Una de Maragatería

Errabundea también el peregrino

Errabundea también el peregrino

Allí estaba y no había forma de ignorarlo. Con la benemérita habíamos topado. Inflexible, me invitaba sable-laser en mano a pararme en la cuneta…y claro, aunque había sido responsable no pude evitar que el culo se me pusiese como ojo de paloma. Compuse mi mejor cara de póker y mientras llevaba el coche al arcén repasé mentalmente el día por si hubiese algún punto débil en mi inevitable declaración de inocencia. Nada podía arruinar tan magnífico día en la Maragatería…

Si hombre, la Maragatería, ya sabéis. ¿No habéis leído “La Esfinge Maragata” de Concha Espina? Bueno, yo tampoco. Pero resulta que habla de esta comarca de León de profunda identidad inalterable, esteparia. Con sus entrañas abiertas por el Camino de Santiago, conserva todavía las tradiciones construidas por los oriundos maragatos, pueblo de arrieros y comerciantes. Nuestra primera parada fue Asturica Augusta para los romanos, hito inexcusable para peregrinos. Fría y elevada sobre la planicie, su estratégica ubicación les vino de perlas para defenderse de los menos civilizados autóctonos. Como los romanos eran tan organizados, la rodearon de murallas que pueden recorrerse en parte, y la ataviaron de termas, templos y domus como la del mosaico del oso y los pájaros, que también puede disfrutarse aún.

Pero si te paras en Astorga, que no sea solo por eso. Es parada obligatoria por su ecléctica e impresionante catedral, que fusiona diferentes estilos y se corona con el célebre maragato Pedro Mato, de quién se dice que suministraba vino y aceite a los habitantes de la ciudad cuando fueron sitiados por los franceses durante la Guerra de la Independencia. Y cerca de la catedral, adosado a las murallas, nos deleitamos con magnífico Palacio Episcopal diseñado por Gaudí, que al que venga de León recordará inmediatamente a la casa Botines, aunque aún más impresionante. Con aire neogótico y detalles modernistas, sus originales ventanas, pináculos…componen un contrapunto curioso a la catedral, configurando una más que curiosa perspectiva desde sus jardines.

Imposible no admirar el sueño gótico de Gaudí

Imposible no admirar el sueño gótico de Gaudí

Ah, tampoco conviene perderse el llamativo Ayuntamiento barroco que preside la animada Plaza de España, en cuya fachada destacan dos torres gemelas y un curioso reloj con figuras de maragatos autómatas. Así de paso, para los más golosos (entre los que me incluyo), en la esquina de la misma plaza, uno puede entrar en Hojaldres Alonso y dejarse medio sueldo en abastecerse de hojaldres, mantecadas, chocolates…espectaculares.

El singular Ayuntamiento de Astorga

El singular Ayuntamiento de Astorga

Y es que viajar con el estómago es un placer, se mire por donde se mire. Por eso nuestro objetivo secreto no era otro que el archifamoso y siempre contundente cocido maragato. Eso es así. Por eso nos adentramos más aún en el país de los maragatos camino al turístico pero perfectamente conservado pueblo de Castrillo de Polvazares, donde degustaríamos el conocido plato. Por el camino, numerosos peregrinos en las calzadas o en bici; se hace Camino al andar. Antes de nuestro destino, un descubrimiento de nombre evocador y curioso, Murias de Redivaldo. Cuanta historia se esconde en los nombres y en las palabras. En realidad no tiene nada de particular, salvo el nombre, pero el verdadero viajero se abandona a estos arrebatos, configura su camino sobre la base de estos momentos. Nunca se sabe que se puede descubrir. En este caso, este tranquilo y ordenado pueblo esconde una calle con bonita arquitectura popular, una pequeña y coqueta iglesia donde cuatro vecinos disfrutaban de su misa dominical y un pequeño bar aledaño, el bar Félix, donde se ofrecía el menú del peregrino.

Finalmente, llegamos a Castrillo, donde hay que dejar el coche a la entrada del pueblo. Buena iniciativa. El pueblo es un monumento a esos maragatos de origen incierto que construyeron una vida en torno a su labor de arrieros (dicen que su nombre proviene de su labor, llevar el pescado de Galicia, el mar, a Madrid, los gatos). Todo órbita en torno a su Calle Real, y por ella nos adentramos en esta aldea de piedra, al son de la guitarra de un improvisado cantautor. Es un gustazo pasear entre esas viejas casonas arrieras, observar el contraste entre las rojizas fachadas y las coloridos portones, por donde antes entraban los carros y ahora los coches. Se ve que hay dinero, o lo que es aún mejor, gusto a la hora de salvaguardar la herencia. No hay nada sublime en sí mismo, es excepcional en su conjunto.

Y el alegre cantautor no dio la bienvenida

Y el alegre cantautor no dio la bienvenida

Antes de acudir a nuestro emplazamiento con el famoso cocido, descansamos en el pequeño jardín de la Taberna El Trechuro, escondido en una de las casonas a mitad de la Calle Real. Y después, acudimos a la llamada de El Almacén del Arriero, donde nos esperaba nuestro destino en fuente de barro, el famoso cocido maragato. Su particularidad es la forma de comerlo, empezando por las carnes y acabando con la sopa, pero lo importante es que el orden de las viandas no altera el resultado, al menos en El Almacén. El plan de vuelo es sencillo, pero contundente, aúna cantidad y calidad. Las carnes, espectaculares; los garbanzos, sabrosísimos; la sopa, brutal. Pero es que además, aquí se cierra con unas exquisitas natillas caseras y un bizcocho…a la altura del buen hacer y la amabilidad de los dueños. Ni que decir tiene que lo disfrutamos hasta casi desbordarnos, bien regado con buen caldo, como debe ser.

La arquitectura popular hace presente el pasado con mucho futuro

La arquitectura popular hace presente el pasado con mucho futuro

Henchidos, colmados, rebosados, dimos un último paseo por las tranquilas calles de Castrillo, para bajar el cocido, el vino y dar tiempo al cuerpo a recuperarse de tanto homenaje. Ese andar nos vino bien para luego afrontar tranquilos la sorpresa final, esa esfinge maragata con tricornio que nos esperaba a las afueras del pueblo. Pero era nuestro día y como la experiencia es un grado, el agente no pudo menos que felicitarnos y dejarnos continuar nuestro errabundear, no sin antes alabar las muchas bondades que la comarca ofrece al viajero. Y por una vez, tuvimos que dar la razón a la autoridad, ¡Bien merece la visita la Maragatería y su cocido!

Anuncios

Los ritos del tapeo y otros quehaceres del turisteo en León

Como el invierno de Camus, León siempre guarda en su interior un verano invencible. El frío norte que uno evoca al pensar en la ciudad se funde como el hielo en un gin-tonic en la terraza del Ginger en mitad de la calle Ancha, río peatonal que separa los dos barrios más famosos- el Húmedo y el Romántico- y pasarela por donde desfila la ciudad. El campamento de la mítica Legio VII romana se ha transformado, tras mil y un renaceres, en una ciudad palpitante, vital y regia. A ello, sin duda, contribuye su culto al viejo arte del tapeo.

La animada Plaza de San Martín, centro del tapeo leonés

La animada Plaza de San Martín, centro del tapeo leonés

La pulchra leonina, de luz y espacio

La pulchra leonina, construida de luz y espacio

Son varias las zonas donde homenajearse, aunque el clásico es Barrio Húmedo, donde el rito se oficia en cada una de sus medievales callejuelas. Si su centro geográfico es la pulcra Plaza Mayor, donde se levanta un animado mercado a los pies del herreriano consistorio, el centro neurálgico es la Plaza de San Martín, a partir de la cual conviene gravitar para tapear. El Llar, dónde nos aleccionaron sobre “los cortos”; El Botijo, setentero y con una cecina espectacular, las croquetas del Rebote…O mi preferido, La Alpargata, escondido y asediado por las omnipresentes despedidas de soltero y soltera, no parece que tenga nada especial, pero lo tiene todo: un dueño de lo más risueño, Mahou bien fresquita y tapas como los cojonudos (huevo de codorniz a la plancha), mariconadas o garbanzos, pasando por su deliciosa oreja guisada.

Cuándo uno ya está bien alimentado o simplemente no puede más, es buena política acercarse sin prisa a una de las joyas de la ciudad, la pulchra leonina, su catedral. Gótica, esbelta, elegante, afrancesada…a uno se le van acabando los calificativos. Son cinco euros bien invertidos. Está construida con espacios y luz, es ligera, ingrávida. Desde la emblemática portada hasta sus magníficas vidrieras, todo en ella es emblemático. Su contrapunto es la Colegiata de San Isidoro, la otra visita obligada. Maciza, sólida, profunda como el tiempo. Sus recias bóvedas salvaguardan su Panteón, obra maestra románica decorada con pinturas del siglo XIII que recrean escenas bíblicas y mundanas con una originalidad y maestría sin igual. Lástima que pese a los avisos, la incultura de la gente las ponga en peligro con furtivos flashes inmisericordes.

Pero esta antigua capital y noble ciudad tiene muchas más sorpresas. Al comienzo de la calle Ancha, se encuentran el renacentista Palacio de los Guzmanes o la gaudiana casa Botines, en la que el genial arquitecto quiso reinventar el gótico. Es curiosa también la casa Sierra Pambley, en la Plaza de la Regla o de la Catedral, una casa museo que invita a un viaje al siglo XIX y la vida de una familia ilustrada de provincias. Las intermitentes pero monumentales murallas o el moderno y colorido Museo Contemporáneo son también muescas interesantes para la memoria del viajero. O el esplendoroso Hostal de San Marcos, cuyos platerescos muros prisión de un poeta han sido, hospital y templo para peregrinos, y, ahora, Parador para algunos afortunados.

Aquí la casa Botines, aquí el Palacio de los Guzmanes

Aquí la casa Botines, aquí el Palacio de los Guzmanes

Pero si un rincón de León nos sedujo especialmente, esa fue la plaza del Mercado o del Grano…en busca de un anfiteatro perdido dimos con este lugar lleno de discreto encanto, a las espaldas del Barrio Húmedo. Su también pulcra iglesia románica, su aire de siesta, su empedrado y sus pórticos. Sentarse en la fuente que se levanta en su centro, y que simboliza los ríos Bernesga y Torío, es una buena forma de asimilar despacio lo visto y andando, repasar sin prisa lo vivido, y, si aún hay ganas, descansar para acabar el día tapeando por el Barrio Romántico, menos caótico pero con otros tesoros que degustar. Nuestra recomendación: los bocatines de calamares del Monalisa con una copita de vino. León bien merece un homenaje.

En medio de la ciudad, un descanso para la  peregrina

En medio de la ciudad, un descanso para la peregrina

Todo en un día

– ¿Qué vamos a hacer?
– La pregunta no es que vamos a hacer, la pregunta es ¿qué no vamos a hacer?

Ese día nos levantamos  mi musa y yo poseídos por el espíritu de Ferris Bueller, así que decidimos dedicar un día a recorrer ese Madrid que la monótona cotidianeidad no nos deja disfrutar. No tomamos prestado ningún Ferrari ni terminé cantando el Twist & Shout en un desfile en la Castellana, pero ahí van unas cuantas sugerencias para pasar un día de lo más memorable por las calles de esta ciudad maltratada y siempre fascinante.

Primera parada: Real Jardín Botánico. Ese gran desconocido, recuerdo de épocas más ilustradas. El soleado día aún conservaba frías las manos cuando llegamos a la puerta de acceso (en la Plaza de Murillo), donde hacían cola más turistas que vecinos. Vale la pena vencer la pereza del residente en la ciudad y pagar los tres euros de la entrada, el Jardín es ahora un oasis urbano melancólico y tranquilo, que permite desconectar mucho mejor que el populoso Retiro caminando relajado por la Rosaleda o el Paseo de las Estatuas, respirando aromas familiares y lejanos, aprendiendo a leer lenguajes de madera. Disfrutamos de la variedad de flores y curioseamos las plantas aromáticas, recorrimos el nuevo paseo de plantas de invierno y vimos alguno de los bonsáis que regaló al Jardín el expresidente González. También contemplamos enormes castaños y tilos, venerables tejos…Pero lo que más nos gustó fueron los invernaderos del siglo XIX, divididos en diferentes ambientes para preservar especies tropicales, desérticas o acuáticas…

Invernaderos metálicos en el Jardín Botánico

Invernaderos metálicos en el Jardín Botánico

Después, reconciliados con nuestro lado más natural, nos volvimos a convertir en urbanitas sedientos y decidimos ir practicar el viejo arte del aperitivo en la calle Jesús. La primera opción era nuestra reverenciada Cervecería Cervantes, pero estaba más llena si cabe que de costumbre y decidimos probar suerte más abajo. Probamos en Los Gatos, bar castizo y con mucha personalidad, trastero de los más curiosos objetos. Su acumulativa atmósfera la riegan con cervezas muy bien tiradas y con tapas de lo más sugerente. En nuestro caso el pincho de tortilla, de diez. Un buen lugar donde empezar a perder el día. Decidimos continuar para bingo mientras esperábamos refuerzos y pasamos al bar de al lado, La Anchoíta de Madrid, de estética marinera y con sus paredes tapizadas de fotos de famosos y no tan famosos de la escena madrileña. También aquí conservan el buen hacer de tirar bien la cerveza, arte cada vez menos cultivado. Para comprobar el buen hacer es necesario observar que en la caña se van marcando con espuma cada uno de los tragos que hemos dado. Aquí, en el corazón de Madrid, aún cuidan estos detalles.

Hermosos castaños daban sombra...¿o eran tilos?

Hermosos castaños daban sombra…¿o eran tilos?

Una vez que llegaron los refuerzos volvimos sobre nuestros pasos al Cervantes, y esta vez sí, pudimos degustar un buen vermut y un brutal pulpo a la gallega mientras veíamos la larga cola de creyentes guardar su sitio para venerar al Cristo de Medinaceli, en una estampa también muy típica de la capital. Remontamos la calle de las Huertas, adentrándonos en el muy literario barrio de las Letras para buscar algo más contundente con el que dar por finalizado el almuerzo. Nos hicimos fuertes en la en la terraza del Matute12, en la plaza del mismo nombre,  con una carta cosmopolita y ecléctica, como el interior del garito. No estaba mal, aunque habrá que volver para fundamentar mejor la opinión. La fachada no estaba mal, pero está por ver si tiene suficiente fondo. El café era de recibo tomarlo en la plaza de Santa Ana, donde un hombre indefinible nos amenizó la sobremesa con su Michael Jackson Dance. El dinero que le dimos para salvaguardar su estilo de baile nos pareció mucho mejor invertido que la desorbitada cuenta por los cafés.

Humor absurdo y una cerveza, ¿se puede pedir más?

Humor absurdo y una cerveza, ¿se puede pedir más?

¿Y luego…? Pues rizamos el rizo y nos dimos un baño de capitalidad disfrutando de algunos de esos planes con los que te organizan el fin de semana las guías de ocio. Véase: buscar el último graffiti que aún queda en la ciudad del celebérrimo Muelle (lo buscáis que si no, no tiene gracia); ir de compras y curiosear por la siempre moderna calle de Fuencarral, tomar una cañita en el mítico Palentino en la calle Pez, ir al teatro Alfil para disfrutar del humor absurdo, somos muy fans del humor absurdo, de los gags de los Monty Python…¿y luego…? Luego no nos quedó más remedio que acabar el magnífico día más de la mejor forma: entre amigos y disfrutando de una hamburguesa en el Alfredo’s Barbacoa (posiblemente, la mejor de Madrid). Y es que ya lo decía Mathew Broderick en la mítica película: la vida pasa demasiado rápido, y si no te paras y miras a tu alrededor, puedes perdértela.

 

Tras Tiberis

Ocurre que el viajero, a veces, se comporta como un entomólogo buscando recuerdos y monumentos que clasificar, catalogar y guardar. Nunca hay suficientes ruinas, siempre hay una foto aún por hacer. Pero desperdiciar el presente buscando recoger para el futuro un recuerdo pasado no es siempre un buen negocio, ¿cómo disfrutar del vuelo de una mariposa si le clavas las alas con un alfiler? No soy ajeno a este síndrome acaparador. Por eso es tan necesario en todo viaje perderse en un barrio como el Trastevere en Roma. Hay otra Roma al otro lado del Tíber, una Roma más allá de los monumentos y las grandilocuentes iglesias, aunque también haylos.

Porque una ciudad no se abarca, se vive; lo mejor que puede uno hacer es cruzar el puente Palatino, por ejemplo, y sumergirse de lleno en este barrio canalla recorriendo sus estrechas calles adoquinadas con sampietrini, curiosear las tiendas que se abren a los pies de sus medievales casas, trastear en sus sombras y sus excesos. Es lo suficientemente sucio y follonero para ser de lo más bohemio, y desprende vida por los cuatro costados. Roma dentro de Roma, mejor dejarse llevar por sus mareas. Su encanto es más ordinario, de oído y de tacto, también de sabores. Epicúreo. Sus fachadas rojizas y color tierra esconden varias sorpresas también para el turista más ortodoxo, aunque endulzadas por el aroma de glicinas en primavera y las risas de los que disfrutan de sus cervezas en alguna de las muchas terrazas. La arrebatadora Santa María en Trastevere, una de las primeras iglesias de Roma, con sus dorados mosaicos y su medieval campanario abiertos a una animada plazuela; el renacentista templete de San Pietro in Montorio; el exquisito Palacio Farnese o el Palacio Corsini, la Porta de San Pancrazio…

La noctámbula y mágica Santa María en Trastevere

La noctámbula y mágica Santa María en Trastevere

Ahora, el verdadero placer es el ambiente caótico, sus muchedumbres que abarrotan sus tardes y sus noches, beberse su alma y comerse su corazón. Y hay miles de opciones. La Via de la Lungaretta sirve de arteria principal, de toma de contacto, y ya en ella hay mil opciones para degustar el barrio. Pero es recomendable perderse sin prisa para encontrarse por todas las calles aledañas, tomarte tú tiempo. Algunas recomendaciones convenientemente examinadas: para una cerveza o un café, el Chakra Café, con buena música y un ambiente relajado; para cenar, dos tratorias abarrotadas, económicas y para ir sin prisa, el Carlo Menta, aliado de los bolsillos más austeros, suele estar de bote en bote por muchedumbres de jóvenes y turistas que buscan calidad a bajo precio (eso sí, sin alardes; la rughetta no la regalan); el otro es el Ivo a Trastevere, pizzería familiar y templo de glorias futbolísticas, sus pizzas y precios merecen afrontar sus particulares tiempos; el vino blanco y sus escenas costumbristas ayudan también en la espera).

La noche en el Trastevere se come y se bebe

La noche en el Trastevere se come y se bebe

Pero si hay algún lugar que guarde en sí mismo toda la personalidad de este barrio personalísimo ese el Bar San Calisto ¿y qué tiene de especial el Bar San Calisto? Todo y nada. Becarios y porreros, desarrapados y turistas, romanos y bárbaros, se aprietan en su terraza, cerveza en mano-un cigarro en la otra-y se enfrascan en mil charlas. Todas ellas vitalmente intrascendentes y de suma importancia. El hecho de que la cerveza aquí sea excepcionalmente barata comparada con el resto de la ciudad, ayuda a este desbordamiento de sensaciones. Aquí pasamos una gran tarde dilucidando cual es la mejor cerveza de la ciudad…nadie ni nada es ajeno en el Calisto, todo es posible tras tiberis.

El Ponte Cestio, que une el Trastevere con la isola Tiberina es una de las más bellas postales

El Ponte Cestio, que une el Trastevere con la isola Tiberina es una de las más bellas postales

Un viaje a Roma: Recuerdos de un Imperio

Parece ser que en el siglo VIII, Beda El Venerable, ya predijo que “cuando caiga el Coliseo, caerá Roma. Cuándo caiga Roma, caerá el mundo”. Visto así, no vimos tan mal que la mitad de este símbolo de la ciudad estuviese eclipsado con andamios, aunque era un fastidio no poderlo ver en todo su esplendor. O su presente esplendor, más bien. Cantera de Roma durante siglos, ni el tiempo ni los terremotos ni el expolio ajeno a glorias pasadas han conseguido acabar con él. En sus muros, arcos y recuerdos se conjuga todo un Imperio: excelencia técnica al servicio del uso público con el fin de gobernar a las masas a través del espectáculo de la sangre y la gloria concedida por sus gobernantes…no ha cambiado tanto la cosa me temo, salvo que ya ni excelencia queda.

Marco Aurelio guarda la Piazza del Campidoglio

Marco Aurelio guarda la Piazza del Campidoglio

El caso es que nos habíamos levantado pronto para intentar llegar antes que las hordas de turistas a este símbolo de la ciudad eterna. Pero como las prisas nunca son buenas y menos de vacaciones, empezamos el día tomando el típico capuccino y cornetti en una cafetería con aires de película neorrealista. En esa prima colazione ya nos dimos cuenta, lo constataríamos en días posteriores, que no se estila servir el café tan caliente como en España. Eso sí, el café suele ser buenísimo. Después, comenzamos nuestro peregrinar a lo largo de la calle Vittorio Emanuele II, sumergiéndonos poco a poco en ese collage histórico, en las entrañas abiertas de esta ciudad-escenario. Llegamos a la plaza de Venecia, nudo gordiano todo el viaje, y esquivando ese pastel de bodas que es el monumento a Victorio Emanuelle II remontamos la escalera Cordonata hacia la plaza del Campidoglio bajo la atenta mirada de Castor y Polux. Verdadero kilómetro cero histórico de la urbe, esta plaza es perfecta para iniciar cualquier visita. Pirueta arquitectónica trapezoidal diseñada por Miguel Ángel, se levanta sobre la mítica colina Capitolina, rodeada de Palacios que albergan el Ayuntamiento y los Museos Capitalinos, guardada solemnemente por Marco Aurelio a caballo.

El Foro Romano con el Palatino al fondo

El Foro Romano con el Palatino al fondo

El Arco de Séptimo Severo

El Arco de Séptimo Severo

Aquí sitúa la leyenda a la loba, a Rómulo y al infortunado Remo. Y a la derecha del Ayuntamiento situaron para alegría de los turistas la estatua símbolo de la ciudad que, como el torico de Teruel, sorprende por su pequeño tamaño en directo (aunque el torico es mucho torico). Mejores son las vistas que se ofrecen del Foro Romano, disgregado en mil recuerdos, como un bosque petrificado, hasta la colina del Palatino y el Coliseo. Los Arcos de Séptimo Severo o Tito, alguno de los templos que se sostienen a medias y las dimensiones de los recintos dan una idea de lo que debió ser el centro del mundo clásico, el corazón de un imperio. Recorrimos con mil pausas el camino hasta la bulliciosa vía del Foro Imperial, que conecta directamente la plaza de Venecia con el Coliseo. Sorteando turistas y vendedores ambulantes, llegamos a la entrada a los Foros (es uno y son muchos; tantos como épocas, como emperadores hubo) que existe cerca del de Nerva. Aprovechamos que allí no había tanta gente para, por una vez, adelantarnos al purgatorio del turista y comprar tranquilamente las entradas que permiten la entrada al Foro y el Coliseo. Celosos de nuestro tiempo, obviamos la romería entre ruinas que sin guía se antojaba demasiado vaga (se echan de menos más indicaciones y carteles explicativos) y fuimos directamente a ver el Anfiteatro Flavio, que es el verdadero nombre del Coliseo.

Escenas romanas en la Via Claudia

Escenas romanas en la Vía Claudia

Gracias a nuestra previsión sorteamos una cola kilométrica y pasamos directamente a las entrañas del circo romano. Y merece la pena entrar, pese a que siguen faltando informaciones, pese a que es solo el recuerdo de una gloria que retumbaba con las voces de miles de ciudadanos de todas las clases. Conviene buscar un buen ángulo, silenciar el alma y dejar la mente volar a esa época, a esos combates, se permite incluso susurrar: Hispano…hispano… A mí al menos no deja de sorprenderme la excelencia técnica con la que se construyó, sus ingeniosas entrañas que se abren allí donde estuvo la arena. Impresionante. Pan y circo…Algo nos faltaba. Recorrer siglos da hambre y fuimos en busca de un restaurante que nos habían recomendado cerca de allí, en la vía Claudia, la Taberna di Quaranta. Y que bien recomendando y que gusto viajar también por los sabores locales. Degustamos las típicas fiori di zucca (flores de calabacín rellenas de queso y, a veces, de anchoa), spaghetti carbonara espectaculares, rigatoni alla vaccinara o strozzapreti con zucchine e gorgonzola, excelentes la panna cotta y el tiramisú de postre…ni la controversia entre Peronni y Moretti como mejor birra ensombreció un almuerzo de categoría en este pequeño pero acogedor restaurante alejado de estereotípicos menús. Y es que, cuando estés en Roma, compórtate como los romanos. Éste estaba lleno. Por algo sería.

Una Vespa y el Coliseo, ¿hay algo más romano?

Una Vespa y el Coliseo, ¿hay algo más romano?

Playas ausentes, cervezas frías y pura vida

El omnipresente verdor

El omnipresente verdor

Decíamos que esperábamos la barca que nos llevase a ver las famosas playas donde desovan las tortugas que dan nombre al parque y al pueblo que, agarrado a la escasa tierra que asoma entre el agua dulce y el mar, sobrevive gracias al turismo y la naturaleza (fuente de riqueza inagotable para quien sepa verlo). Nuestro guía sería Henry, la personificación de la parsimonia misma. En una barca salvamos el trecho de agua que nos separaba del pueblo y la costa, en medio de un pequeño caos de barcas, como en una ciudad inundada en hora punta.

Tortuguero Town

Tortuguero Town

La costa caribeña aquí no es la estampa paradisíaca que se vende en folletos; la playa, larguísima, tenía ese aíre triste y gris de las costas olvidadas e invernales, con multitud de recuerdos arrastrados por la marea. Quizás por eso lo han elegido las tortugas, evitando lugares más turísticos. Me caen bien esas tortugas. No tuvimos la suerte de coincidir con el desove, pero aun así hay que venir y verlo. Recorrimos aquellas arenas, tostadas y llenas de ausencia en ese momento, en desordenado orden hasta el pueblo de Tortuguero. Allí, el grupo que se había formado en la barca se diseminó como los restos de un meteorito en la atmósfera, pero ni eso perturbó al imperturbable Henry.

La playa ausente de tortugas e invadida de turistas

La playa ausente de tortugas e invadida de turistas

El bullicioso pueblecito se ofrece al turista con humilde orgullo, exhibiendo sus fuertes raíces afrocaribeñas y sin perder ese ritmo pausado del que vive esperando lo que trae la marea. Nosotros anduvimos sin destino fijado por la desvencijada calle principal, a cuyos lados se distribuyen tiendas de recuerdos, casas, algún hotelito y barecillos que miran a la laguna, nunca al mar. De todas las ofertas que nos hicieron solo claudicamos ante el refrescante coquito caribeño, con un sabor inclasificable que nos acompañó un buen rato. ¡Ay el coquito! Nunca se está a salvo de caer en un estereotipo. Para borrar el mal sabor de boca terminamos por entrar en La Taberna, que como los más perspicaces habrán adivinado, era un curioso barecillo con tranquilas vistas al canal, con el volumen justo de reagueton y que nos ofrecía cerveza fría y un amable atardecer. Son sin duda estos momentos los que merecen la pena: los mejores amigos, cerveza fría y disfrutar de la agradable sensación de estar a millones de kilómetros de cualquier lugar común. Ni la inexplicable estatua a tamaño natural de Jar Jar Binks que decoraba el destartalado lugar podía estropear ese momento.

Improvisado parking en el centro de Tortuguero

Improvisado parking en el centro de Tortuguero

Pero Henry no esperaba por nadie (literal) y tuvimos que volver a la barca, y en la barca al hotel, porque a la mañana siguiente las primeras luces nos verían deslizándonos por los caños entre el verdor de la selva. Y tras la noche, ruidosa y enigmática, y antes del amanecer, saltamos de nuevo a otra barca entre bostezos, para ir al encuentro del alba rota de vida y, como decía el poeta, oxigenar de veras el alma y los pulmones. Se olvida pronto el madrugón al deslizarse en silencio por esos canales, mientras la neblina se disipa y en silencio espías el espeso verdor, los infinitos animales que no desvelarán sus secretos voluntariamente al indiscreto, como voyeurs selváticos.  Cámara en mano acechábamos el agua y los arboles, dispuestos a “disparar” a todo lo que se moviese. No íbamos en busca del Coronel Kurz, pero lo parecía. En las copas los capuchinos saltaban de árbol en árbol, y los monos aulladores hacían resonar sus gargantas. Perezosos, basiliscos, iguanas se escondían entre las ramas. Los caimanes lo hacían entre los troncos y las hojas que flotaban en el agua opaca. Y aves, montones de aves. Una explosión de vida que no te puede dejar indiferente. Realmente merece la pena venir, madrugar y lo que haga falta. Pura vida, sí señor.

Amanecer en la selva

Amanecer en la selva

 

Cría de caimán

Cría de caimán

 

Sitting on the dock of the bay

Sitting on the dock of the bay

 

 

On the boat to Tortuguero

Costa Rica es naturaleza, mucha naturaleza, un huevo de naturaleza. Y en ella han encontrado su riqueza los ticos, que es como se llaman los costarricenses de manera coloquial. Apostaron por un crecimiento diferente, basado en un turismo atraído por su biodiversidad cuidada y por la amabilidad de sus gentes. Eso que llaman crecimiento medioambiental sostenible. Teniendo en cuenta su nivel de vida con respecto a los países vecinos, se puede decir que su decisión ha sido todo un acierto. Atraídos por su encantos naturales y su fama de país cómodo para viajar, un grupo de amigos decidimos dejarnos caer por allí y verificar si es verdad el claim que acompaña a todos los visitantes, que Costa Rica es “pura vida”.

Recorriendo los caños de camino a Tortuguero

Recorriendo los caños de camino a Tortuguero

Nuestra primera parada era Tortuguero, previo paso por la capital. Dice la guía que “húmedo” es la palabra más seca para describir este área protegida. Y aunque parezca mentira, no miente. Aunque nosotros tuvimos suerte al llegar, pues nos recibió un sol espléndido que nos permitió disfrutar del camino en barca hasta nuestro lodge. Porque cómo en una Venecia salvaje, aquí se mueve uno en barca a casi todas partes. El autobús que nos había recogido a una hora indecentemente mañanera en San José, te deja, previa procesión por desesperante “autopista”, bananeros y desayuno a base de gallo pinto, en un enorme chamizo donde se amontonan perdidos turistas a medio camino de llegar o de volver, sin que se sepa muy bien quién es quién. En ese purgatorio de madera uno espera su turno hasta que le avisan que ya puede arrastrar la maleta hasta su barca.

Caños a la derecha. caños a la izquierda; préstame 5$ para gallo pinto

Caños a la derecha. caños a la izquierda; préstame 5$ para gallo pinto

Lo mejor es dejarse ir cuanto antes, aceptar los ritmos propios del país y dejarse llevar por el entusiasmo de desandar siglos hasta una naturaleza majestuosa y desbordante. De camino, por meandros y retuertos del caño que lleva a la zona habitada, uno ya se hace una idea de qué va esto. Los caños son los canales que se crearon para conectar una serie de lagunas y tranquilos ríos vecinos a la costa caribeña de esta parte de Costa Rica. Y allí donde la tierra asoma brevemente, una tupida jungla reclama su lugar. Y en la selva, la vida. O en las orillas. O en los troncos que asoman airados en el agua, dónde una garza espera la comida mientras un caimán toma el sol indolente en la orilla opuesta. Ah, sí, creo que hay una forma de llegar por tierra también…pero a quién le importa…

Caimán a la orilla

Caimán a la orilla

Nosotros elegimos para pasar la noche el Evergreen Lodge. Puede que los haya mejores, pero no hubo quejas. Alejado del pueblo, ofrece pequeñas cabañas y agua caliente, además de rodearte de plena naturaleza. De día puede no parecer demasiado, pero por la noche, eso se nota. Vaya que sí se nota. Es una sinfonía siempre inacabada que uno no debe dejar de oír, sobre todo porque no le queda otro remedio. Además, durante nuestra breve estancia compartimos nuestro tiempo con speedicos  monos capuchinos, pequeñas ranas de peligrosos colores, tucanes, perezosos o arañas de tamaño homérico. Para eso habíamos ido, ¿no?. Pero eso solo era el principio, nos fuimos pronto al muelle del hotel a esperar la lancha y al guía que nos iba a enseñar el pueblo y las playas donde desovaban las tortugas que dan nombre al parque. Allí, esperando a nuestro tranquilo guía, contemplamos las consternadas aguas, las barcas que iban y venían con mercancías y turistas; disfrutábamos del tiempo conquistado.

Pequeñas ranas de peligrosos colores

Pequeñas ranas de peligrosos colores

Continuará…

¿Podría ser el gran Mojo?

¿Podría ser el gran Mojo?