Un secreto en mitad de ninguna parte

¿Es esta la maravillosa ermita mozárabe que todo el mundo nos ha recomendado?- recuerdo que pensé mientras bajaba del coche. Era bien temprano y el frio se arremolinaba alrededor de la insulsa, plana y sobria ermita de San Baudelio, a las afueras del pequeño pueblo de Casillas de Berlanga. Sola en medio de ninguna parte, se levantaba este pequeño templo con alma de frontera, que salvo una puerta con arco de herradura, no mostraba ningún signo de ser ni de lejos ese “lugar por descubrir” que nos habían dicho. Levantada sobre la roca misma de la pequeña colina, la cual servía también de primitiva necrópolis,  su sencillez nos desconcertó al principio. Pero que atrevida es la ignorancia y que error el juzgar las cosas solo por su envoltorio, resulta que San Baudelio es una inesperada incógnita encerrada en un exquisito enigma erigida en mitad de ningún sitio.

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El desangelado y sobrio exterior de la ermita

Lejos del mundanal ruido

La noble torre restaurada del siglo XV esconde unas habitaciones de ensueño

La noble torre restaurada del siglo XV esconde unas habitaciones de ensueño

Descubro anonadado como el aforismo “lejos del mundanal ruido” resulta que es el título de un libro de un escritor inglés del siglo XIX, Thomas Hardy…me encanta esa fuente de conocimiento, la más de las veces inútil, que es internet. En realidad yo iba buscando otro autor, el más patrio Fray Luis de León, quién en su oda a la vida retirada ya proclamaba: “¡Qué descansada vida/la del que huye del mundanal ruido/y sigue la escondida/senda, por donde han ido/los pocos sabios que en el mundo han sido”. Say no more. Y en el caso que nos ocupa los sabios fueron una pareja de ingleses que después de veinte años en el mundo editorial y recorrer muchos caminos, descubrieron el apartado valle del pequeño río Tastavins; y en el valle, una masía, con su torre del siglo XIV; y en el valle y la masía, el lugar dónde querían quedarse. Dónde quiere quedarse ahora todo aquel que tiene la suerte de llegar a este oasis que juntos construyeron, de alojarse en La Torre del Visco.

Todo está cuidado al mínimo detalle, es un Realix & Chateux. Ojo cuidao

Todo está cuidado al mínimo detalle, es un Relais & Chateaux. Ojo cuidao

Como decía el poeta, para llegar a disfrutar, aunque sea brevemente, de esta descansada vida, hay que seguir la senda escondida. En este caso son 5,5 km de senda forestal que se abre entre pinares. Al final de la pista, abierta al valle, encontramos la singular y noble masía, con su torre y diferentes edificios anexos, rodeado de la enorme finca en medio de un paraje sin casi signos de actividad humana, con el río y un pequeño macizo montañoso al fondo. Ajenos, en medio de la nada, se encuentra todo. Y todo cuidado al máximo. El escondite perfecto, sin duda. La antigua torre esta restaurada con mimo y respeto, y el interior, habitaciones y lugares comunes, destila un gusto depurado. Piano incluido. Una biblioteca espectacular donde pasar horas leyendo o escuchando música, cómodos salones donde convertir la charla en arte, una bodega original y excelentemente surtida, terrazas y jardines donde sentarse a tomar el té y dejar pasar el tiempo como si nos sobrase… ¿Y las habitaciones? Espectaculares. No hay tele en ellas, lo cual es una declaración de intenciones y un acierto. Y como el sabio monje, del monte en la ladera también tienen por su mano plantado un huerto. Un huerto y un cuidado jardín. Pero el huerto además surte con sus ecológicos productos al restaurante, que completa la experiencia del que se hospeda con la posibilidad de degustar sabrosísimos manjares. Un detalle que me gustó especialmente es que se puede visitar la cocina, un ejemplo más de que el huésped aquí es casi un invitado. El trato es exquisito, incluso familiar (en el mejor sentido de la palabra) por parte de la dueña, Gemma, y todo el personal. Esta sensación se acrecienta aún más durante el pantagruélico desayuno (embutidos de la zona, panes recién hechos, mermeladas caseras…), ya que se sirve en una gran mesa en la cocina compartiendo asiento y experiencias con el resto de huéspedes.

Jardines, terrazas. Patios y fuentes. El retiro campestre nunca fue tan elegante

Jardines, terrazas. Patios y fuentes. El retiro campestre nunca fue tan elegante

El puente medieval y la arco de San Roque, puerta de Valdrerobres

El puente medieval y el portal de San Roque, puerta de Valderrobres

Además, no hay que olvidar que alrededor de la finca, son muchos los senderos que nos permiten perdernos por el valle y el monte, reconciliarnos con la naturaleza. O también puede uno acercarse a Valderrobres, bonita localidad a la orilla del Matarraña y abrazada a la peña conocida como La Caixa, con sus antiguas fachadas asomadas al río. Un puente gótico de piedra nos da paso a través del portal de San Roque a la plaza de la Casa de la Villa, rodeada de contundentes edificios civiles de espíritu medieval e inmensos y bien labrados aleros de madera. Después de entrar a alguna de las tiendas de productos típicos de la zona (especial mención a Casa Giner y su amable trato), uno puede acometer la subida hasta el impresionante conjunto que la corona, el Castillo-Palacio y la gótica Santa María la Mayor, con su impresionante rosetón y sus gárgolas. Merece la pena el esfuerzo, aunque para visitarlos hay que comprar las entradas abajo en el pueblo. En el sentido contrario de la carretera, se puede visitar Fuentespalda, pueblo más pequeño que el anterior pero no exento de encantos y un rico pasado. Y una más rica sobrasada y chorizos, no digan que no les aviso.

Pero volvamos a La Torre del Visco, siempre hay que volver a los lugares donde uno puede sentarse al sol y abdicar de sí mismo para conquistar su tiempo. Ver atardecer desde una de sus terrazas, con una cerveza en la mano, quizás no es tan ascético como nuestro fraile tenía pensado, pero sin duda es un lujo que no tiene precio y eso es algo que solo los sabios aprecian.

Ningún paraíso lo es si no puedes compartirlo

Ningún paraíso lo es si no puedes compartirlo

 

Senderos otoñales en Soria

Las otoñales riberas del Río Lobos

Las otoñales riberas del Río Lobos

Despertar pronto para ponerse marcha, se hace menos duro si es para emprender viaje. Las carreteras están casi vacías y eso es un privilegio que hay que aprovechar. Nuestra primera parada será Riaza, villa montaraz y de ocio vacacional. Los primeros fríos aquí ya despuntan, y al bajar del coche el viento acaricia la piel con mil alfileres de escarcha. Asomamos a la bonita Plaza Mayor, con su corazón de arena, y nos metemos en un bar cualquiera, bajo los soportales para desayunar un café y una barrita de pan con tomate y aceite (no quedarán en el recuerdo). Justo antes de salir, invaden el bar un grupo de venerables señoras que como una bandada de grullas parecen enloquecer en los espacios pequeños. Enfilamos la puerta a tiempo de ver como una a una se afanan en volver loco al pobre camarero con mil requerimientos a la vez. Recobradas las fuerzas, emprendemos de nuevo el camino. Tranquilos, sin prisas y disfrutando del paisaje. La carretera es casi nuestra y la tierra asoma roja, pura. Pero no sé leer bien en ella, lo confieso. Confundo cerros y oteros; altozanos, collados y ribazos, mezclo hondonadas con cañadas y me pierdo si me asomo más allá de la linde o la colina. La terca obstinación de pastores y campesinos dio nombre a la aspereza del suelo, creo un mapa espiritual que tristemente ya no sabemos descifrar. Es una riqueza que perdemos, una más. Un pasado que se nos borra y que el viajero debe preservar si puede con su memoria.

Cruzando el río, en la pradera, la ermita de San Bartolomé

Cruzando el río, en la pradera, la ermita de San Bartolomé

En esas divagaciones estábamos cuando, remontando la vega del río Ucero llegamos a la villa del mismo nombre, al pie de un alto cerro coronado por las imponentes ruinas de un castillo templario. Ya estábamos cerca. En una curva del camino, dónde se mezclan el río Lobos y el Ucero, está el desvío para internarse en el Cañón. Hay un parking gratuito y uno de pago más adelante. Cuanto antes aparque uno el coche, mejor. Este es un paraje para reconciliarse con la naturaleza y uno mismo, paso a paso, entre paredes de piedra y riberas. El profundo Cañón del río Lobos es fruto de la incansable erosión del río, que encajonado desde Burgos, horada, como el tiempo a la memoria, las cretácicas calizas de Soria. Enormes paredes de roca envuelven, desmoronados muros de patrias olvidadas, ahora salpicadas de caprichosas concavidades donde el agua hizo de las suyas; todo se pinta de óxido, gris y verde. Para visitar la ermita de San Bartolomé, se deben recorrer unos tres kilómetros desde el último parking. Se hacen cortos; acompañando al río o ascendiendo por la ladera, se puede elegir camino. Con mucha gente asemeja una romería de domingueros, pero en general se hace cómodo y relajado.

El Temple sabía donde edificar, no hay duda

El Temple sabía donde edificar, no hay duda

Calle Mayor de Burgo de Osma

Calle Mayor de Burgo de Osma

Transcurren flanqueados por sabinas (enebros en esta zona), quejigos y alguna encina. Gayubas, espliego o tomillo dan sabor al aire. En la ribera, chopos y sauces acompañan al caminante, mientras en el río flotan nenúfares, lentejuelas y heroicas eneas. En las repisas y oquedades seguro que tendrá la suerte de contemplar buitres y quizás algún águila. También surcan los aires de la zona halcones, azores o lechuzas, y alguna garza pesca en las aguas. Otros vecinos son las nutrias, zorros, culebras, truchas…es un lugar que respira vida. Y al final de ese breve camino, en la explanada que se abre en un meandro del río, frente a una enorme pared de piedra, la ermita. La pequeña iglesia es lo único que queda de un antiguo monasterio templario, una construcción románica del siglo XIII con alguna influencia del incipiente gótico. Esta tan bien conservada que parece que se acaba de construir. Su ubicación en tan singular paraje es solo uno de sus misterios. Parece ser que la ermita se halla a la misma distancia, en metros, de los límites más externos al este y al oeste de la Península, marcando su meridiano. Curiosa gente estos templarios.

La Catedral de Burgo de Osma

La Catedral de Burgo de Osma

Testimonio de que estas singulares naturalezas son ocupadas desde muy antiguo son los grabados y pinturas en la Cueva Grande, abierta como una herida en la roca frente a la ermita. El camino se adentra en el cañón, acompaña al río, pero abierto el apetito uno puede darse la vuelta satisfecho y acercarse a Burgo de Osma, noble villa donde poner un parche de cordero a ese agujero en la tripa. En la soportalada calle Mayor, frente al Palacio Episcopal, el Mesón Marcelino es una buena opción. Al menos para nosotros lo fue, y doy fe que para el cantante de M-Clan, que se sentó en la mesa de al lado, también. Un delicado y sabrosísimo revuelto de boletus, un más que digno cuarto de lechazo regado todo con un Prado Rey de 2013 bien recomendado, y de postre…ojo el postre, un hojaldre con nata y mermelada de frambuesa ligero y riquísimo. Así sí. Y para bajarlo nada mejor que pasear por el centro histórico de esta villa, acercándose a la gótica y ornamentada Catedral de Santa María de la Asunción o la plaza Mayor, centro neurálgico flanqueado por el neomudejar Ayuntamiento y el Antiguo Hospital de San Agustín, con sus simétricas torres achapiteladas, que alberga ahora el centro cultural y dónde el viajero podrá encontrar numerosa información turística de la zona.  Pero para despedir el día, a mi modo de ver, no hay mejor estampa que asomarse al río Ucero con las viejas murallas a la espalda y el cuidado parque aledaño, viendo al fondo las encaramadas ruinas del castillo de Osma. Así lo hicimos nosotros antes de continuar nuestro camino.

La simétrica casa de la cultura

La simétrica casa de la cultura

 

Una de Maragatería

Errabundea también el peregrino

Errabundea también el peregrino

Allí estaba y no había forma de ignorarlo. Con la benemérita habíamos topado. Inflexible, me invitaba sable-laser en mano a pararme en la cuneta…y claro, aunque había sido responsable no pude evitar que el culo se me pusiese como ojo de paloma. Compuse mi mejor cara de póker y mientras llevaba el coche al arcén repasé mentalmente el día por si hubiese algún punto débil en mi inevitable declaración de inocencia. Nada podía arruinar tan magnífico día en la Maragatería…

Si hombre, la Maragatería, ya sabéis. ¿No habéis leído “La Esfinge Maragata” de Concha Espina? Bueno, yo tampoco. Pero resulta que habla de esta comarca de León de profunda identidad inalterable, esteparia. Con sus entrañas abiertas por el Camino de Santiago, conserva todavía las tradiciones construidas por los oriundos maragatos, pueblo de arrieros y comerciantes. Nuestra primera parada fue Asturica Augusta para los romanos, hito inexcusable para peregrinos. Fría y elevada sobre la planicie, su estratégica ubicación les vino de perlas para defenderse de los menos civilizados autóctonos. Como los romanos eran tan organizados, la rodearon de murallas que pueden recorrerse en parte, y la ataviaron de termas, templos y domus como la del mosaico del oso y los pájaros, que también puede disfrutarse aún.

Pero si te paras en Astorga, que no sea solo por eso. Es parada obligatoria por su ecléctica e impresionante catedral, que fusiona diferentes estilos y se corona con el célebre maragato Pedro Mato, de quién se dice que suministraba vino y aceite a los habitantes de la ciudad cuando fueron sitiados por los franceses durante la Guerra de la Independencia. Y cerca de la catedral, adosado a las murallas, nos deleitamos con magnífico Palacio Episcopal diseñado por Gaudí, que al que venga de León recordará inmediatamente a la casa Botines, aunque aún más impresionante. Con aire neogótico y detalles modernistas, sus originales ventanas, pináculos…componen un contrapunto curioso a la catedral, configurando una más que curiosa perspectiva desde sus jardines.

Imposible no admirar el sueño gótico de Gaudí

Imposible no admirar el sueño gótico de Gaudí

Ah, tampoco conviene perderse el llamativo Ayuntamiento barroco que preside la animada Plaza de España, en cuya fachada destacan dos torres gemelas y un curioso reloj con figuras de maragatos autómatas. Así de paso, para los más golosos (entre los que me incluyo), en la esquina de la misma plaza, uno puede entrar en Hojaldres Alonso y dejarse medio sueldo en abastecerse de hojaldres, mantecadas, chocolates…espectaculares.

El singular Ayuntamiento de Astorga

El singular Ayuntamiento de Astorga

Y es que viajar con el estómago es un placer, se mire por donde se mire. Por eso nuestro objetivo secreto no era otro que el archifamoso y siempre contundente cocido maragato. Eso es así. Por eso nos adentramos más aún en el país de los maragatos camino al turístico pero perfectamente conservado pueblo de Castrillo de Polvazares, donde degustaríamos el conocido plato. Por el camino, numerosos peregrinos en las calzadas o en bici; se hace Camino al andar. Antes de nuestro destino, un descubrimiento de nombre evocador y curioso, Murias de Redivaldo. Cuanta historia se esconde en los nombres y en las palabras. En realidad no tiene nada de particular, salvo el nombre, pero el verdadero viajero se abandona a estos arrebatos, configura su camino sobre la base de estos momentos. Nunca se sabe que se puede descubrir. En este caso, este tranquilo y ordenado pueblo esconde una calle con bonita arquitectura popular, una pequeña y coqueta iglesia donde cuatro vecinos disfrutaban de su misa dominical y un pequeño bar aledaño, el bar Félix, donde se ofrecía el menú del peregrino.

Finalmente, llegamos a Castrillo, donde hay que dejar el coche a la entrada del pueblo. Buena iniciativa. El pueblo es un monumento a esos maragatos de origen incierto que construyeron una vida en torno a su labor de arrieros (dicen que su nombre proviene de su labor, llevar el pescado de Galicia, el mar, a Madrid, los gatos). Todo órbita en torno a su Calle Real, y por ella nos adentramos en esta aldea de piedra, al son de la guitarra de un improvisado cantautor. Es un gustazo pasear entre esas viejas casonas arrieras, observar el contraste entre las rojizas fachadas y las coloridos portones, por donde antes entraban los carros y ahora los coches. Se ve que hay dinero, o lo que es aún mejor, gusto a la hora de salvaguardar la herencia. No hay nada sublime en sí mismo, es excepcional en su conjunto.

Y el alegre cantautor no dio la bienvenida

Y el alegre cantautor no dio la bienvenida

Antes de acudir a nuestro emplazamiento con el famoso cocido, descansamos en el pequeño jardín de la Taberna El Trechuro, escondido en una de las casonas a mitad de la Calle Real. Y después, acudimos a la llamada de El Almacén del Arriero, donde nos esperaba nuestro destino en fuente de barro, el famoso cocido maragato. Su particularidad es la forma de comerlo, empezando por las carnes y acabando con la sopa, pero lo importante es que el orden de las viandas no altera el resultado, al menos en El Almacén. El plan de vuelo es sencillo, pero contundente, aúna cantidad y calidad. Las carnes, espectaculares; los garbanzos, sabrosísimos; la sopa, brutal. Pero es que además, aquí se cierra con unas exquisitas natillas caseras y un bizcocho…a la altura del buen hacer y la amabilidad de los dueños. Ni que decir tiene que lo disfrutamos hasta casi desbordarnos, bien regado con buen caldo, como debe ser.

La arquitectura popular hace presente el pasado con mucho futuro

La arquitectura popular hace presente el pasado con mucho futuro

Henchidos, colmados, rebosados, dimos un último paseo por las tranquilas calles de Castrillo, para bajar el cocido, el vino y dar tiempo al cuerpo a recuperarse de tanto homenaje. Ese andar nos vino bien para luego afrontar tranquilos la sorpresa final, esa esfinge maragata con tricornio que nos esperaba a las afueras del pueblo. Pero era nuestro día y como la experiencia es un grado, el agente no pudo menos que felicitarnos y dejarnos continuar nuestro errabundear, no sin antes alabar las muchas bondades que la comarca ofrece al viajero. Y por una vez, tuvimos que dar la razón a la autoridad, ¡Bien merece la visita la Maragatería y su cocido!

Los ritos del tapeo y otros quehaceres del turisteo en León

Como el invierno de Camus, León siempre guarda en su interior un verano invencible. El frío norte que uno evoca al pensar en la ciudad se funde como el hielo en un gin-tonic en la terraza del Ginger en mitad de la calle Ancha, río peatonal que separa los dos barrios más famosos- el Húmedo y el Romántico- y pasarela por donde desfila la ciudad. El campamento de la mítica Legio VII romana se ha transformado, tras mil y un renaceres, en una ciudad palpitante, vital y regia. A ello, sin duda, contribuye su culto al viejo arte del tapeo.

La animada Plaza de San Martín, centro del tapeo leonés

La animada Plaza de San Martín, centro del tapeo leonés

La pulchra leonina, de luz y espacio

La pulchra leonina, construida de luz y espacio

Son varias las zonas donde homenajearse, aunque el clásico es Barrio Húmedo, donde el rito se oficia en cada una de sus medievales callejuelas. Si su centro geográfico es la pulcra Plaza Mayor, donde se levanta un animado mercado a los pies del herreriano consistorio, el centro neurálgico es la Plaza de San Martín, a partir de la cual conviene gravitar para tapear. El Llar, dónde nos aleccionaron sobre “los cortos”; El Botijo, setentero y con una cecina espectacular, las croquetas del Rebote…O mi preferido, La Alpargata, escondido y asediado por las omnipresentes despedidas de soltero y soltera, no parece que tenga nada especial, pero lo tiene todo: un dueño de lo más risueño, Mahou bien fresquita y tapas como los cojonudos (huevo de codorniz a la plancha), mariconadas o garbanzos, pasando por su deliciosa oreja guisada.

Cuándo uno ya está bien alimentado o simplemente no puede más, es buena política acercarse sin prisa a una de las joyas de la ciudad, la pulchra leonina, su catedral. Gótica, esbelta, elegante, afrancesada…a uno se le van acabando los calificativos. Son cinco euros bien invertidos. Está construida con espacios y luz, es ligera, ingrávida. Desde la emblemática portada hasta sus magníficas vidrieras, todo en ella es emblemático. Su contrapunto es la Colegiata de San Isidoro, la otra visita obligada. Maciza, sólida, profunda como el tiempo. Sus recias bóvedas salvaguardan su Panteón, obra maestra románica decorada con pinturas del siglo XIII que recrean escenas bíblicas y mundanas con una originalidad y maestría sin igual. Lástima que pese a los avisos, la incultura de la gente las ponga en peligro con furtivos flashes inmisericordes.

Pero esta antigua capital y noble ciudad tiene muchas más sorpresas. Al comienzo de la calle Ancha, se encuentran el renacentista Palacio de los Guzmanes o la gaudiana casa Botines, en la que el genial arquitecto quiso reinventar el gótico. Es curiosa también la casa Sierra Pambley, en la Plaza de la Regla o de la Catedral, una casa museo que invita a un viaje al siglo XIX y la vida de una familia ilustrada de provincias. Las intermitentes pero monumentales murallas o el moderno y colorido Museo Contemporáneo son también muescas interesantes para la memoria del viajero. O el esplendoroso Hostal de San Marcos, cuyos platerescos muros prisión de un poeta han sido, hospital y templo para peregrinos, y, ahora, Parador para algunos afortunados.

Aquí la casa Botines, aquí el Palacio de los Guzmanes

Aquí la casa Botines, aquí el Palacio de los Guzmanes

Pero si un rincón de León nos sedujo especialmente, esa fue la plaza del Mercado o del Grano…en busca de un anfiteatro perdido dimos con este lugar lleno de discreto encanto, a las espaldas del Barrio Húmedo. Su también pulcra iglesia románica, su aire de siesta, su empedrado y sus pórticos. Sentarse en la fuente que se levanta en su centro, y que simboliza los ríos Bernesga y Torío, es una buena forma de asimilar despacio lo visto y andando, repasar sin prisa lo vivido, y, si aún hay ganas, descansar para acabar el día tapeando por el Barrio Romántico, menos caótico pero con otros tesoros que degustar. Nuestra recomendación: los bocatines de calamares del Monalisa con una copita de vino. León bien merece un homenaje.

En medio de la ciudad, un descanso para la  peregrina

En medio de la ciudad, un descanso para la peregrina

Todo en un día

– ¿Qué vamos a hacer?
– La pregunta no es que vamos a hacer, la pregunta es ¿qué no vamos a hacer?

Ese día nos levantamos  mi musa y yo poseídos por el espíritu de Ferris Bueller, así que decidimos dedicar un día a recorrer ese Madrid que la monótona cotidianeidad no nos deja disfrutar. No tomamos prestado ningún Ferrari ni terminé cantando el Twist & Shout en un desfile en la Castellana, pero ahí van unas cuantas sugerencias para pasar un día de lo más memorable por las calles de esta ciudad maltratada y siempre fascinante.

Primera parada: Real Jardín Botánico. Ese gran desconocido, recuerdo de épocas más ilustradas. El soleado día aún conservaba frías las manos cuando llegamos a la puerta de acceso (en la Plaza de Murillo), donde hacían cola más turistas que vecinos. Vale la pena vencer la pereza del residente en la ciudad y pagar los tres euros de la entrada, el Jardín es ahora un oasis urbano melancólico y tranquilo, que permite desconectar mucho mejor que el populoso Retiro caminando relajado por la Rosaleda o el Paseo de las Estatuas, respirando aromas familiares y lejanos, aprendiendo a leer lenguajes de madera. Disfrutamos de la variedad de flores y curioseamos las plantas aromáticas, recorrimos el nuevo paseo de plantas de invierno y vimos alguno de los bonsáis que regaló al Jardín el expresidente González. También contemplamos enormes castaños y tilos, venerables tejos…Pero lo que más nos gustó fueron los invernaderos del siglo XIX, divididos en diferentes ambientes para preservar especies tropicales, desérticas o acuáticas…

Invernaderos metálicos en el Jardín Botánico

Invernaderos metálicos en el Jardín Botánico

Después, reconciliados con nuestro lado más natural, nos volvimos a convertir en urbanitas sedientos y decidimos ir practicar el viejo arte del aperitivo en la calle Jesús. La primera opción era nuestra reverenciada Cervecería Cervantes, pero estaba más llena si cabe que de costumbre y decidimos probar suerte más abajo. Probamos en Los Gatos, bar castizo y con mucha personalidad, trastero de los más curiosos objetos. Su acumulativa atmósfera la riegan con cervezas muy bien tiradas y con tapas de lo más sugerente. En nuestro caso el pincho de tortilla, de diez. Un buen lugar donde empezar a perder el día. Decidimos continuar para bingo mientras esperábamos refuerzos y pasamos al bar de al lado, La Anchoíta de Madrid, de estética marinera y con sus paredes tapizadas de fotos de famosos y no tan famosos de la escena madrileña. También aquí conservan el buen hacer de tirar bien la cerveza, arte cada vez menos cultivado. Para comprobar el buen hacer es necesario observar que en la caña se van marcando con espuma cada uno de los tragos que hemos dado. Aquí, en el corazón de Madrid, aún cuidan estos detalles.

Hermosos castaños daban sombra...¿o eran tilos?

Hermosos castaños daban sombra…¿o eran tilos?

Una vez que llegaron los refuerzos volvimos sobre nuestros pasos al Cervantes, y esta vez sí, pudimos degustar un buen vermut y un brutal pulpo a la gallega mientras veíamos la larga cola de creyentes guardar su sitio para venerar al Cristo de Medinaceli, en una estampa también muy típica de la capital. Remontamos la calle de las Huertas, adentrándonos en el muy literario barrio de las Letras para buscar algo más contundente con el que dar por finalizado el almuerzo. Nos hicimos fuertes en la en la terraza del Matute12, en la plaza del mismo nombre,  con una carta cosmopolita y ecléctica, como el interior del garito. No estaba mal, aunque habrá que volver para fundamentar mejor la opinión. La fachada no estaba mal, pero está por ver si tiene suficiente fondo. El café era de recibo tomarlo en la plaza de Santa Ana, donde un hombre indefinible nos amenizó la sobremesa con su Michael Jackson Dance. El dinero que le dimos para salvaguardar su estilo de baile nos pareció mucho mejor invertido que la desorbitada cuenta por los cafés.

Humor absurdo y una cerveza, ¿se puede pedir más?

Humor absurdo y una cerveza, ¿se puede pedir más?

¿Y luego…? Pues rizamos el rizo y nos dimos un baño de capitalidad disfrutando de algunos de esos planes con los que te organizan el fin de semana las guías de ocio. Véase: buscar el último graffiti que aún queda en la ciudad del celebérrimo Muelle (lo buscáis que si no, no tiene gracia); ir de compras y curiosear por la siempre moderna calle de Fuencarral, tomar una cañita en el mítico Palentino en la calle Pez, ir al teatro Alfil para disfrutar del humor absurdo, somos muy fans del humor absurdo, de los gags de los Monty Python…¿y luego…? Luego no nos quedó más remedio que acabar el magnífico día más de la mejor forma: entre amigos y disfrutando de una hamburguesa en el Alfredo’s Barbacoa (posiblemente, la mejor de Madrid). Y es que ya lo decía Mathew Broderick en la mítica película: la vida pasa demasiado rápido, y si no te paras y miras a tu alrededor, puedes perdértela.

 

Me voy a Cuenca

–                     “Yo me voy a Cuenca…además me voy ahora mismo”

–                     “…pero ¿por qué a Cuenca?…¡qué manía!”

–                     “No sé, podía irme a Toledo, a Tordesillas…¡pero me voy a Cuenca!

Recordaba mientras conducía aquella declaración de intenciones de Coque Malla en la divertida película “Todo es mentira”. Allí es dónde su personaje en la peli, Pablo, situaba su refugio particular dónde escapar de complicadas relaciones amor-odio, dictatoriales gorilas de discoteca y solipsistas soplapollas varios de la gran ciudad. Allí, solaz y campechano, abrazaría la vida tranquila de provincias y todo cobraría sentido. No era tanta nuestra ambición o nuestra necesidad de escapar, contentos con la escapada y con disfrutar relajados uno del otro nos valía.

Antes de llegar, para hacer tiempo y hambre, y aprovechar que hacía el sol y el frío justo para dar una vuelta campestre, hicimos una rápida visita a la Serranía conquense. De camino paramos en el Ventano del Diablo, mirador excavado en roca situado en una pronunciada curva camino a la Ciudad Encantada. Se disfruta una bonita vista del cañón que el río Júcar ha ido horadando con el tiempo en las viejas rocas, pero el ambiente siendo sábado era ciertamente dominguero (porqué, como el Santo, se presenta el día que quiere, qué para eso es espíritu). Aún así, uno acaba participando de la liturgia del lugar y haciéndose unas cuantas fotos de dudosa pose aprovechando el espectacular fondo natural. Continuamos camino hacia la Ciudad Encantada, entre curvas y pinares, y ambos lados del camino se abrían senderos que invitaban a perderse sin tanto ajetreo como el que nos esperaba. Porque la Ciudad no sé si estará Encantada, pero abarrotada…un poco. Oye, por tres euros es un paseo agradable, y no digo que alguna de las piedras no valga un “oh” por su orgulloso desafío a la gravedad, o un “vaya…” por sus caprichosas formas, aunque en general el nombre grandilocuente no hace del todo justicia a las expectativas.

La octogonal San Pedro vista desde el Castillo

La octogonal San Pedro vista desde el Castillo

Colmadas nuestras ambiciones campestres y con el hambre retumbando en nuestros estómagos, pusimos de nuevo rumbo a Cuenca. Para comer decidimos fiarnos de las recomendaciones de un buen amigo conquense y nos quedamos en la Cuenca horizontal y más nueva, para buscar La Bodeguilla de San Basilio (Calle Fray Luis de León, 3) y tomar fuerzas para el ascenso a la ciudad alzada, encaramada y vertical. Al llegar la Bodeguilla estaba llena (buena señal), así que decidimos hacer tiempo y nos metimos en un bar un poco más abajo en la misma calle, La Soga. Un elogio a la sencillez, oigan. Riquísimo el plato de paella que nos pusieron de tapa. Pero como somos de buen comer, volvimos a ver si ya había sitio en la Bodeguilla. Poco, pero pudimos acodarnos en la barra. La parte del bar es pequeña, de techos bajos y alicatados con fotos y recuerdos de una Cuenca pretérita. Si la gente sube la voz y se amontona, uno tiene la impresión de estar tomando la caña en un vagón de metro en plena hora punta. Pero vale la pena. Tal y como me anticipó mi fuente, aquí la caña te la acompañan de macroaperitivos. Véase:  en lo que se beben dos cañas grandes, nos sirvieron, con la primera, un caldo calentito para abrir apetito, un plato con ensalada, huevos de codorniz y jamón y su pan; con la segunda, un pucherito con patatas con costillas y otro plato de chipirones a la plancha con su correspondiente ensalada y su pan. Todo acompañado de esa atmósfera de excéntrica cueva y la profesionalidad impoluta del camarero, que merecería un post aparte.

Así, más que bien tapeados y cargados de fuerzas, nos dirigimos por fin a la “abstracta de gentiles piedras, hecha de hallazgos y de olvidos, colgada y abierta; vieja Cuenca”, como la denominó Cela. Cruzamos el Huécar y subimos la colorida calle de Alfonso VIII para llegar finalmente al antiguo y muy noble barrio de San Pedro, dónde estaba La Hospedería de Cuenca, donde dormiríamos. Después de dejar las maletas y descansar lo justo, nos fuimos a patear esta formidable atalaya abrazada por el Júcar y el Huécar que es la antigua Cuenca. Como estábamos tan cerca decidimos subir (en esta ciudad, todo es subir y bajar y viceversa) a las ruinas del castillo, construido sobre la antigua alcazaba, y el único paso que queda en los restos de su lienzo, el Arco del Bezudo. Desde aquí se disfruta de unas excelentes vistas de la ciudad, y alternando babor y estribor, también de las Hoces de cada río desde las alturas. Un espectáculo.

Escaleras con Catedral al fondo

Escaleras con Catedral al fondo

A partir de ahí, rodar y rodar, rodar y rodar por esa escarpada pendiente que es el casco antiguo. Aquí el antiguo tribunal de la inquisición, aquí una señorial casa blasonada, allí la octogonal y mudéjar Iglesia de San Pedro, allá un convento y un museo…Calles empinadas, pasos, pasadizos, recovecos. Rincones que se abren de pronto al vacío y desde los que el atardecer incendia la escarpada roca y las casas que se asoman sin vértigo al abismo. Algunos lugares tienen su propia leyenda, como el Cristo del Pasadizo; en otros aún resuenan los ecos del pasado, como en las románticas ruinas de San Pantaleón y sus tumbas que se abren como heridas en el suelo.  Cuando cae la noche y las calles se van vaciando, es un gusto perderse por las estrechas calles, muy abrigado, mientras el frío empieza a deslizarse y querer engullir la ciudad. Toda sombra es solemne y el silencio devoto.

La postal más típica de la ciudad

La postal más típica de la ciudad

Un lugar donde descansar de la vertical visita es la casi triangular Plaza Mayor, más larga que ancha, dónde podemos disfrutar de la impresionante Catedral y, cerrándola, el Ayuntamiento con sus portales porticados.  Los dos son dignos de una contemplación pausada, para degustar las cosas bien hechas. Disfrutemos de las cosas que se hicieron para perdurar, en el tiempo o en la memoria, en estos tiempos en que casi todo es olvidable y obsoletamente programado. La Catedral, muy bien iluminada por la noche, es elegantemente solida, un ejemplo de transición del románico al gótico. Y una recomendación, para el que quiera alargar aquí su descanso tomando una caña o alguna copilla: a la izquierda del Ayuntamiento, tomar la callejuela de Severo Catalina, y recién iniciado el camino, está “La Edad de Oro”, animado bar con frases de canciones en el suelo y por las paredes. Buena música, buen ambiente. Un lugar para perder el tiempo como Dios manda.

Las oníricas Ruinas de San Pantaleón

Las oníricas Ruinas de San Pantaleón

¿Más allá? Algunas peregrinaciones típicas, cómo la que contempla la subida desde el Huécar hasta el Convento de San Pablo y actual Parador, encaramado a otro farallón rocoso, unido en las alturas a la ciudad a hierro y madera por el Puente de San Pablo, desde el que tengo entendido se disfrutan unas vistas inmejorables de las celebérrimas Casas Colgadas (que no colgantes), algo que no puedo certificar porque bastante tuve con cruzar el puente sin sufrir un ataque de pánico. Y eso que era de noche. Otra peregrinación es la que se vuelca a la otra Hoz, la del Júcar. Descender desde la hermética Plaza de San Nicolás la escalonada bajada a la Ermita de la Virgen de las Angustias, recogido templo a la orilla del río y a la sombra de la ciudad. Y subir de nuevo hasta el barrio del Castillo, contemplando el sinuoso río y unas rocas que hasta tienen ojos. La escondida Torre de Mangana, las rejas detenidas, las taciturnas fuentes,  serena e hidalga Cuenca. Y vuelta a empezar, retomando el eco de tus propios pasos, porque siempre hay algo que encontrar…Ahora entiendo un poco mejor a Coque Malla, pero…¿Y si nos volvemos a Madrid?