Legal aliens en Kioto

“Japón, mia que está lejos Japón…” Resonaba en nuestra cabeza la letra de los No me pises que llevo chanclas “Si lo quieres ver, en una bola er mundo, le tienes que dar la vuelta ar mundo entero” Estábamos avisados. Tras dos tranquilos vuelos en Emirates, varias películas y alguna serie, y una breve parada en el microcosmos del aeropuerto de Dubái, por fin llegamos a Osaka. Enseguida comenzó eso que algún tipo con pipa llamaría “el choque cultural”, que no es sino el enriquecedor, aunque a veces perturbador, contraste de idiosincrasias. Las fundas de ganchillo que cubrían en parte los asientos del minibús que nos llevó a Kioto fue solo la primera de muchas sorpresas.

El chófer nos llevó hasta nuestro hotel, el Monterey, en medio de la lluvia, y al llegar, en un ejercicio de malabarismo bajó nuestras maletas mientras nos protegía del agua con dos paraguas…y haciendo reverencias a la vez. True story. El hotel estaba realmente bien y aunque entenderse, aún en inglés, no es tan fácil como en otros destinos, con su amabilidad compensan cualquier barrera lingüística. Estábamos agotados del viaje pero las ganas de sumergirnos en el Lejano Oriente compensaban todo, así que tras comprobar que era verdad la leyenda de los baños de taza caliente y chorros a discreción (algún día hablaremos más de este tema…), bajamos a la calle, pillamos dos paraguas transparentes y de mango blanco que daban gratis en la entrada (y que tan familiares se nos harían) y nos lanzamos a conocer la ciudad con nocturnidad y alevosía.

La bulliciosamente ordenada y comercial Shijo-dori

La bulliciosamente ordenada y comercial Shijo-dori

Lo primero que nos llamó la atención fue el orden y el ruido…o más bien la ausencia del mismo. Parecía una de esas novelas de Philip K. Dick donde el futuro puede ser ordenado, limpio y geométrico, callado, y nosotros los protagonistas que no terminan de entender como han llegado ahí. Al poco, dejamos atrás la zona más de negocios donde estaba el hotel y tomamos la comercial Shijo-dori, más animada y llena de comercios. La recorrimos sin dejar de mirar a todas partes, intentando descifrar el funcionamiento de este nuevo mundo. En esas estábamos cuándo llegamos al río Kamo y la entrada del hanamachi de Ponto-cho, uno de los barrios de geishas de Kioto y dónde habíamos decidido ir a cenar.

Take a walk por Ponto-cho

Take a walk por Ponto-cho

De noche y lloviendo, el largo y estrecho callejón con alma arrabalera parecía sumirse en sombras atemporales. La empedrada calle, iluminada por tradicionales farolillos, discurre paralela al río entre la Sanjo-dori y Shijo-dori. Tanto Ponto-cho, como las innumerables callejuelas que como capilares la alimentan, están llenas de restaurantes y locales en típicas casas de madera; casi como en el pasado, cuándo geishas, samuráis y lo peor de cada casa recorrían las casas del té, burdeles y tabernas. Take a walk on the wild side. Ahora el único peligro es equivocarse al elegir restaurante. Como nosotros, que al ver que casi todos habían cerrado al ser tarde y domingo, nos dejamos embaucar y nos vimos cenando solos en un triste, pero honrado, restaurante de lo más insulso. ¡Zas!, en toda la boca. Al menos el errabundeo nos llevó hasta el kaburenjo, el teatro donde aún se puede ser testigo que entre las sombras también hay lugar para el arte más refinado.

¿Hay forma más fácil de pedir un menú?

¿Hay forma más fácil de pedir un menú?

Después de la breve y desalentadora cena, y al ver que casi todo estaba cerrado y nuestro humor hacia juego con el tiempo, decidimos volver al hotel. Pero de camino encontramos uno de esos restaurantes en los que tienen todos los platos dispuestos como en una máquina de tabaco y tu solo tienes que elegir y sacar tu ticket. De perdidos al río, nos dijimos, elegimos dos menús y allá que fuimos a recenar. Y fue un acierto, porque en Japón no te puedes equivocar dos veces si hablamos de comer. Unos udon, una sopa miso, el omnipresente bol de arroz blanco…no solo estaba bueno, sino que nos lo sirvieron con terrible presteza. Nos fijamos en que casi todos los demás clientes se sentaban solos, ensimismados con sus móviles, encerrados en su mutismo solo se escuchaba el sorber de los fideos (lo cual no es de mala educación allí). Una vez más tuvimos la sensación de ser uno de esos legal aliens que cantaba Sting, en un mundo ajeno, rodeados de extraños y solitarios seres. ¿He dicho alguna vez que me encanta viajar?

Continuará…

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