Me voy a Cuenca

–                     “Yo me voy a Cuenca…además me voy ahora mismo”

–                     “…pero ¿por qué a Cuenca?…¡qué manía!”

–                     “No sé, podía irme a Toledo, a Tordesillas…¡pero me voy a Cuenca!

Recordaba mientras conducía aquella declaración de intenciones de Coque Malla en la divertida película “Todo es mentira”. Allí es dónde su personaje en la peli, Pablo, situaba su refugio particular dónde escapar de complicadas relaciones amor-odio, dictatoriales gorilas de discoteca y solipsistas soplapollas varios de la gran ciudad. Allí, solaz y campechano, abrazaría la vida tranquila de provincias y todo cobraría sentido. No era tanta nuestra ambición o nuestra necesidad de escapar, contentos con la escapada y con disfrutar relajados uno del otro nos valía.

Antes de llegar, para hacer tiempo y hambre, y aprovechar que hacía el sol y el frío justo para dar una vuelta campestre, hicimos una rápida visita a la Serranía conquense. De camino paramos en el Ventano del Diablo, mirador excavado en roca situado en una pronunciada curva camino a la Ciudad Encantada. Se disfruta una bonita vista del cañón que el río Júcar ha ido horadando con el tiempo en las viejas rocas, pero el ambiente siendo sábado era ciertamente dominguero (porqué, como el Santo, se presenta el día que quiere, qué para eso es espíritu). Aún así, uno acaba participando de la liturgia del lugar y haciéndose unas cuantas fotos de dudosa pose aprovechando el espectacular fondo natural. Continuamos camino hacia la Ciudad Encantada, entre curvas y pinares, y ambos lados del camino se abrían senderos que invitaban a perderse sin tanto ajetreo como el que nos esperaba. Porque la Ciudad no sé si estará Encantada, pero abarrotada…un poco. Oye, por tres euros es un paseo agradable, y no digo que alguna de las piedras no valga un “oh” por su orgulloso desafío a la gravedad, o un “vaya…” por sus caprichosas formas, aunque en general el nombre grandilocuente no hace del todo justicia a las expectativas.

La octogonal San Pedro vista desde el Castillo

La octogonal San Pedro vista desde el Castillo

Colmadas nuestras ambiciones campestres y con el hambre retumbando en nuestros estómagos, pusimos de nuevo rumbo a Cuenca. Para comer decidimos fiarnos de las recomendaciones de un buen amigo conquense y nos quedamos en la Cuenca horizontal y más nueva, para buscar La Bodeguilla de San Basilio (Calle Fray Luis de León, 3) y tomar fuerzas para el ascenso a la ciudad alzada, encaramada y vertical. Al llegar la Bodeguilla estaba llena (buena señal), así que decidimos hacer tiempo y nos metimos en un bar un poco más abajo en la misma calle, La Soga. Un elogio a la sencillez, oigan. Riquísimo el plato de paella que nos pusieron de tapa. Pero como somos de buen comer, volvimos a ver si ya había sitio en la Bodeguilla. Poco, pero pudimos acodarnos en la barra. La parte del bar es pequeña, de techos bajos y alicatados con fotos y recuerdos de una Cuenca pretérita. Si la gente sube la voz y se amontona, uno tiene la impresión de estar tomando la caña en un vagón de metro en plena hora punta. Pero vale la pena. Tal y como me anticipó mi fuente, aquí la caña te la acompañan de macroaperitivos. Véase:  en lo que se beben dos cañas grandes, nos sirvieron, con la primera, un caldo calentito para abrir apetito, un plato con ensalada, huevos de codorniz y jamón y su pan; con la segunda, un pucherito con patatas con costillas y otro plato de chipirones a la plancha con su correspondiente ensalada y su pan. Todo acompañado de esa atmósfera de excéntrica cueva y la profesionalidad impoluta del camarero, que merecería un post aparte.

Así, más que bien tapeados y cargados de fuerzas, nos dirigimos por fin a la “abstracta de gentiles piedras, hecha de hallazgos y de olvidos, colgada y abierta; vieja Cuenca”, como la denominó Cela. Cruzamos el Huécar y subimos la colorida calle de Alfonso VIII para llegar finalmente al antiguo y muy noble barrio de San Pedro, dónde estaba La Hospedería de Cuenca, donde dormiríamos. Después de dejar las maletas y descansar lo justo, nos fuimos a patear esta formidable atalaya abrazada por el Júcar y el Huécar que es la antigua Cuenca. Como estábamos tan cerca decidimos subir (en esta ciudad, todo es subir y bajar y viceversa) a las ruinas del castillo, construido sobre la antigua alcazaba, y el único paso que queda en los restos de su lienzo, el Arco del Bezudo. Desde aquí se disfruta de unas excelentes vistas de la ciudad, y alternando babor y estribor, también de las Hoces de cada río desde las alturas. Un espectáculo.

Escaleras con Catedral al fondo

Escaleras con Catedral al fondo

A partir de ahí, rodar y rodar, rodar y rodar por esa escarpada pendiente que es el casco antiguo. Aquí el antiguo tribunal de la inquisición, aquí una señorial casa blasonada, allí la octogonal y mudéjar Iglesia de San Pedro, allá un convento y un museo…Calles empinadas, pasos, pasadizos, recovecos. Rincones que se abren de pronto al vacío y desde los que el atardecer incendia la escarpada roca y las casas que se asoman sin vértigo al abismo. Algunos lugares tienen su propia leyenda, como el Cristo del Pasadizo; en otros aún resuenan los ecos del pasado, como en las románticas ruinas de San Pantaleón y sus tumbas que se abren como heridas en el suelo.  Cuando cae la noche y las calles se van vaciando, es un gusto perderse por las estrechas calles, muy abrigado, mientras el frío empieza a deslizarse y querer engullir la ciudad. Toda sombra es solemne y el silencio devoto.

La postal más típica de la ciudad

La postal más típica de la ciudad

Un lugar donde descansar de la vertical visita es la casi triangular Plaza Mayor, más larga que ancha, dónde podemos disfrutar de la impresionante Catedral y, cerrándola, el Ayuntamiento con sus portales porticados.  Los dos son dignos de una contemplación pausada, para degustar las cosas bien hechas. Disfrutemos de las cosas que se hicieron para perdurar, en el tiempo o en la memoria, en estos tiempos en que casi todo es olvidable y obsoletamente programado. La Catedral, muy bien iluminada por la noche, es elegantemente solida, un ejemplo de transición del románico al gótico. Y una recomendación, para el que quiera alargar aquí su descanso tomando una caña o alguna copilla: a la izquierda del Ayuntamiento, tomar la callejuela de Severo Catalina, y recién iniciado el camino, está “La Edad de Oro”, animado bar con frases de canciones en el suelo y por las paredes. Buena música, buen ambiente. Un lugar para perder el tiempo como Dios manda.

Las oníricas Ruinas de San Pantaleón

Las oníricas Ruinas de San Pantaleón

¿Más allá? Algunas peregrinaciones típicas, cómo la que contempla la subida desde el Huécar hasta el Convento de San Pablo y actual Parador, encaramado a otro farallón rocoso, unido en las alturas a la ciudad a hierro y madera por el Puente de San Pablo, desde el que tengo entendido se disfrutan unas vistas inmejorables de las celebérrimas Casas Colgadas (que no colgantes), algo que no puedo certificar porque bastante tuve con cruzar el puente sin sufrir un ataque de pánico. Y eso que era de noche. Otra peregrinación es la que se vuelca a la otra Hoz, la del Júcar. Descender desde la hermética Plaza de San Nicolás la escalonada bajada a la Ermita de la Virgen de las Angustias, recogido templo a la orilla del río y a la sombra de la ciudad. Y subir de nuevo hasta el barrio del Castillo, contemplando el sinuoso río y unas rocas que hasta tienen ojos. La escondida Torre de Mangana, las rejas detenidas, las taciturnas fuentes,  serena e hidalga Cuenca. Y vuelta a empezar, retomando el eco de tus propios pasos, porque siempre hay algo que encontrar…Ahora entiendo un poco mejor a Coque Malla, pero…¿Y si nos volvemos a Madrid?

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El arte de perderse por la Alcarria conquense

Saber perderse es un arte. No hablo del no hallarse, no; hablo del concienzudo ejercicio de disiparse, de dar esquinazo a la cotidianidad y a la grisácea versión de uno mismo que se marchita a la luz de un fluorescente. Siempre viene bien un poco de escapismo de vez en cuando. Y en esas estábamos, dibujando planes de fuga para poner tierra de por medio cuando topé con una frase que Cela dedicó a La Alcarria: “es un hermoso país al que la gente no le da la gana ir”. ¡Ahí lo teníamos! ¿Qué mejor lugar para perderse que un sitio al que la gente no va? Y para rizar el rizo, decidimos ir a la Alcarria conquense, la cual él no quiso o no pudo recorrer, que éste hombre era muy suyo y uno nunca sabe.

Fachada del colegio de Jesuitas de Huete

Fachada del colegio de Jesuitas de Huete

Nuestra primera parada fue Huete, cabeza de la Alcarria conquense. Aparcamos  junto al antiguo convento de los Jesuitas, del siglo XVI, edificio adusto y sobrio, pero con una bella portada; y decidimos errabundear un poco por las calles de la localidad alcarreña. En lo alto se veían las ruinas del castillo de la Luna y algunos restos de murallas de origen andalusí, pero queríamos encontrar un sitio para comer, por lo que desistimos antes de empezar el ascenso. Era laborable y las calles estaban prácticamente desiertas. Solo cuando algunos niños salían del colegio pareció cobrar algo de vida el pueblo. Esa sensación de transitar en silencio mientras nuestro mundo real estaría en ese momento en pleno ajetreo era un gustazo, nos sentíamos como niños haciendo novillos, escondidos, ajenos a la dictadura de normas y horarios. Tranquilos, seguimos buscando dónde comer mientras descubríamos poco a poco lo que Huete tiene que ofrecer al viajero. Qué no es poco.

Escenas de un pueblo

Escenas de un pueblo

Escudriñamos por la puerta la desamortizada Iglesia de Santo Domingo, a punto de derrumbarse sobre sí misma por el peso de un rico pasado ahora olvidado; ascendimos la pequeña elevación dónde se asienta el Convento de Jesús y María, en el qué se recogían las doncellas virtuosas tras su magnífica portada, y recorrimos el perímetro del sólido Monasterio de la Merced, ahora sede del Ayuntamiento. Lamentablemente casi todo tiene un aire de abandono, de ruinosa herencia desaprovechada, de dejadez cotidiana. Se queda uno con la agridulce sensación que podría ser éste un pueblo bonito, que sin duda lo fue o quiso serlo, pero que aquello es sólo un sueño olvidado. Aquí, como en tantos lugares, hace mucho que solo te trabaja el estilo “pladurense”, que la miopía cultural dejó de ver el futuro en el rico pasado y que toda memoria se les llena de herrumbre.

Al final aparecimos en la puerta del restaurante Chibuso, dónde dimos cuenta de un menú del día sin alardes pero cumplidor. Categoría “Sin más”. Lo arregló que lo regamos bien de una botella de La Estacada. Y antes que el sopor de la sobremesa nos dejara fuera de juego, retomamos camino y pusimos rumbo a Caracenilla, pedanía de Huete y etapa final del viaje ese día. Al poco llegamos al pequeño pueblo escoltado por una suave colina que suelen utilizar los aficionados al parapente. Y menos aún tardamos en encontrar la Casa del Canónigo, la casa rural donde íbamos a pasar la noche. Su fachada burdeos destacaba a la sombra de la coqueta iglesia. Entramos y ya desde la cálida recepción nos hicieron sentirnos como en casa.

Santo Domingo vencido por el olvido

Santo Domingo vencido por el olvido

Dando vida a esta casona del siglo XVII, la Casa del Canónigo es como la playa de Pavese, una república de mujeres que no olvidan ningún detalle y cuyo objetivo es que disfrutes de una estancia de lo más placentera. Y lo logran. Después de dejar las maletas en nuestra adoselada habitación (todas las habitaciones son distintas) y descansar un poco, disfrutamos del spa de la casa. Que no spa en sí, es una bañera de hidromasaje para dos, pero que con la ambientación de velas, la música, la tranquilidad y las copitas de cava, cumple aún mejor su función de cura antiestrés que ese peregrinar por aguas congeladas o hirviendo que a veces ofrecen. Y así, relajadísimos los dos después del burbujeo, decidimos dar una vuelta por el pueblo.

Pero al ser de esos tan pequeños que solo tienen afueras, rápidamente lo recorrimos y teniendo en cuenta que éramos los únicos que desafiábamos el frío en la calle, y que tanta tranquilidad también cansa, decidimos darnos al turismo de bares, que mira por donde también es un hobby que nos encanta. En Caracenilla hay solo dos, así que nos decidimos por el de nombre más evocador: Casa Venancio. Allí nos tomamos dos botellines en un ambiente de lo más familiar. Porque lo que era el ágora en antigua Grecia o el foro en la Roma imperial, es el bar en la cultura hispánica. Lugar de encuentro, centro de la vida social y laboratorio de ideas (descabellas quizás la mayoría). Los vecinos, los habituales y los de fin de semana, iban llegando y saludándose, como una gran familia, y las conversaciones se mezclaban y generalizaban, y te sentías menos forastero.

La fachada del Canónigo

La fachada del Canónigo

Después de compartir un poco ese ambiente, decidimos volver a la Casa del Canónigo para cenar y descansar. Realmente, poco más se podía hacer allí, aunque no nos importaba, estábamos relajados, desconectados, tranquilos. Objetivo cumplido. Al volver ya había gente cenando, pero pudimos escoger una mesa cerca de la estufa, en una terraza acristalada que daba a un pequeño patio. Y disfrutamos de una cena excelente, tanto en su forma como en su fondo. Realmente cuidan todos los detalles y se esmeran por hacerte disfrutar del tiempo que estas allí. Estábamos tan a gusto que pedimos un par de copas, perfectamente servidas, y alargamos la sobremesa hasta la comisura de los labios, con una sonrisa de satisfacción, encantados de haber decidido perdernos un poco para encontrarnos.