancrazio…

La noctámbula y mágica Santa María en Trastevere

La noctámbula y mágica Santa María en Trastevere

Ahora, el verdadero placer es el ambiente caótico, sus muchedumbres que abarrotan sus tardes y sus noches, beberse su alma y comerse su corazón. Y hay miles de opciones. La Via de la Lungaretta sirve de arteria principal, de toma de contacto, y ya en ella hay mil opciones para degustar el barrio. Pero es recomendable perderse sin prisa para encontrarse por todas las calles aledañas, tomarte tú tiempo. Algunas recomendaciones convenientemente examinadas: para una cerveza o un café, el Chakra Café, con buena música y un ambiente relajado; para cenar, dos tratorias abarrotadas, económicas y para ir sin prisa, el Carlo Menta, aliado de los bolsillos más austeros, suele estar de bote en bote por muchedumbres de jóvenes y turistas que buscan calidad a bajo precio (eso sí, sin alardes; la rughetta no la regalan); el otro es el Ivo a Trastevere, pizzería familiar y templo de glorias futbolísticas, sus pizzas y precios merecen afrontar sus particulares tiempos; el vino blanco y sus escenas costumbristas ayudan también en la espera).

La noche en el Trastevere se come y se bebe

La noche en el Trastevere se come y se bebe

Pero si hay algún lugar que guarde en sí mismo toda la personalidad de este barrio personalísimo ese el Bar San Calisto ¿y qué tiene de especial el Bar San Calisto? Todo y nada. Becarios y porreros, desarrapados y turistas, romanos y bárbaros, se aprietan en su terraza, cerveza en mano-un cigarro en la otra-y se enfrascan en mil charlas. Todas ellas vitalmente intrascendentes y de suma importancia. El hecho de que la cerveza aquí sea excepcionalmente barata comparada con el resto de la ciudad, ayuda a este desbordamiento de sensaciones. Aquí pasamos una gran tarde dilucidando cual es la mejor cerveza de la ciudad…nadie ni nada es ajeno en el Calisto, todo es posible tras tiberis.

El Ponte Cestio, que une el Trastevere con la isola Tiberina es una de las más bellas postales

El Ponte Cestio, que une el Trastevere con la isola Tiberina es una de las más bellas postales