Una de Maragatería

Errabundea también el peregrino

Errabundea también el peregrino

Allí estaba y no había forma de ignorarlo. Con la benemérita habíamos topado. Inflexible, me invitaba sable-laser en mano a pararme en la cuneta…y claro, aunque había sido responsable no pude evitar que el culo se me pusiese como ojo de paloma. Compuse mi mejor cara de póker y mientras llevaba el coche al arcén repasé mentalmente el día por si hubiese algún punto débil en mi inevitable declaración de inocencia. Nada podía arruinar tan magnífico día en la Maragatería…

Si hombre, la Maragatería, ya sabéis. ¿No habéis leído “La Esfinge Maragata” de Concha Espina? Bueno, yo tampoco. Pero resulta que habla de esta comarca de León de profunda identidad inalterable, esteparia. Con sus entrañas abiertas por el Camino de Santiago, conserva todavía las tradiciones construidas por los oriundos maragatos, pueblo de arrieros y comerciantes. Nuestra primera parada fue Asturica Augusta para los romanos, hito inexcusable para peregrinos. Fría y elevada sobre la planicie, su estratégica ubicación les vino de perlas para defenderse de los menos civilizados autóctonos. Como los romanos eran tan organizados, la rodearon de murallas que pueden recorrerse en parte, y la ataviaron de termas, templos y domus como la del mosaico del oso y los pájaros, que también puede disfrutarse aún.

Pero si te paras en Astorga, que no sea solo por eso. Es parada obligatoria por su ecléctica e impresionante catedral, que fusiona diferentes estilos y se corona con el célebre maragato Pedro Mato, de quién se dice que suministraba vino y aceite a los habitantes de la ciudad cuando fueron sitiados por los franceses durante la Guerra de la Independencia. Y cerca de la catedral, adosado a las murallas, nos deleitamos con magnífico Palacio Episcopal diseñado por Gaudí, que al que venga de León recordará inmediatamente a la casa Botines, aunque aún más impresionante. Con aire neogótico y detalles modernistas, sus originales ventanas, pináculos…componen un contrapunto curioso a la catedral, configurando una más que curiosa perspectiva desde sus jardines.

Imposible no admirar el sueño gótico de Gaudí

Imposible no admirar el sueño gótico de Gaudí

Ah, tampoco conviene perderse el llamativo Ayuntamiento barroco que preside la animada Plaza de España, en cuya fachada destacan dos torres gemelas y un curioso reloj con figuras de maragatos autómatas. Así de paso, para los más golosos (entre los que me incluyo), en la esquina de la misma plaza, uno puede entrar en Hojaldres Alonso y dejarse medio sueldo en abastecerse de hojaldres, mantecadas, chocolates…espectaculares.

El singular Ayuntamiento de Astorga

El singular Ayuntamiento de Astorga

Y es que viajar con el estómago es un placer, se mire por donde se mire. Por eso nuestro objetivo secreto no era otro que el archifamoso y siempre contundente cocido maragato. Eso es así. Por eso nos adentramos más aún en el país de los maragatos camino al turístico pero perfectamente conservado pueblo de Castrillo de Polvazares, donde degustaríamos el conocido plato. Por el camino, numerosos peregrinos en las calzadas o en bici; se hace Camino al andar. Antes de nuestro destino, un descubrimiento de nombre evocador y curioso, Murias de Redivaldo. Cuanta historia se esconde en los nombres y en las palabras. En realidad no tiene nada de particular, salvo el nombre, pero el verdadero viajero se abandona a estos arrebatos, configura su camino sobre la base de estos momentos. Nunca se sabe que se puede descubrir. En este caso, este tranquilo y ordenado pueblo esconde una calle con bonita arquitectura popular, una pequeña y coqueta iglesia donde cuatro vecinos disfrutaban de su misa dominical y un pequeño bar aledaño, el bar Félix, donde se ofrecía el menú del peregrino.

Finalmente, llegamos a Castrillo, donde hay que dejar el coche a la entrada del pueblo. Buena iniciativa. El pueblo es un monumento a esos maragatos de origen incierto que construyeron una vida en torno a su labor de arrieros (dicen que su nombre proviene de su labor, llevar el pescado de Galicia, el mar, a Madrid, los gatos). Todo órbita en torno a su Calle Real, y por ella nos adentramos en esta aldea de piedra, al son de la guitarra de un improvisado cantautor. Es un gustazo pasear entre esas viejas casonas arrieras, observar el contraste entre las rojizas fachadas y las coloridos portones, por donde antes entraban los carros y ahora los coches. Se ve que hay dinero, o lo que es aún mejor, gusto a la hora de salvaguardar la herencia. No hay nada sublime en sí mismo, es excepcional en su conjunto.

Y el alegre cantautor no dio la bienvenida

Y el alegre cantautor no dio la bienvenida

Antes de acudir a nuestro emplazamiento con el famoso cocido, descansamos en el pequeño jardín de la Taberna El Trechuro, escondido en una de las casonas a mitad de la Calle Real. Y después, acudimos a la llamada de El Almacén del Arriero, donde nos esperaba nuestro destino en fuente de barro, el famoso cocido maragato. Su particularidad es la forma de comerlo, empezando por las carnes y acabando con la sopa, pero lo importante es que el orden de las viandas no altera el resultado, al menos en El Almacén. El plan de vuelo es sencillo, pero contundente, aúna cantidad y calidad. Las carnes, espectaculares; los garbanzos, sabrosísimos; la sopa, brutal. Pero es que además, aquí se cierra con unas exquisitas natillas caseras y un bizcocho…a la altura del buen hacer y la amabilidad de los dueños. Ni que decir tiene que lo disfrutamos hasta casi desbordarnos, bien regado con buen caldo, como debe ser.

La arquitectura popular hace presente el pasado con mucho futuro

La arquitectura popular hace presente el pasado con mucho futuro

Henchidos, colmados, rebosados, dimos un último paseo por las tranquilas calles de Castrillo, para bajar el cocido, el vino y dar tiempo al cuerpo a recuperarse de tanto homenaje. Ese andar nos vino bien para luego afrontar tranquilos la sorpresa final, esa esfinge maragata con tricornio que nos esperaba a las afueras del pueblo. Pero era nuestro día y como la experiencia es un grado, el agente no pudo menos que felicitarnos y dejarnos continuar nuestro errabundear, no sin antes alabar las muchas bondades que la comarca ofrece al viajero. Y por una vez, tuvimos que dar la razón a la autoridad, ¡Bien merece la visita la Maragatería y su cocido!

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Los ritos del tapeo y otros quehaceres del turisteo en León

Como el invierno de Camus, León siempre guarda en su interior un verano invencible. El frío norte que uno evoca al pensar en la ciudad se funde como el hielo en un gin-tonic en la terraza del Ginger en mitad de la calle Ancha, río peatonal que separa los dos barrios más famosos- el Húmedo y el Romántico- y pasarela por donde desfila la ciudad. El campamento de la mítica Legio VII romana se ha transformado, tras mil y un renaceres, en una ciudad palpitante, vital y regia. A ello, sin duda, contribuye su culto al viejo arte del tapeo.

La animada Plaza de San Martín, centro del tapeo leonés

La animada Plaza de San Martín, centro del tapeo leonés

La pulchra leonina, de luz y espacio

La pulchra leonina, construida de luz y espacio

Son varias las zonas donde homenajearse, aunque el clásico es Barrio Húmedo, donde el rito se oficia en cada una de sus medievales callejuelas. Si su centro geográfico es la pulcra Plaza Mayor, donde se levanta un animado mercado a los pies del herreriano consistorio, el centro neurálgico es la Plaza de San Martín, a partir de la cual conviene gravitar para tapear. El Llar, dónde nos aleccionaron sobre “los cortos”; El Botijo, setentero y con una cecina espectacular, las croquetas del Rebote…O mi preferido, La Alpargata, escondido y asediado por las omnipresentes despedidas de soltero y soltera, no parece que tenga nada especial, pero lo tiene todo: un dueño de lo más risueño, Mahou bien fresquita y tapas como los cojonudos (huevo de codorniz a la plancha), mariconadas o garbanzos, pasando por su deliciosa oreja guisada.

Cuándo uno ya está bien alimentado o simplemente no puede más, es buena política acercarse sin prisa a una de las joyas de la ciudad, la pulchra leonina, su catedral. Gótica, esbelta, elegante, afrancesada…a uno se le van acabando los calificativos. Son cinco euros bien invertidos. Está construida con espacios y luz, es ligera, ingrávida. Desde la emblemática portada hasta sus magníficas vidrieras, todo en ella es emblemático. Su contrapunto es la Colegiata de San Isidoro, la otra visita obligada. Maciza, sólida, profunda como el tiempo. Sus recias bóvedas salvaguardan su Panteón, obra maestra románica decorada con pinturas del siglo XIII que recrean escenas bíblicas y mundanas con una originalidad y maestría sin igual. Lástima que pese a los avisos, la incultura de la gente las ponga en peligro con furtivos flashes inmisericordes.

Pero esta antigua capital y noble ciudad tiene muchas más sorpresas. Al comienzo de la calle Ancha, se encuentran el renacentista Palacio de los Guzmanes o la gaudiana casa Botines, en la que el genial arquitecto quiso reinventar el gótico. Es curiosa también la casa Sierra Pambley, en la Plaza de la Regla o de la Catedral, una casa museo que invita a un viaje al siglo XIX y la vida de una familia ilustrada de provincias. Las intermitentes pero monumentales murallas o el moderno y colorido Museo Contemporáneo son también muescas interesantes para la memoria del viajero. O el esplendoroso Hostal de San Marcos, cuyos platerescos muros prisión de un poeta han sido, hospital y templo para peregrinos, y, ahora, Parador para algunos afortunados.

Aquí la casa Botines, aquí el Palacio de los Guzmanes

Aquí la casa Botines, aquí el Palacio de los Guzmanes

Pero si un rincón de León nos sedujo especialmente, esa fue la plaza del Mercado o del Grano…en busca de un anfiteatro perdido dimos con este lugar lleno de discreto encanto, a las espaldas del Barrio Húmedo. Su también pulcra iglesia románica, su aire de siesta, su empedrado y sus pórticos. Sentarse en la fuente que se levanta en su centro, y que simboliza los ríos Bernesga y Torío, es una buena forma de asimilar despacio lo visto y andando, repasar sin prisa lo vivido, y, si aún hay ganas, descansar para acabar el día tapeando por el Barrio Romántico, menos caótico pero con otros tesoros que degustar. Nuestra recomendación: los bocatines de calamares del Monalisa con una copita de vino. León bien merece un homenaje.

En medio de la ciudad, un descanso para la  peregrina

En medio de la ciudad, un descanso para la peregrina