Tras Tiberis

Ocurre que el viajero, a veces, se comporta como un entomólogo buscando recuerdos y monumentos que clasificar, catalogar y guardar. Nunca hay suficientes ruinas, siempre hay una foto aún por hacer. Pero desperdiciar el presente buscando recoger para el futuro un recuerdo pasado no es siempre un buen negocio, ¿cómo disfrutar del vuelo de una mariposa si le clavas las alas con un alfiler? No soy ajeno a este síndrome acaparador. Por eso es tan necesario en todo viaje perderse en un barrio como el Trastevere en Roma. Hay otra Roma al otro lado del Tíber, una Roma más allá de los monumentos y las grandilocuentes iglesias, aunque también haylos.

Porque una ciudad no se abarca, se vive; lo mejor que puede uno hacer es cruzar el puente Palatino, por ejemplo, y sumergirse de lleno en este barrio canalla recorriendo sus estrechas calles adoquinadas con sampietrini, curiosear las tiendas que se abren a los pies de sus medievales casas, trastear en sus sombras y sus excesos. Es lo suficientemente sucio y follonero para ser de lo más bohemio, y desprende vida por los cuatro costados. Roma dentro de Roma, mejor dejarse llevar por sus mareas. Su encanto es más ordinario, de oído y de tacto, también de sabores. Epicúreo. Sus fachadas rojizas y color tierra esconden varias sorpresas también para el turista más ortodoxo, aunque endulzadas por el aroma de glicinas en primavera y las risas de los que disfrutan de sus cervezas en alguna de las muchas terrazas. La arrebatadora Santa María en Trastevere, una de las primeras iglesias de Roma, con sus dorados mosaicos y su medieval campanario abiertos a una animada plazuela; el renacentista templete de San Pietro in Montorio; el exquisito Palacio Farnese o el Palacio Corsini, la Porta de San Pancrazio…

La noctámbula y mágica Santa María en Trastevere

La noctámbula y mágica Santa María en Trastevere

Ahora, el verdadero placer es el ambiente caótico, sus muchedumbres que abarrotan sus tardes y sus noches, beberse su alma y comerse su corazón. Y hay miles de opciones. La Via de la Lungaretta sirve de arteria principal, de toma de contacto, y ya en ella hay mil opciones para degustar el barrio. Pero es recomendable perderse sin prisa para encontrarse por todas las calles aledañas, tomarte tú tiempo. Algunas recomendaciones convenientemente examinadas: para una cerveza o un café, el Chakra Café, con buena música y un ambiente relajado; para cenar, dos tratorias abarrotadas, económicas y para ir sin prisa, el Carlo Menta, aliado de los bolsillos más austeros, suele estar de bote en bote por muchedumbres de jóvenes y turistas que buscan calidad a bajo precio (eso sí, sin alardes; la rughetta no la regalan); el otro es el Ivo a Trastevere, pizzería familiar y templo de glorias futbolísticas, sus pizzas y precios merecen afrontar sus particulares tiempos; el vino blanco y sus escenas costumbristas ayudan también en la espera).

La noche en el Trastevere se come y se bebe

La noche en el Trastevere se come y se bebe

Pero si hay algún lugar que guarde en sí mismo toda la personalidad de este barrio personalísimo ese el Bar San Calisto ¿y qué tiene de especial el Bar San Calisto? Todo y nada. Becarios y porreros, desarrapados y turistas, romanos y bárbaros, se aprietan en su terraza, cerveza en mano-un cigarro en la otra-y se enfrascan en mil charlas. Todas ellas vitalmente intrascendentes y de suma importancia. El hecho de que la cerveza aquí sea excepcionalmente barata comparada con el resto de la ciudad, ayuda a este desbordamiento de sensaciones. Aquí pasamos una gran tarde dilucidando cual es la mejor cerveza de la ciudad…nadie ni nada es ajeno en el Calisto, todo es posible tras tiberis.

El Ponte Cestio, que une el Trastevere con la isola Tiberina es una de las más bellas postales

El Ponte Cestio, que une el Trastevere con la isola Tiberina es una de las más bellas postales

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Un viaje a Roma: un tour a velocidad eclesiástica

Tras la opípara comida decidimos quemar calorías con un tour eclesiástico, otra realidad de esta urbe poliédrica. Allí donde hay tanto que ver, el dilema del turista se resuelve caminando. Empezamos visitando la iglesia de San Clemente, que a su favor tenía la cercanía con el restaurante. De gran valor histórico, es de esos edificios que miden las edades de una ciudad, cuyos restos son estratos sobre los que se lee el pasado. Sobre una casa romana del siglo II se construyó una de las primeras iglesias católicas en el IV, y sobre ella, varias reformas en diferentes momentos dan cuerpo a la iglesia actual. Su interior, ricamente decorado con frescos murales y elementos bizantinos, guarda el misterio de varias tumbas de decimonónicos ingleses e inglesas, quizás enamorados hasta los huesos de la ciudad durante su Gran Tour.

La estratificada San Clemente

La estratificada San Clemente

Después, remontamos la colina de Celio por la via di San Giovanni in Laterano, que desemboca en la plaza de Juan Pablo II donde, tieso como un palo, vimos el primer obelisco egipcio de nuestro viaje. ¿Era ese el famoso obelisco de Karnak? Esta pregunta se convertiría en nuestro particular déjà vu turístico. Y en la plaza, San Juan de Letrán, la catedral de facto de Roma. Sí, esta es la verdadera catedral y sede pontificia del obispo de Roma, o más comúnmente conocido como Papa. La fachada encajonada que encontramos en la plaza- otra más grandilocuente y monumental se disfruta rodeando el palacio obispal- no da la verdadera medida de lo que uno encuentra cuando cruza sus puertas: el barroco desatado de Borromini satura sus proporciones desproporcionadas, el ábside ricamente decorado de dorados mosaicos, las fascinantes y formidables estatuas de los Apóstoles de la nave central…Y para los amantes de la casquería más sagrada, aquí es donde se conservan las cabezas de San Pedro y San Pablo. Pero no puede uno marcharse sin rematar la visita acercándose al cercano Sancta Sanctórum.

El barroco interior de San Juan de Letran

El barroco interior de San Juan de Letran

La Santa Scala

La Santa Scala

Se sea o no creyente, merece la pena acercarse. Aquí también engañan las apariencias, no hay que dejarse engañar por la vulgar entrada. Uno empieza a pensar que están diseñadas por el viejo cruzado de “Indiana Jones y la última cruzada”…Aquí se guarda la Santa Escalera, 28 escalones de mármol (ahora cubiertos de madera) que según la leyenda son por los que subió (y supongo que bajó) Jesucristo en el Palacio de Poncio Pilatos. Santa Helena, la madre del Emperador Constantino, fue la que encargó traerla de Jerusalén. Hoy en día los fieles más devotos ascienden los 28 peldaños de rodillas, en una imagen chocante pero de tremenda solemnidad, para llegar al Sancta Sanctórum, la capilla privada que utilizaban antiguamente los papas. El nombre le viene de la fantástica colección de reliquias santas que guarda y por la imagen del Cristo Redentor aquiropoieta, es decir, no pintada por mano humana (aunque hay quién le da orígenes más bizantinos y terrenales). Existen dos escaleras aledañas a la santa para que puedan subir los menos penitentes.

Habíamos cogido ya velocidad eclesiástica de crucero y decidimos andurrear hasta San Pedro in Vincoli. Desandamos el camino por elegantes barrios residenciales, atajamos por el parque dónde se esconde la demencia pétrea de la Domus Aurea de Nerón y ahora acoge a colegiales con ganas de jugar y ensimismadas parejas. O turistas como nosotros. Regateamos al Coliseo por la derecha, aunque nos dio tiempo para contemplarlo bajo la luz de la tarde y esperar la imagen perfecta con la típica Vespa cruzando el encuadre. Y ahí estaba la iglesia renacentista…Conocida por cobijar el mausoleo del Papa Julio II, las cadenas que llevó San Pedro esplendidas pinturas y, sobre todo, el Moisés de Miguel Ángel. Esta escultura de mármol blanco, a la que el propio artista le echaba en cara que no hablase, merece cualquier paseo. Su perfección es abrumadora. Uno puede pasarse horas buscando la imperfección que lo convierta en humano.

¿Por qué no hablas?

¿Por qué no hablas?

La luz se difuminaba cada vez más en esta ciudad-escenario, pero decidimos buscar el más difícil todavía: llegar a tiempo para emular a Audrey Hepburn y Gregory Peck en la Boca de la Verdad. Somos carne de cliché. De camino tuvimos tiempo de contemplar bajo la melancólica luz de la tarde de nuevo el Coliseo o el triunfal Arco de Constantino, y encaramos la Vía Triumphalis como si fuésemos los últimos emperadores del Imperio. Después cruzamos el olvidado Circo Máximo, desvalijado de sus glorias pasadas y enterrado en un presente desolado. Pero nos quedamos sin remake, porque la boca del tritón había cerrado. Era ya tarde y nos tuvimos que contentar con verla a través de los barrotes que la guardan de los cinéfilos y los vándalos, en el pórtico de la medieval Santa María di Cosmedin. En cualquier caso la visita merece la pena, por la frugal iglesia y su elegante campanario románico o los dos pequeños templos romanos que se levantan enfrente, deliciosamente pequeños y proporcionados, uno circular y otro cuadrado.

Templo con campanario al fondo

Templo con campanario al fondo

Pero si bien el tour eclesiástico había acabado, la noche acababa de empezar, y el Trastevere estaba justo al otro lado del Tíber…

La visión del artista

La visión del artista

Un viaje a Roma: Recuerdos de un Imperio

Parece ser que en el siglo VIII, Beda El Venerable, ya predijo que “cuando caiga el Coliseo, caerá Roma. Cuándo caiga Roma, caerá el mundo”. Visto así, no vimos tan mal que la mitad de este símbolo de la ciudad estuviese eclipsado con andamios, aunque era un fastidio no poderlo ver en todo su esplendor. O su presente esplendor, más bien. Cantera de Roma durante siglos, ni el tiempo ni los terremotos ni el expolio ajeno a glorias pasadas han conseguido acabar con él. En sus muros, arcos y recuerdos se conjuga todo un Imperio: excelencia técnica al servicio del uso público con el fin de gobernar a las masas a través del espectáculo de la sangre y la gloria concedida por sus gobernantes…no ha cambiado tanto la cosa me temo, salvo que ya ni excelencia queda.

Marco Aurelio guarda la Piazza del Campidoglio

Marco Aurelio guarda la Piazza del Campidoglio

El caso es que nos habíamos levantado pronto para intentar llegar antes que las hordas de turistas a este símbolo de la ciudad eterna. Pero como las prisas nunca son buenas y menos de vacaciones, empezamos el día tomando el típico capuccino y cornetti en una cafetería con aires de película neorrealista. En esa prima colazione ya nos dimos cuenta, lo constataríamos en días posteriores, que no se estila servir el café tan caliente como en España. Eso sí, el café suele ser buenísimo. Después, comenzamos nuestro peregrinar a lo largo de la calle Vittorio Emanuele II, sumergiéndonos poco a poco en ese collage histórico, en las entrañas abiertas de esta ciudad-escenario. Llegamos a la plaza de Venecia, nudo gordiano todo el viaje, y esquivando ese pastel de bodas que es el monumento a Victorio Emanuelle II remontamos la escalera Cordonata hacia la plaza del Campidoglio bajo la atenta mirada de Castor y Polux. Verdadero kilómetro cero histórico de la urbe, esta plaza es perfecta para iniciar cualquier visita. Pirueta arquitectónica trapezoidal diseñada por Miguel Ángel, se levanta sobre la mítica colina Capitolina, rodeada de Palacios que albergan el Ayuntamiento y los Museos Capitalinos, guardada solemnemente por Marco Aurelio a caballo.

El Foro Romano con el Palatino al fondo

El Foro Romano con el Palatino al fondo

El Arco de Séptimo Severo

El Arco de Séptimo Severo

Aquí sitúa la leyenda a la loba, a Rómulo y al infortunado Remo. Y a la derecha del Ayuntamiento situaron para alegría de los turistas la estatua símbolo de la ciudad que, como el torico de Teruel, sorprende por su pequeño tamaño en directo (aunque el torico es mucho torico). Mejores son las vistas que se ofrecen del Foro Romano, disgregado en mil recuerdos, como un bosque petrificado, hasta la colina del Palatino y el Coliseo. Los Arcos de Séptimo Severo o Tito, alguno de los templos que se sostienen a medias y las dimensiones de los recintos dan una idea de lo que debió ser el centro del mundo clásico, el corazón de un imperio. Recorrimos con mil pausas el camino hasta la bulliciosa vía del Foro Imperial, que conecta directamente la plaza de Venecia con el Coliseo. Sorteando turistas y vendedores ambulantes, llegamos a la entrada a los Foros (es uno y son muchos; tantos como épocas, como emperadores hubo) que existe cerca del de Nerva. Aprovechamos que allí no había tanta gente para, por una vez, adelantarnos al purgatorio del turista y comprar tranquilamente las entradas que permiten la entrada al Foro y el Coliseo. Celosos de nuestro tiempo, obviamos la romería entre ruinas que sin guía se antojaba demasiado vaga (se echan de menos más indicaciones y carteles explicativos) y fuimos directamente a ver el Anfiteatro Flavio, que es el verdadero nombre del Coliseo.

Escenas romanas en la Via Claudia

Escenas romanas en la Vía Claudia

Gracias a nuestra previsión sorteamos una cola kilométrica y pasamos directamente a las entrañas del circo romano. Y merece la pena entrar, pese a que siguen faltando informaciones, pese a que es solo el recuerdo de una gloria que retumbaba con las voces de miles de ciudadanos de todas las clases. Conviene buscar un buen ángulo, silenciar el alma y dejar la mente volar a esa época, a esos combates, se permite incluso susurrar: Hispano…hispano… A mí al menos no deja de sorprenderme la excelencia técnica con la que se construyó, sus ingeniosas entrañas que se abren allí donde estuvo la arena. Impresionante. Pan y circo…Algo nos faltaba. Recorrer siglos da hambre y fuimos en busca de un restaurante que nos habían recomendado cerca de allí, en la vía Claudia, la Taberna di Quaranta. Y que bien recomendando y que gusto viajar también por los sabores locales. Degustamos las típicas fiori di zucca (flores de calabacín rellenas de queso y, a veces, de anchoa), spaghetti carbonara espectaculares, rigatoni alla vaccinara o strozzapreti con zucchine e gorgonzola, excelentes la panna cotta y el tiramisú de postre…ni la controversia entre Peronni y Moretti como mejor birra ensombreció un almuerzo de categoría en este pequeño pero acogedor restaurante alejado de estereotípicos menús. Y es que, cuando estés en Roma, compórtate como los romanos. Éste estaba lleno. Por algo sería.

Una Vespa y el Coliseo, ¿hay algo más romano?

Una Vespa y el Coliseo, ¿hay algo más romano?

Veroneando

En la bella Verona situamos nuestra escena, dos parejas, iguales una y otra salvo por sus múltiples diferencias recorrieron sus medievales calles, aunque esta vez no fue la sangre ciudadana la que regó el suelo, fue el sudor de los pobres viajeros. Era verano en Verona y el Sol, que no Julieta, nos acompañó inmisericorde durante los dos días que nos perdimos por esta ciudad, eternamente ligada a la trágica historia de amor escrita por Shakespeare. El cual, todo hay que decirlo, no pisó nunca la ciudad. Eso que se perdió, porque más allá de ser contexto literario, es una ciudad con un pasado a flor de piel y un presente elegante y próspero, dónde disfrutar de la sombra, la luz y la compañía.

La ciudad palpita

La ciudad palpita

Recogido su centro histórico por un pronunciado meandro del río Adigio, Verona es un nudo de caminos, una ciudad que tiende puentes a quién quiere visitarla. Y por uno de ellos llegamos después de aparcar al otro lado del río (no es aconsejable adentrarse en el laberíntico centro en coche). El primer paseo fue atropellado, en busca de nuestro hotel, que resultó estar justo al otro lado. Pero si algo nos quedó claro rápidamente fue que Verona no se visita; se vive, se camina. Palpita fuerte su corazón de mármol. Las calles se llenaban de paseantes y las terrazas de escondidas trattorias, elegantes bottegas y no tan escondidos cafés se veían abarrotadas.

La plaza abraza amorosa a la Arena

La plaza del Brà abraza amorosa a la Arena

Después de dejar las maletas en un hotel categoría “sin más”, fuimos a cenar a una de las terrazas de la plaza del Brà, la cual rodea amorosa la Arena, el circo romano del siglo I que aun se erige orgulloso. Es el segundo más grande después del Coliseo y está muy bien conservado. Ahora ha cambiado la sangre y los gladiadores por conciertos y operas al aire libre. Cada uno dirá que prefiere. Después de dar cuenta de una pizza, quisimos dar una vuelta nocturna por las empedradas calles, aprovechando que la ciudad poco a poco se iba a dormir y la calma nos dejaba vagar por una ciudad atemporal, ajena a ajetreos turísticos.

Era la fuente, era la noche...

Era la fuente, era la noche…

 Ah, noche, deliciosa noche. Recorríamos callejones medievales, nos besábamos en plazas renacentistas, reíamos y la ciudad era nuestra. Vimos cerrar la Piazza delle Erbe, el antiguo foro romano y ahora rodeada de palacios, además de albergar el Capitello, la fuente de la Madonna y la columna de San Marcos (recuerdo de su pertenecía a Venecia). La iluminación jugaba con las sombras en la Piazza dei Signori, dónde está la loggia dei Consiglio, el Palazzo Comunale o el Palazzo della Regione, entre otros; todos excelentes ejemplos del renacimiento veneciano. Como Romeo, temíamos que por ser de noche, no pasase todo de ser un delicioso sueño.

Pero no, la mañana siguiente todo seguía en su sitio, aunque con una luminosidad dolorosa y multitudes veraniegas. Nuestros pasos nos llevaron de nuevo por algunos de los escenarios de la noche, a la Arena (entrar merece la pena) o la Piazza delle Erbe, que esta vez acogía un animado mercado. Pero nos quedaba poco en la ciudad y decidimos errabundear todo lo que pudiésemos antes de tener que decir adiós a Verona. Caímos en el tópico y fuimos a la que dicen casa de Julieta, su balcón y su famosa y sobada estatua, todo tomado ahora por unos turistas ávidos de lugares comunes. Mención aparte merece el pasillo que se cruza antes, lleno de mensajes, pinturas, graffitis, ¿chicles? y todo tipo de muestras de amor eterno. Sí, el amor a veces da asco.

TWhen you gonna realize it was just that the time was wrong, Juliet?a Julieta

When you gonna realize it was just that the time was wrong, Juliet?

Después de ese breve baño de masas nos perdimos otra vez sin rumbo definido. Es una ciudad viva, sus calles respiran y algunas escenas cotidianas te pueden remitir incluso a una escena de Fellini. Así, de sombra en sombra, vimos el escondido Duomo o la gótica (y más grande) iglesia de Santa Anastasia. Entre medias, nos refugiamos del calor en un antiguo café, cerca de la catedral, de cuyo nombre no me acuerdo pero de cuyo spritz guardamos grato recuerdo. El paseo nos llevó al río, como no podía ser de otra manera, el cual enhebramos cruzando primero por el recio puente de Garibaldi y después por el magnífico Ponte di Pietra, ejemplo de la maestría romana en estos menesteres (aunque bien podríamos haber cruzado por el almenado puente de Castelvecchio).

Siempre hay un puente que te lleva a Verona

Siempre hay un puente que te lleva a Verona

Entre medias, disfrutamos de la sombra del parque anexo a la iglesia de San Giorgio in Braida y visitamos el teatro romano, que se desparrama por la colina de San Pietro, y su pequeño museo, desde el cual se puede disfrutar de una vista magnifica de la bella Verona. El teatro se sigue utilizando y uno puede imaginarse bien el espectacular escenario que debía ser en su momento de esplendor (incluso ahora), pero la dejadez de los burócratas o quizás la modorra veraniega, le daban un aire abandonado, olvidado. Cuándo el calor ya nos vencía y amenazaba con derretir nuestra voluntad, encontramos refugio en un pequeño y coqueto restaurante que se escondía cerca del arco almenado del puente San Castelvecchio.

 

Las ruinas del teatro romano desparramadas por la colina

Las ruinas del teatro romano desparramadas por la colina

En su terraza asomada al Adigio disfrutamos de esa otra forma de viajar que es el comer, dando cuenta de una sencilla pero deliciosa comida italiana, muy ajena a esa versión salsera que conocemos y más cercana a la sencillez y protagonismo de los productos básicos. Autentica. Y con el siempre efectivo espresso repasamos lo vivido y dimos cuenta de nuestros últimos momentos en esta ciudad eclipsada por los dos trágicos amantes. Pequeña y señorial, no erró el Bardo al encender tan inflamado amor en un escenario tan bello, es fácil enamorarse en Verona. De la ciudad misma, de sus elegantes edificios y sus bulliciosas plazas, de esa mezcla de estilos y tiempos. Bien podrían dedicarse a esta ciudad las palabras del perdido enamorado: “conservar algo que me ayude a recordarte sería admitir que te puedo olvidar”.


No tiene nada que ver con Verona…pero que temazo (ojo al look ochentero)