Senderos otoñales en Soria

Las otoñales riberas del Río Lobos

Las otoñales riberas del Río Lobos

Despertar pronto para ponerse marcha, se hace menos duro si es para emprender viaje. Las carreteras están casi vacías y eso es un privilegio que hay que aprovechar. Nuestra primera parada será Riaza, villa montaraz y de ocio vacacional. Los primeros fríos aquí ya despuntan, y al bajar del coche el viento acaricia la piel con mil alfileres de escarcha. Asomamos a la bonita Plaza Mayor, con su corazón de arena, y nos metemos en un bar cualquiera, bajo los soportales para desayunar un café y una barrita de pan con tomate y aceite (no quedarán en el recuerdo). Justo antes de salir, invaden el bar un grupo de venerables señoras que como una bandada de grullas parecen enloquecer en los espacios pequeños. Enfilamos la puerta a tiempo de ver como una a una se afanan en volver loco al pobre camarero con mil requerimientos a la vez. Recobradas las fuerzas, emprendemos de nuevo el camino. Tranquilos, sin prisas y disfrutando del paisaje. La carretera es casi nuestra y la tierra asoma roja, pura. Pero no sé leer bien en ella, lo confieso. Confundo cerros y oteros; altozanos, collados y ribazos, mezclo hondonadas con cañadas y me pierdo si me asomo más allá de la linde o la colina. La terca obstinación de pastores y campesinos dio nombre a la aspereza del suelo, creo un mapa espiritual que tristemente ya no sabemos descifrar. Es una riqueza que perdemos, una más. Un pasado que se nos borra y que el viajero debe preservar si puede con su memoria.

Cruzando el río, en la pradera, la ermita de San Bartolomé

Cruzando el río, en la pradera, la ermita de San Bartolomé

En esas divagaciones estábamos cuando, remontando la vega del río Ucero llegamos a la villa del mismo nombre, al pie de un alto cerro coronado por las imponentes ruinas de un castillo templario. Ya estábamos cerca. En una curva del camino, dónde se mezclan el río Lobos y el Ucero, está el desvío para internarse en el Cañón. Hay un parking gratuito y uno de pago más adelante. Cuanto antes aparque uno el coche, mejor. Este es un paraje para reconciliarse con la naturaleza y uno mismo, paso a paso, entre paredes de piedra y riberas. El profundo Cañón del río Lobos es fruto de la incansable erosión del río, que encajonado desde Burgos, horada, como el tiempo a la memoria, las cretácicas calizas de Soria. Enormes paredes de roca envuelven, desmoronados muros de patrias olvidadas, ahora salpicadas de caprichosas concavidades donde el agua hizo de las suyas; todo se pinta de óxido, gris y verde. Para visitar la ermita de San Bartolomé, se deben recorrer unos tres kilómetros desde el último parking. Se hacen cortos; acompañando al río o ascendiendo por la ladera, se puede elegir camino. Con mucha gente asemeja una romería de domingueros, pero en general se hace cómodo y relajado.

El Temple sabía donde edificar, no hay duda

El Temple sabía donde edificar, no hay duda

Calle Mayor de Burgo de Osma

Calle Mayor de Burgo de Osma

Transcurren flanqueados por sabinas (enebros en esta zona), quejigos y alguna encina. Gayubas, espliego o tomillo dan sabor al aire. En la ribera, chopos y sauces acompañan al caminante, mientras en el río flotan nenúfares, lentejuelas y heroicas eneas. En las repisas y oquedades seguro que tendrá la suerte de contemplar buitres y quizás algún águila. También surcan los aires de la zona halcones, azores o lechuzas, y alguna garza pesca en las aguas. Otros vecinos son las nutrias, zorros, culebras, truchas…es un lugar que respira vida. Y al final de ese breve camino, en la explanada que se abre en un meandro del río, frente a una enorme pared de piedra, la ermita. La pequeña iglesia es lo único que queda de un antiguo monasterio templario, una construcción románica del siglo XIII con alguna influencia del incipiente gótico. Esta tan bien conservada que parece que se acaba de construir. Su ubicación en tan singular paraje es solo uno de sus misterios. Parece ser que la ermita se halla a la misma distancia, en metros, de los límites más externos al este y al oeste de la Península, marcando su meridiano. Curiosa gente estos templarios.

La Catedral de Burgo de Osma

La Catedral de Burgo de Osma

Testimonio de que estas singulares naturalezas son ocupadas desde muy antiguo son los grabados y pinturas en la Cueva Grande, abierta como una herida en la roca frente a la ermita. El camino se adentra en el cañón, acompaña al río, pero abierto el apetito uno puede darse la vuelta satisfecho y acercarse a Burgo de Osma, noble villa donde poner un parche de cordero a ese agujero en la tripa. En la soportalada calle Mayor, frente al Palacio Episcopal, el Mesón Marcelino es una buena opción. Al menos para nosotros lo fue, y doy fe que para el cantante de M-Clan, que se sentó en la mesa de al lado, también. Un delicado y sabrosísimo revuelto de boletus, un más que digno cuarto de lechazo regado todo con un Prado Rey de 2013 bien recomendado, y de postre…ojo el postre, un hojaldre con nata y mermelada de frambuesa ligero y riquísimo. Así sí. Y para bajarlo nada mejor que pasear por el centro histórico de esta villa, acercándose a la gótica y ornamentada Catedral de Santa María de la Asunción o la plaza Mayor, centro neurálgico flanqueado por el neomudejar Ayuntamiento y el Antiguo Hospital de San Agustín, con sus simétricas torres achapiteladas, que alberga ahora el centro cultural y dónde el viajero podrá encontrar numerosa información turística de la zona.  Pero para despedir el día, a mi modo de ver, no hay mejor estampa que asomarse al río Ucero con las viejas murallas a la espalda y el cuidado parque aledaño, viendo al fondo las encaramadas ruinas del castillo de Osma. Así lo hicimos nosotros antes de continuar nuestro camino.

La simétrica casa de la cultura

La simétrica casa de la cultura

 

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Un viaje a Roma: un tour a velocidad eclesiástica

Tras la opípara comida decidimos quemar calorías con un tour eclesiástico, otra realidad de esta urbe poliédrica. Allí donde hay tanto que ver, el dilema del turista se resuelve caminando. Empezamos visitando la iglesia de San Clemente, que a su favor tenía la cercanía con el restaurante. De gran valor histórico, es de esos edificios que miden las edades de una ciudad, cuyos restos son estratos sobre los que se lee el pasado. Sobre una casa romana del siglo II se construyó una de las primeras iglesias católicas en el IV, y sobre ella, varias reformas en diferentes momentos dan cuerpo a la iglesia actual. Su interior, ricamente decorado con frescos murales y elementos bizantinos, guarda el misterio de varias tumbas de decimonónicos ingleses e inglesas, quizás enamorados hasta los huesos de la ciudad durante su Gran Tour.

La estratificada San Clemente

La estratificada San Clemente

Después, remontamos la colina de Celio por la via di San Giovanni in Laterano, que desemboca en la plaza de Juan Pablo II donde, tieso como un palo, vimos el primer obelisco egipcio de nuestro viaje. ¿Era ese el famoso obelisco de Karnak? Esta pregunta se convertiría en nuestro particular déjà vu turístico. Y en la plaza, San Juan de Letrán, la catedral de facto de Roma. Sí, esta es la verdadera catedral y sede pontificia del obispo de Roma, o más comúnmente conocido como Papa. La fachada encajonada que encontramos en la plaza- otra más grandilocuente y monumental se disfruta rodeando el palacio obispal- no da la verdadera medida de lo que uno encuentra cuando cruza sus puertas: el barroco desatado de Borromini satura sus proporciones desproporcionadas, el ábside ricamente decorado de dorados mosaicos, las fascinantes y formidables estatuas de los Apóstoles de la nave central…Y para los amantes de la casquería más sagrada, aquí es donde se conservan las cabezas de San Pedro y San Pablo. Pero no puede uno marcharse sin rematar la visita acercándose al cercano Sancta Sanctórum.

El barroco interior de San Juan de Letran

El barroco interior de San Juan de Letran

La Santa Scala

La Santa Scala

Se sea o no creyente, merece la pena acercarse. Aquí también engañan las apariencias, no hay que dejarse engañar por la vulgar entrada. Uno empieza a pensar que están diseñadas por el viejo cruzado de “Indiana Jones y la última cruzada”…Aquí se guarda la Santa Escalera, 28 escalones de mármol (ahora cubiertos de madera) que según la leyenda son por los que subió (y supongo que bajó) Jesucristo en el Palacio de Poncio Pilatos. Santa Helena, la madre del Emperador Constantino, fue la que encargó traerla de Jerusalén. Hoy en día los fieles más devotos ascienden los 28 peldaños de rodillas, en una imagen chocante pero de tremenda solemnidad, para llegar al Sancta Sanctórum, la capilla privada que utilizaban antiguamente los papas. El nombre le viene de la fantástica colección de reliquias santas que guarda y por la imagen del Cristo Redentor aquiropoieta, es decir, no pintada por mano humana (aunque hay quién le da orígenes más bizantinos y terrenales). Existen dos escaleras aledañas a la santa para que puedan subir los menos penitentes.

Habíamos cogido ya velocidad eclesiástica de crucero y decidimos andurrear hasta San Pedro in Vincoli. Desandamos el camino por elegantes barrios residenciales, atajamos por el parque dónde se esconde la demencia pétrea de la Domus Aurea de Nerón y ahora acoge a colegiales con ganas de jugar y ensimismadas parejas. O turistas como nosotros. Regateamos al Coliseo por la derecha, aunque nos dio tiempo para contemplarlo bajo la luz de la tarde y esperar la imagen perfecta con la típica Vespa cruzando el encuadre. Y ahí estaba la iglesia renacentista…Conocida por cobijar el mausoleo del Papa Julio II, las cadenas que llevó San Pedro esplendidas pinturas y, sobre todo, el Moisés de Miguel Ángel. Esta escultura de mármol blanco, a la que el propio artista le echaba en cara que no hablase, merece cualquier paseo. Su perfección es abrumadora. Uno puede pasarse horas buscando la imperfección que lo convierta en humano.

¿Por qué no hablas?

¿Por qué no hablas?

La luz se difuminaba cada vez más en esta ciudad-escenario, pero decidimos buscar el más difícil todavía: llegar a tiempo para emular a Audrey Hepburn y Gregory Peck en la Boca de la Verdad. Somos carne de cliché. De camino tuvimos tiempo de contemplar bajo la melancólica luz de la tarde de nuevo el Coliseo o el triunfal Arco de Constantino, y encaramos la Vía Triumphalis como si fuésemos los últimos emperadores del Imperio. Después cruzamos el olvidado Circo Máximo, desvalijado de sus glorias pasadas y enterrado en un presente desolado. Pero nos quedamos sin remake, porque la boca del tritón había cerrado. Era ya tarde y nos tuvimos que contentar con verla a través de los barrotes que la guardan de los cinéfilos y los vándalos, en el pórtico de la medieval Santa María di Cosmedin. En cualquier caso la visita merece la pena, por la frugal iglesia y su elegante campanario románico o los dos pequeños templos romanos que se levantan enfrente, deliciosamente pequeños y proporcionados, uno circular y otro cuadrado.

Templo con campanario al fondo

Templo con campanario al fondo

Pero si bien el tour eclesiástico había acabado, la noche acababa de empezar, y el Trastevere estaba justo al otro lado del Tíber…

La visión del artista

La visión del artista

Entre el cielo y el infierno, Sarajevo

Dicen que aquí empezó una guerra que luego fueron dos. Fue el acribillado escenario de otra entre hermanos. De varias. O quizás todas las guerras son solo una. No lo sé. A mi Sarajevo me parecía una ciudad herida, pero que superada la pesadilla, aprende a vivir de nuevo, exhibiendo orgullosa sus cicatrices, nunca rendida. Recordábamos casi sin quererlo las imágenes que todos habíamos visto por la televisión del asedio mientras enfilábamos la ciudad por el bulevard Mese Selimivica, la tristemente conocida como Avenida de los Francotiradores durante aquellos días. Aun podían verse algunos edificios con heridas de obuses o disparos en sus fachadas.

Mezquita en el barrio de Bascarsija

Mezquita en el barrio de Bascarsija

Pero Sarajevo no es solo guerra y dolor, aunque esas realidades la hayan marcado. Es una ciudad que son muchas, con un presente bullicioso. Como todos los lugares marcados por lo trágico, la vida desborda cualquier pasado de ceniza. Múltiples Sarajevos nos esperaban. Jerusalén europea, crisol de culturas y confesiones, una vez ejemplo de entendimiento. Los minaretes asomaban en el horizonte y mezquitas como la imperial Gazi Husrev Bey o la más humilde de Mehmedbey se mezclaban con la catedral católica, copia neogótica de la Notre Dame de Dijon, o iglesias ortodoxas como la iglesia de la Santa Madre. Sin olvidar alguna sinagoga asquenazi de estilo neomudéjar.

El gigante ajedrez urbano

El gigante ajedrez urbano

Las tristes imágenes que teníamos en la mente cuando llegamos se iban difuminando mientras recorríamos la ciudad, solo algunos disparos en las fachadas rompían el encanto. ¿Quién puede pensar en muerte bajo el sol del verano? Poco a poco íbamos desenterrando todas sus edades, recorriendo su decimonónico centro, de austrohúngara elegancia; o descubriendo toques góticos y barrocos en empedradas calles y escondidas plazuelas donde algunos mayores jugaban con un ajedrez gigante. También nos encaramamos a los barrios que se desparraman por las estribaciones de los Alpes Dináricos, que rodean exultantes la ciudad. En uno de ellos encontramos uno de los principales cementerios, muy numerosos en toda la ciudad, sembrado de blancas lapidas, un jardín de recuerdos para no olvidar el horror, pero desde el que se puede contemplar una bella vista de la nueva Sarajevo y su espectacular decorado natural.

Uno de los innumerables cementerios en las colinas de Sarajevo

Uno de los innumerables cementerios en las colinas de Sarajevo

Y conviene asomarse al río, el Miljacka, verdadero eje vertebrador de la ciudad. Asomarse a sus puentes, cargados de historia. Sobre todo al Puente Latino, dónde la muerte del archiduque Francisco Fernando (el famoso Franz Ferdinand), el 28 de junio de 1914 encendió la mecha de la I Guerra Mundial y en cierto modo de la historia contemporánea, entendiendo ésta como todo lo que hay entre las trincheras de Verdún y Mario Vaquerizo. Una placa en el cruce de Obala Kulina Bana con Zelenih Beretki recuerda este hecho, el hacerse la foto simulando el magnicidio es opcional y ciertamente estúpido (nosotros lo hicimos, claro). Otro lugar tristemente histórico pero que merece la pena visitar es el túnel de la guerra o túnel de la esperanza para muchos durante el asedio que vivió la ciudad en la guerra de los Balcanes. Hay que acercarse a las afueras, a una casa familiar de apariencia normal pero pasado de cenizas, que es dónde empezaba el túnel desde el cual respiraba y se alimentaba la ciudad en esos terribles días. Puede recorrerse parte de los 800 metros de largo que tiene.

El Puente Latino y compañía

El Puente Latino y compañía

Pero es el medieval y comercial barrio de Bascarsija el que realmente te engancha. Oriente en Occidente. El antiguo barrio otomano, con su característica fuente pública, el Sebilj, como icono más característico, es el corazón de la ciudad. Sus empedradas calles se pierden en un laberinto de pequeñas casas de madera con rojizos tejados donde se esconden mil y un negocios. Te tratarán de vender de todo: tapices, marroquinería, imitaciones, cachimbas… Lo mejor es dejarte seducir por el caos, el color y la vida que rebosa, o buscar refugio en alguno de los locales o terrazas y tomar un ćevapi (una suerte de kebabs locales) o, ya por la noche, una copa fumando una cachimba en algún café de aires orientales. Sarajevo es ahora una animada pequeña gran ciudad con el derecho a soñar un futuro diferente.

La fuente pública de Sebilj, símbolo de Sarajevo

La fuente pública de Sebilj, símbolo de Sarajevo

Veroneando

En la bella Verona situamos nuestra escena, dos parejas, iguales una y otra salvo por sus múltiples diferencias recorrieron sus medievales calles, aunque esta vez no fue la sangre ciudadana la que regó el suelo, fue el sudor de los pobres viajeros. Era verano en Verona y el Sol, que no Julieta, nos acompañó inmisericorde durante los dos días que nos perdimos por esta ciudad, eternamente ligada a la trágica historia de amor escrita por Shakespeare. El cual, todo hay que decirlo, no pisó nunca la ciudad. Eso que se perdió, porque más allá de ser contexto literario, es una ciudad con un pasado a flor de piel y un presente elegante y próspero, dónde disfrutar de la sombra, la luz y la compañía.

La ciudad palpita

La ciudad palpita

Recogido su centro histórico por un pronunciado meandro del río Adigio, Verona es un nudo de caminos, una ciudad que tiende puentes a quién quiere visitarla. Y por uno de ellos llegamos después de aparcar al otro lado del río (no es aconsejable adentrarse en el laberíntico centro en coche). El primer paseo fue atropellado, en busca de nuestro hotel, que resultó estar justo al otro lado. Pero si algo nos quedó claro rápidamente fue que Verona no se visita; se vive, se camina. Palpita fuerte su corazón de mármol. Las calles se llenaban de paseantes y las terrazas de escondidas trattorias, elegantes bottegas y no tan escondidos cafés se veían abarrotadas.

La plaza abraza amorosa a la Arena

La plaza del Brà abraza amorosa a la Arena

Después de dejar las maletas en un hotel categoría “sin más”, fuimos a cenar a una de las terrazas de la plaza del Brà, la cual rodea amorosa la Arena, el circo romano del siglo I que aun se erige orgulloso. Es el segundo más grande después del Coliseo y está muy bien conservado. Ahora ha cambiado la sangre y los gladiadores por conciertos y operas al aire libre. Cada uno dirá que prefiere. Después de dar cuenta de una pizza, quisimos dar una vuelta nocturna por las empedradas calles, aprovechando que la ciudad poco a poco se iba a dormir y la calma nos dejaba vagar por una ciudad atemporal, ajena a ajetreos turísticos.

Era la fuente, era la noche...

Era la fuente, era la noche…

 Ah, noche, deliciosa noche. Recorríamos callejones medievales, nos besábamos en plazas renacentistas, reíamos y la ciudad era nuestra. Vimos cerrar la Piazza delle Erbe, el antiguo foro romano y ahora rodeada de palacios, además de albergar el Capitello, la fuente de la Madonna y la columna de San Marcos (recuerdo de su pertenecía a Venecia). La iluminación jugaba con las sombras en la Piazza dei Signori, dónde está la loggia dei Consiglio, el Palazzo Comunale o el Palazzo della Regione, entre otros; todos excelentes ejemplos del renacimiento veneciano. Como Romeo, temíamos que por ser de noche, no pasase todo de ser un delicioso sueño.

Pero no, la mañana siguiente todo seguía en su sitio, aunque con una luminosidad dolorosa y multitudes veraniegas. Nuestros pasos nos llevaron de nuevo por algunos de los escenarios de la noche, a la Arena (entrar merece la pena) o la Piazza delle Erbe, que esta vez acogía un animado mercado. Pero nos quedaba poco en la ciudad y decidimos errabundear todo lo que pudiésemos antes de tener que decir adiós a Verona. Caímos en el tópico y fuimos a la que dicen casa de Julieta, su balcón y su famosa y sobada estatua, todo tomado ahora por unos turistas ávidos de lugares comunes. Mención aparte merece el pasillo que se cruza antes, lleno de mensajes, pinturas, graffitis, ¿chicles? y todo tipo de muestras de amor eterno. Sí, el amor a veces da asco.

TWhen you gonna realize it was just that the time was wrong, Juliet?a Julieta

When you gonna realize it was just that the time was wrong, Juliet?

Después de ese breve baño de masas nos perdimos otra vez sin rumbo definido. Es una ciudad viva, sus calles respiran y algunas escenas cotidianas te pueden remitir incluso a una escena de Fellini. Así, de sombra en sombra, vimos el escondido Duomo o la gótica (y más grande) iglesia de Santa Anastasia. Entre medias, nos refugiamos del calor en un antiguo café, cerca de la catedral, de cuyo nombre no me acuerdo pero de cuyo spritz guardamos grato recuerdo. El paseo nos llevó al río, como no podía ser de otra manera, el cual enhebramos cruzando primero por el recio puente de Garibaldi y después por el magnífico Ponte di Pietra, ejemplo de la maestría romana en estos menesteres (aunque bien podríamos haber cruzado por el almenado puente de Castelvecchio).

Siempre hay un puente que te lleva a Verona

Siempre hay un puente que te lleva a Verona

Entre medias, disfrutamos de la sombra del parque anexo a la iglesia de San Giorgio in Braida y visitamos el teatro romano, que se desparrama por la colina de San Pietro, y su pequeño museo, desde el cual se puede disfrutar de una vista magnifica de la bella Verona. El teatro se sigue utilizando y uno puede imaginarse bien el espectacular escenario que debía ser en su momento de esplendor (incluso ahora), pero la dejadez de los burócratas o quizás la modorra veraniega, le daban un aire abandonado, olvidado. Cuándo el calor ya nos vencía y amenazaba con derretir nuestra voluntad, encontramos refugio en un pequeño y coqueto restaurante que se escondía cerca del arco almenado del puente San Castelvecchio.

 

Las ruinas del teatro romano desparramadas por la colina

Las ruinas del teatro romano desparramadas por la colina

En su terraza asomada al Adigio disfrutamos de esa otra forma de viajar que es el comer, dando cuenta de una sencilla pero deliciosa comida italiana, muy ajena a esa versión salsera que conocemos y más cercana a la sencillez y protagonismo de los productos básicos. Autentica. Y con el siempre efectivo espresso repasamos lo vivido y dimos cuenta de nuestros últimos momentos en esta ciudad eclipsada por los dos trágicos amantes. Pequeña y señorial, no erró el Bardo al encender tan inflamado amor en un escenario tan bello, es fácil enamorarse en Verona. De la ciudad misma, de sus elegantes edificios y sus bulliciosas plazas, de esa mezcla de estilos y tiempos. Bien podrían dedicarse a esta ciudad las palabras del perdido enamorado: “conservar algo que me ayude a recordarte sería admitir que te puedo olvidar”.


No tiene nada que ver con Verona…pero que temazo (ojo al look ochentero)

Sunday Reggae Sunday

¿Dónde estoy? Qué dolor de cabeza…empiezo a recordar, hoy es lunes y esto es Londres. La luz se cuela ya por todos los huecos de la cortina mal echada…¿Qué hora es? Uff, tengo ahora el mismo aliento que Keith Richards un jueves.

Antiguos almacenes remozados dominan Bermondsey Street

Antiguos almacenes remozados dominan Bermondsey Street

–¡Despierta!–. Hay que ponerse en marcha y de paso reconstruir el día de ayer…una ducha y vamos a desayunar algo.

–Podemos ir al Garrison Public House, subiendo un poco por Bermondsey Street.

–¿Ese sitio tan cuco y tan vintage, donde todo es reciclado menos el papel de la cuenta y los precios?. He leído que incluso tienen una pequeña sala donde ponen pelis algunos días.

– Ok, venga, con tal de llenar el estomago y atacar este dolor de cabeza con un buen café…

Con el incisivo Shard dominando un cielo sorprendentemente azul, nos dirigimos a la puerta del restaurante-cafetería, uno de los muchos que ahora se encuentran en esta calle de moda en Londres. Todo muy cool, muy retro-bohemio, menos una camarera que no respeta mi parcial estado vegetativo ni mi inglés titubeante, me siento lost in traslation. Parece que las mesas están reservadas, pero que podemos sentarnos por ahora. Pedimos dos cafés e intento recuperarme de mi fracaso lingüístico.

–¿Estuvo bien el día de ayer, no? ja,ja, quién nos lo iba a decir cuando lo empezamos desayunando en ese sitio.

– El Harpers…no negarás que olía a autenticidad. Muy de película de Ken Loach, esas tazas milusadas…y frente al mercado de Borough.

– Cómo se nota que no fuiste al baño.

Tomamos el café mientras ponemos en orden el día anterior. Del Harpers al metro, el estrecho Tube. El peregrinar diario, esta vez hasta Hyde Park Corner, donde nos bajamos para pasear la mañana de Hyde Park, de camino a Kengsinton.

Las hamacas no son solo para el verano

Las hamacas no son solo para el verano

–¿Esperabas un parque tan bosque?

–No tan grande quizás. Todo ese espacio, las ardillas… Esa estudiada sencillez te relaja, como ver la lluvia desde un ventanal –. No es de extrañar que Pisarro intentase atrapar esa atmósfera con su paleta impresionista.

Café acabado, nos ponemos otra vez en marcha con nuestros recuerdos golpeando nuestro córtex. Entre antiguos almacenes restaurados nos acercamos a la orilla del Támesis, buscando un nuevo punto de vista de nuestra situación. Vemos el edificio de Norman Foster para el ayuntamiento y nos recuerda al caparazón de un caracol de cristal. Seguimos remontando el río y nos encontramos el HMS Belfast, anclado como un leviatán jubilado al sol. De fondo, el sobrio y neogótico Puente de la Torre (que no Puente de Londres). La gente aprovecha el buen día para ir de acá para allá, en una vibrante heterogeneidad de formas y propósitos.

–Me estoy acordando de esas mujeres árabes con 10.000 bolsas en Harrod’s, ¿cuánto se dejarían ahí?

– Ni idea. Pero quién diría que empezó todo con una tienda de té. Y ahora, qué lujo, qué derroche…es como el hermano rico de El Corte Inglés.

– Su lema es: “Omnia omnibus ubique”, todo para todos en todas partes. Irónico, ¿no? Otra pirueta lingüística del capitalismo actual.

– Bueno, yo ahora me conformo con un buen desayuno, dejemos la lucha social para más tarde.

Seguimos remendando el día anterior con los recuerdos del paseo por South Kengsinton y su profundo aroma british, el catedralicio Museo de Historia Natural o el renacentista Victoria and Albert Museum, el descanso a los pies del Albert Memorial imaginando cual sería el mejor concierto para ver en el imponente Royal Albert Hall.

El Royal Albert Hall al fondo

El Royal Albert Hall al fondo

Seguimos la orilla sur del Támesis hasta encontrar las Hays Galleries, un antiguo muelle reconvertido en galería comercial, con un aire victoriano en su cuerpo de hierro forjado y su cielo de cristal. Nos sentamos en la terraza de un típico pub inglés, el “The Horniman at Hays” y pedimos el tradicional english breakfast para atacar la pequeña resaca con un ejército de calorías.

–¿Sabías que fue desde este muelle desde el que partió a la Antártida la expedición de Sakelthon?.

Qué oportuno acordarse de esa aciaga expedición justo cuando nos sirven el pantagruélico desayuno. El plato rebosaba con huevos fritos, salchichas, beans con tomate, patatas…

– Igualito que nuestro almuerzo de ayer, ja, ja.

–¿No te gustó? Un par de sándwiches, sentados en un banco de los jardines de Kengsinton, con el palacio de fondo…lástima que esas hamacas tan chulas de colores fueran de alquiler.

El elegante barrio de Kengsinton

El elegante barrio de Kengsinton

 Esa tranquilidad acompañada. Sí, la verdad es que estuvo bien. Sobre todo por descansar un poco antes de la locura que vendría después en     Notting Hill. Quedamos con nuestros anfitriones y cicerones en el Carnaval en la parada de High Street Kengsinton, cerca de la escondida y siniestramente atractiva iglesia de Saint Mary Abbots, y fuimos remontando este barrio con pedigrí, imaginando cómo sería vivir en alguna de esas casas tan victorianas y perderse las tardes muertas en alguno de los escondidos jardines que íbamos dejando atrás. Pero, poco a poco, ese idílico universo paralelo se veía agitado por el estruendo que nos iba llegando a lo lejos, cada vez mayor cuanto más nos acercábamos a Notting Hill Gate. Y al doblar una esquina, la marabunta.

La mañana se iba suavizando y el desayuno inglés atajando los excesos de la noche anterior, la gente iba y venía en un animoso ajetreo matutino por las galerías y el paseo de la orilla; algunas barcazas remontaban el río.

–Que locura el Carnaval, no me imaginaba tanta gente y tanto jaleo, parecía más una fiesta española.

–Cómo se movían las jamaicanas o las caribeñas o lo que fueran. ¡Qué ritmo! Incluso con esos culos XXXL en mallas, di que sí.

– Vale la pena dejarse caer y conocer así el barrio, otra clase de turismo.

Carrozas y no tan carrozas

Carrozas y no tan carrozas

Parece que el Carnaval fue la respuesta lúdico-integradora de las minorías caribeñas que se instalaron en el barrio de Notting Hill y los alrededores en los años 60. Hoy en día es una breve locura de dos días que congrega a cientos de miles de personas en un alegre y colorido caos, una fiesta callejera y sin complejos. Rendidos al jolgorio fuimos sorteando gente y cruzando bulliciosas calles, hasta ver el desfile de carrozas que se organiza todos los años. La música es  omnipresente y el hip hop y el reggamuffin se adueñan de las calles desde Westbourne Park a Landbroke Grove. Hay una rave en cada esquina, y el aire huele a carcajada.

Portobello deja sitio al carnavaleo

Portobello deja sitio al carnavaleo

–Qué rico estaba el pollo que tomamos en el puesto callejero, ¿cómo se llamaba?

Jerk chicken. Ese momento de hambruna, con las cervecitas, la música de fondo…qué bueno.

–Y qué de personajes se veían.

Y así dejamos pasar la tarde, entre bailes, cervezas y exceso de humanidad. Hasta que la noche apagó la música callejera y la fiesta se traslado a los bares; previo pago la entrada, claro.

–Ahí ya duramos poco.

–Ja,ja,ja se me emborronaba ya la noche.

Atrás dejamos calles tapizadas de botellas, basura y caídos en la batalla, anestesiados a sí mismos.

–No me extraña que nos hayamos levantado así, ¡qué gran día pasamos ayer!

–Ja,ja, así estuvimos, toda la tarde de raaaaisas…

De viñedos y castillos

Tierra reivindicada por poetas, del color del vino y con olor a tierra mojada, se ha escrito que Francia puede que un día deje de existir, pero el Périgord sobrevivirá “cómo sobreviven los sueños de los que se nutre el alma humana”. A principios de verano incansables viajeros y fieles seguidores de la doctrina “Un día es un día” recorrieron sus caminos medievales entre viñedos y châteaux

Se adentraron al Périgord por Burdeos, ciudad noble y superlativa, capital de Aquitania. Con un monumental centro histórico, otrora dormido y hoy despertando ante los ojos del viajero, toda ella parece orbitar en torno a una ciclópea plaza de la Bourse, como el fondo de una enorme copa, rodeada de elegantes edificios y salpicada de cafés y de vida. Tiene espíritu de tierra y ojos del color de su nombre, por el vino, todo por el vino. Lo mismo da decir vino que decir Burdeos…y eso vale para toda la zona. “En el vino está la verdad”, decía Platón…y ya los romanos encontraron aquí motivos sobrados para creer. La errabunda Cabernet-sauvignon del Medoc, la negra merlot de Saint Emilion o la terrosa malbec de Cahors; sus nombres y sus paisajes asociados fueron sus puntos cardinales, su mapa de ruta y su inspiración en el descanso…

La plaza era un vaso a punto de rebosar

La plaza era un vaso a punto de rebosar

Allí estaban, en la antigua tierra de vinos y rocas, dónde se respira a través de la uva y se mide el tiempo en cosechas. Se llegue desde Burdeos (cómo fue su caso) o desde Toulouse, su paisaje tapizado de viñedos y salpicado de antiguos châteaux  o casas solariegas con bodegas centenarias, te atrapa poco a poco, como el sueño después de un buen banquete, y te envuelve sin remedio. No es de extrañar por tanto que Montaigne, el insigne humanista, se retirase a su château familiar, cerca de Saint Emilion (precioso pueblo, por otra parte, que merece la pena visitar), dónde se encerró para escribirse en esa larga charla consigo mismo y con su tiempo que es Essais. Sin embargo, su legado se emborrona con la dejadez y la desidia de quienes quieren lucrarse con su recuerdo, organizando visitas a sus desastrados aposentos, heridos de muerte por el abandono y el olvido de quién debía ensalzar la memoria de quién dijo cosas como que la prueba más clara de sabiduría es una alegría continua.

 
A la orilla de los ríos crecen châteaux

A la orilla de los ríos crecen châteaux

Y siguiendo los sabios consejos del ensayista, pronto olvidaron su decepción, gracias a la multitud de encantos paisajísticos y culturales que guarda la comarca del Périgord. Entre ellos, su rico legado de restos prehistóricos, que nos remiten a un remoto pasado, cuando el bosque hablaba y el hombre comenzaba a soñar con innumerables futuros en la oscuridad de la cueva. Alguno de esos soñadores de sueños nos regaló las pinturas de Lascaux, aunque ahora solo puede verse su detallada reproducción. Pinturas equiparables en su calidad y número a las de Altamira, con representaciones asombrosamente geniales de toros, caballos y ciervos. Otro lugar que impactó a nuestros viajeros fue la Roque de San Christophe, dónde uno puede remontarse la línea a sus principios y sumergirse en una “ciudad” troglodita , leer la roca y sentir como vivieron aquellos hombres, desde los primitivos tiempos a la oscura Edad Media, aprovechando con una pragmática inteligencia el valor de unas formaciones geológicas tremendamente singulares.

Érase una ciudad a un personaje asociada

Érase una ciudad a un personaje asociada

Y es que el paisaje es el Périgord y el Périgord es su paisaje. Los colores que la definen, desde el verde de sus viñedos y sus verdes prados hasta el blanco de su corazón calcáreo, del negro de su alma de trufa escondida en oscuros bosques al púrpura del caldo que le da la vida y por la que vive. Pasando por el azul de sus ríos que con su inexorable lógica, configuraron estampas de valles de ensueño y profundos acantilados.  No es de extrañar que sus habitantes se hayan acomodado tan bien a este idílico lugar, queriendo disfrutar de él sin cambiar mucho unas costumbres y unos pueblos que nacen de su entorno mismo. Todo está salpicado de pequeñas villas con el encanto de un pasado presente en cada esquina, con un celebrar el ritmo natural de las cosas. El Medievo aquí se recorre casi en cada parada, cómo si por decisión propia, hubiesen decidido saltarse los océanos de tiempo hasta plantarse en la actualidad. Entre tanta oferta, ellos recitan como en un antiguo salmo los nombres que les enamoraron en su errabundear:  las calles de Sarlat La Caneda, el literario Bergerac, el antiguo Saint Leon sur Vezerre, Saint Amand de Coly, Beynac, Belvés, La Roque-Gageat, Brantome o la capital Perigueux, los castillos de Castelanaud o Hautefort…

 “-Y además estaba Rocamadour-dijo la Maga”. Sí, Rocamadour. Desafiando la gravedad a pecho abierto del Causse, con el río Alzou a sus pies. Inspiración y destino de artistas y santos, su belleza y su entorno sirven de reposo a un santo y de culto a una virgen negra. Los siglos se amontonan uno sobre otro, remontando la montaña. Sobre la villa el monasterio, sobre el monasterio el castillo, sobre una edad la otra, abrazados siempre a la roca, al misterio lítico. Reyes, predicadores o marinos, famosos o desconocidos, peregrinaron por esta ciudad desnivelada, adentrándose poco a poco en el acantilado, donde descansa Durandal en la roca. 216 peldaños conducían a los santuarios, ¿qué empuja el ascenso del nuevo peregrino? La curiosidad o el reto, quizás desafiar el vacío, puede que incluso contemplar simplemente el camino recorrido. Para recordarlo y contarlo, quizás, una tarde de domingo, con una copa de Burdeos en la mano y hacer buenas las palabras de Borges, “vino, enséñame el arte de ver mi propia historia, como si esta ya fuera ceniza en la memoria”.  

A la montaña abraza, espera Rocamadour

A la montaña abraza, espera Rocamadour

PD: Quiero agradecer a mis padres que compartieran conmigo sus vivencias, sus recuerdos, su sabiduría y sus fotos. No exactamente en ese orden.