Enjoy the silence en Kioto

El escritor Junichirò Tanizaki la describe en su Elogio de la sombra como “un lugar para gozar la punzante melancolía de las cosas”, una ciudad de silencios y penumbras. Antigua capital y centro espiritual del país, Kioto se recoge circunspecta en sus miles de templos; es seria, aseada y tranquila, como los cuidados jardines que rodean sus santuarios. Como un haiku, sutil y austero, una conmoción espiritual. Todo esto lo sé ahora, pero cuando desayunábamos un sándwich de mermelada y un café en una de esas anónimas franquicias internacionales que todo lo colonizan, solo sabíamos que nos esperaba un largo peregrinaje si queríamos ver, al menos, los principales templos que destacaban en la guía. Porque otra cosa no, pero templos…más de 1600 budistas y 400 santuarios sintoístas. Ahí es ná.

Terminamos de desayunar y nos encaminamos a la estación central. De camino tuvimos nuestro bautizo templario con el impresionante Hongan-ji, cuyo enorme edificio principal, la quilla invertida de un enorme barco, es una de las mayores estructuras de madera del mundo. Y muy cerca, la imponente estación de acero y cristal, con un aire muy setentero (aunque creo que es más moderna). Allí están, frente a la puerta principal, las paradas de autobús y las maquinas donde sacar un billete para todo el día (unos 1000 yenes), es la mejor forma de visitar la ciudad y no morir en el intento. Además, como casi todo en el lejano oriente, es también una fuente de curiosidades y anécdotas. Se entra por la puerta de atrás y se sale, después de pagar, por la del conductor; durante todo el trayecto el conductor va hablando con voz de binguero cantando números y, lo más sorprendente, cuando el autobús para y se abren las puertas, una voz enlatada grita: ¡Viva Las Palmas¡. O algo muy parecido. True story.

El impresionante Hongan-ji, un templo varado en medio de la ciudad

El impresionante Hongan-ji, un templo varado en medio de la ciudad

Encontramos el autobús adecuado y nos dirigimos al noroeste. Allí se encuentra el que es quizás el templo más celebre, el templo dorado o Kinkaku-ji. Erigido en 1397 como casa de retiro para el sogún Ashikaga Yoshimitsu- muchos templos eran antes la casita de algún señor importante-, el edificio que vemos hoy es una minuciosa reconstrucción, ya que en 1950 un monje quemó el original. Durante la misma fue cuando se cubrió de láminas de oro. Es más pequeño de lo que uno espera, pero su arquitectura es discretamente elegante, y encaja como un traje a medida con el cuidado jardín que lo rodea; los cincelados arces y el estanque, que hace de espejo reflejando su imagen, como en una postal perfecta. Tanto que tendréis que pelear con el gentío para terminar haciendo, es inevitable, la típica foto que todo el mundo se lleva del lugar. Y será la misma que tiene todo el mundo, no lo dudéis. Muy cerca se encuentra el Ryoan-ji, o el templo del dragón tranquilo (soy muy fan de estos nombres rimbombantes), en el que destaca su jardín seco (kare-sansui), un “estanque” de arena donde descansan quince rocas al pie de un porche de madera. Siempre la madera. El creador de tan original no-jardín nunca explicó su significado, pero lo diseñó de tal forma que, se ponga uno donde se ponga, solo podrá visualizar a la vez catorce de ellas. Sentarse en el porche y abandonarse a la simple contemplación de este pequeño misterio inabarcable (¿no es así la vida misma?), es casi obligatorio. Eso dicen que es el zen. Además, el sí-jardín y el estanque, a rebosar de nenúfares, que lo rodean son también impresionantes.

Patrimonio de la Humanidad, el reflejo del Kinkaku-ji llama a la calma y la serenidad (pese a los turistas)

Patrimonio de la Humanidad, el reflejo del Kinkaku-ji llama a la calma y la serenidad (pese a los turistas)

El viajero hará bien en olvidar las pétreas catedrales occidentales, los monumentos de proporciones bíblicas. Los templos japoneses tienen otra dimensión de sombra y madera, nada es casual en su diseño. El camino es el inverso, aquí menos es más; donde nosotros buscamos llenar el vacío, ellos buscan delimitarlo y ensalzarlo. La armonía con la naturaleza despierta un dialogo silencioso mientras recorres los caminos de grava o te sientas en los sosegados porches, observando perfectas naturalezas, rocas que son islas, puentes que son oraciones, dejando transcurrir un tiempo que nunca fue nuestro…

El refinado Ginkaku-ji

El refinado Ginkaku-ji

Del templo dorado y el no-jardín de arena, al de plata. Pero antes paramos a comer en la animada calle que asciende hasta el templo. Optamos por una pequeña taberna de aire familiar, donde degustamos unos sabrosos soba (fideos de alforfón) y un plato de arroz con unagi (anguila), plato del que me volví adicto. Como curiosidad hay que señalar que muchos restaurantes tienen en su escaparate dispuestos los platos que sirven, pero hechos en plástico; para que uno sepa bien que es lo que le ofrece el local. Aquí el envidiado fotógrafo de platos combinados transmuta en escultor de viandas de plástico. Suma y sigue. Con fuerzas renovadas encaramos el último tramo de subida y visitamos el Ginkaku-ji o pabellón de plata, construido en el siglo XV bajo el molde del dorado en la mente, aunque aquí nunca se llegó a recubrir del precioso metal que le da nombre. Aun así, su delicado diseño y su íntima relación con el refinado jardín que lo rodea (pequeño jardín seco incluido) son una visita más que recomendable. A la salida, molidos y acalorados, decidimos volver andando por el llamado Sendero de la Filosofía, que comienza cerca de ahí. Un nombre un tanto pomposo para lo que es, un pequeño camino peatonal paralelo a un canal entre la sombra de los árboles, aunque en el camino, tranquilo y ajeno a bullicios, encuentras más santuarios y lugares ciertamente curiosos.

Pero como suele pasar, al acabar el camino, un tanto perdidos como estábamos y sin haberlo programado, encontramos dos inesperadas joyas. Y no especialmente pequeñas. La primera es el Konkai Homyoji, un complejo budista en el que parecía que estábamos solos, con la única compañía de los enormes cuervos japoneses. Es sorprendente como se camufla semejante conjunto de templos, casi una pequeña ciudad santa, en lo alto de una pequeña colina residencial. En torno a una enorme plaza se organizan numerosos edificaciones, como en un desperdigado monasterio. Con curiosidad gatuna inspeccionamos el templo: la curiosa chozuya (pila de agua) donde purificarse, los diferentes santuarios, la típica campana para llamar a rezos o el mudo cementerio budista que se extendía en la sombra. Siempre hay agradables descubrimientos que aguardan al viajero que gusta de perderse. La otra joya es más conocida y más visible, el santuario Heian-jingu, que no pasa desapercibido gracias a su color naranja y el mostruoso torii (las puertas a los santuarios sintoístas) que se yergue antes de la entrada principal, naranja también. Es uno de los más grandes de todo Japón. El edificio, construido a finales del siglo XIX con motivo del 1100º aniversario de la fundación de la ciudad, imita el Palacio Imperial de Kioto. Los jardines son inmensos, aunque a nosotros nos llamó la atención un pequeño bosquecillo a los pies del templo principal, con sus ramas rebosantes de papeles entrelazados que son en realidad oraciones y peticiones a los ancestros. Una metáfora muy propia de un país con una naturaleza tan espiritual.

Unas jóvenes geishas se fotografían frente al gigantesco torii Heian-jingu

Unas jóvenes geishas se fotografían frente al gigantesco torii Heian-jingu

Pero todo tiene un límite, nuestro espíritu zen ya rebosaba y el cuerpo nos pedía descanso y cultos más terrenales. Así que volvimos al hotel para acicalarnos un poco y salir a disfrutar de la exquisita cocina japonesa, y de paso resarcirnos un poco de la noche anterior. De camino aún pudimos ver el occidentalmente desconcertante Ayuntamiento de la ciudad y la sede del original Museo Internacional del Manga, pero ni nos paramos. ¡Cerveza aquí, ya!. Dicho y hecho, un poco de descanso y a cenar. De camino pasamos por algunas de las calles techadas que configuran el Nishiki Food Market, y aunque muchos puestos ya cerraban, era un hervidero de actividad con todo el espectro social y cultural dejándose ver. Desde los trabajadores ya un tanto animados en pleno afterwork a los jóvenes que salen “mangueados” buscando una identidad, pasando claro está por los asombrados turistas como nosotros.

Cualquier parecido con el de aquí es casi circustancial...

Cualquier parecido con el de aquí es casi circustancial…

Esa noche el cuerpo nos pedía dejarnos de tonterías, estábamos en Japón y queríamos sushi. Habíamos leído en la Lonely que el Ganko Zushi, cerca del puente Sanjo-ohashi no estaba mal (Kioto es un lugar perfecto para probar la alta cocina japonesa o kaiseki, aunque suele escaparse de casi todos los presupuestos). Aquí la variedad de platos de plástico en el escaparate era avasalladora, muchos bentos donde elegir (las cajas-menús, muy típicas y prácticas). Y adentro que fuimos, directos a la barra donde ves trabajar a los cocineros y dimos rienda suelta a nuestra gula pidiendo sushi a la carta, además de tempuras, bien regado de cerveza Ashai. Oye, a mi mujer le encantó…porque además el chef de la barra que nos servía, muy simpático, nos tomó por recién casados. Un acierto, y eso que no fue el mejor sushi que tomamos en el viaje, pero en ese momento nos pareció bocatto di cardinale.

Pero aquí es donde viene el doble mortal con tirabuzón de nuestra gula…la noche era joven, así que decidimos dar un poco más de sí nuestro estómago y darnos otro capricho, así que entramos en Mushashi Zushi, un restaurante de kaiten-zushi (de los que van sacando distintos platos de sushi en una cinta transportadora). No es que fuera el mejor del mundo, pero era barato y divertido, y para compensar bebimos té verde (en los restaurantes siempre te sirven té verde y agua completamente gratis, lo que viene bien para ahorrar en presupuesto muchas veces). Ahora sí, rebosantes decidimos ir a dormir y retomamos el camino por la galería comercial, ahora en silencio y tranquila. Empezábamos a tomarle el pulso a la ciudad y al país, a leer y disfrutar de sus luces y sus silencios, a gozar de su punzante melancolía…

Continuara…

Legal aliens en Kioto

“Japón, mia que está lejos Japón…” Resonaba en nuestra cabeza la letra de los No me pises que llevo chanclas “Si lo quieres ver, en una bola er mundo, le tienes que dar la vuelta ar mundo entero” Estábamos avisados. Tras dos tranquilos vuelos en Emirates, varias películas y alguna serie, y una breve parada en el microcosmos del aeropuerto de Dubái, por fin llegamos a Osaka. Enseguida comenzó eso que algún tipo con pipa llamaría “el choque cultural”, que no es sino el enriquecedor, aunque a veces perturbador, contraste de idiosincrasias. Las fundas de ganchillo que cubrían en parte los asientos del minibús que nos llevó a Kioto fue solo la primera de muchas sorpresas.

El chófer nos llevó hasta nuestro hotel, el Monterey, en medio de la lluvia, y al llegar, en un ejercicio de malabarismo bajó nuestras maletas mientras nos protegía del agua con dos paraguas…y haciendo reverencias a la vez. True story. El hotel estaba realmente bien y aunque entenderse, aún en inglés, no es tan fácil como en otros destinos, con su amabilidad compensan cualquier barrera lingüística. Estábamos agotados del viaje pero las ganas de sumergirnos en el Lejano Oriente compensaban todo, así que tras comprobar que era verdad la leyenda de los baños de taza caliente y chorros a discreción (algún día hablaremos más de este tema…), bajamos a la calle, pillamos dos paraguas transparentes y de mango blanco que daban gratis en la entrada (y que tan familiares se nos harían) y nos lanzamos a conocer la ciudad con nocturnidad y alevosía.

La bulliciosamente ordenada y comercial Shijo-dori

La bulliciosamente ordenada y comercial Shijo-dori

Lo primero que nos llamó la atención fue el orden y el ruido…o más bien la ausencia del mismo. Parecía una de esas novelas de Philip K. Dick donde el futuro puede ser ordenado, limpio y geométrico, callado, y nosotros los protagonistas que no terminan de entender como han llegado ahí. Al poco, dejamos atrás la zona más de negocios donde estaba el hotel y tomamos la comercial Shijo-dori, más animada y llena de comercios. La recorrimos sin dejar de mirar a todas partes, intentando descifrar el funcionamiento de este nuevo mundo. En esas estábamos cuándo llegamos al río Kamo y la entrada del hanamachi de Ponto-cho, uno de los barrios de geishas de Kioto y dónde habíamos decidido ir a cenar.

Take a walk por Ponto-cho

Take a walk por Ponto-cho

De noche y lloviendo, el largo y estrecho callejón con alma arrabalera parecía sumirse en sombras atemporales. La empedrada calle, iluminada por tradicionales farolillos, discurre paralela al río entre la Sanjo-dori y Shijo-dori. Tanto Ponto-cho, como las innumerables callejuelas que como capilares la alimentan, están llenas de restaurantes y locales en típicas casas de madera; casi como en el pasado, cuándo geishas, samuráis y lo peor de cada casa recorrían las casas del té, burdeles y tabernas. Take a walk on the wild side. Ahora el único peligro es equivocarse al elegir restaurante. Como nosotros, que al ver que casi todos habían cerrado al ser tarde y domingo, nos dejamos embaucar y nos vimos cenando solos en un triste, pero honrado, restaurante de lo más insulso. ¡Zas!, en toda la boca. Al menos el errabundeo nos llevó hasta el kaburenjo, el teatro donde aún se puede ser testigo que entre las sombras también hay lugar para el arte más refinado.

¿Hay forma más fácil de pedir un menú?

¿Hay forma más fácil de pedir un menú?

Después de la breve y desalentadora cena, y al ver que casi todo estaba cerrado y nuestro humor hacia juego con el tiempo, decidimos volver al hotel. Pero de camino encontramos uno de esos restaurantes en los que tienen todos los platos dispuestos como en una máquina de tabaco y tu solo tienes que elegir y sacar tu ticket. De perdidos al río, nos dijimos, elegimos dos menús y allá que fuimos a recenar. Y fue un acierto, porque en Japón no te puedes equivocar dos veces si hablamos de comer. Unos udon, una sopa miso, el omnipresente bol de arroz blanco…no solo estaba bueno, sino que nos lo sirvieron con terrible presteza. Nos fijamos en que casi todos los demás clientes se sentaban solos, ensimismados con sus móviles, encerrados en su mutismo solo se escuchaba el sorber de los fideos (lo cual no es de mala educación allí). Una vez más tuvimos la sensación de ser uno de esos legal aliens que cantaba Sting, en un mundo ajeno, rodeados de extraños y solitarios seres. ¿He dicho alguna vez que me encanta viajar?

Continuará…