Enjoy the silence en Kioto

El escritor Junichirò Tanizaki la describe en su Elogio de la sombra como “un lugar para gozar la punzante melancolía de las cosas”, una ciudad de silencios y penumbras. Antigua capital y centro espiritual del país, Kioto se recoge circunspecta en sus miles de templos; es seria, aseada y tranquila, como los cuidados jardines que rodean sus santuarios. Como un haiku, sutil y austero, una conmoción espiritual. Todo esto lo sé ahora, pero cuando desayunábamos un sándwich de mermelada y un café en una de esas anónimas franquicias internacionales que todo lo colonizan, solo sabíamos que nos esperaba un largo peregrinaje si queríamos ver, al menos, los principales templos que destacaban en la guía. Porque otra cosa no, pero templos…más de 1600 budistas y 400 santuarios sintoístas. Ahí es ná.

Terminamos de desayunar y nos encaminamos a la estación central. De camino tuvimos nuestro bautizo templario con el impresionante Hongan-ji, cuyo enorme edificio principal, la quilla invertida de un enorme barco, es una de las mayores estructuras de madera del mundo. Y muy cerca, la imponente estación de acero y cristal, con un aire muy setentero (aunque creo que es más moderna). Allí están, frente a la puerta principal, las paradas de autobús y las maquinas donde sacar un billete para todo el día (unos 1000 yenes), es la mejor forma de visitar la ciudad y no morir en el intento. Además, como casi todo en el lejano oriente, es también una fuente de curiosidades y anécdotas. Se entra por la puerta de atrás y se sale, después de pagar, por la del conductor; durante todo el trayecto el conductor va hablando con voz de binguero cantando números y, lo más sorprendente, cuando el autobús para y se abren las puertas, una voz enlatada grita: ¡Viva Las Palmas¡. O algo muy parecido. True story.

El impresionante Hongan-ji, un templo varado en medio de la ciudad

El impresionante Hongan-ji, un templo varado en medio de la ciudad

Encontramos el autobús adecuado y nos dirigimos al noroeste. Allí se encuentra el que es quizás el templo más celebre, el templo dorado o Kinkaku-ji. Erigido en 1397 como casa de retiro para el sogún Ashikaga Yoshimitsu- muchos templos eran antes la casita de algún señor importante-, el edificio que vemos hoy es una minuciosa reconstrucción, ya que en 1950 un monje quemó el original. Durante la misma fue cuando se cubrió de láminas de oro. Es más pequeño de lo que uno espera, pero su arquitectura es discretamente elegante, y encaja como un traje a medida con el cuidado jardín que lo rodea; los cincelados arces y el estanque, que hace de espejo reflejando su imagen, como en una postal perfecta. Tanto que tendréis que pelear con el gentío para terminar haciendo, es inevitable, la típica foto que todo el mundo se lleva del lugar. Y será la misma que tiene todo el mundo, no lo dudéis. Muy cerca se encuentra el Ryoan-ji, o el templo del dragón tranquilo (soy muy fan de estos nombres rimbombantes), en el que destaca su jardín seco (kare-sansui), un “estanque” de arena donde descansan quince rocas al pie de un porche de madera. Siempre la madera. El creador de tan original no-jardín nunca explicó su significado, pero lo diseñó de tal forma que, se ponga uno donde se ponga, solo podrá visualizar a la vez catorce de ellas. Sentarse en el porche y abandonarse a la simple contemplación de este pequeño misterio inabarcable (¿no es así la vida misma?), es casi obligatorio. Eso dicen que es el zen. Además, el sí-jardín y el estanque, a rebosar de nenúfares, que lo rodean son también impresionantes.

Patrimonio de la Humanidad, el reflejo del Kinkaku-ji llama a la calma y la serenidad (pese a los turistas)

Patrimonio de la Humanidad, el reflejo del Kinkaku-ji llama a la calma y la serenidad (pese a los turistas)

El viajero hará bien en olvidar las pétreas catedrales occidentales, los monumentos de proporciones bíblicas. Los templos japoneses tienen otra dimensión de sombra y madera, nada es casual en su diseño. El camino es el inverso, aquí menos es más; donde nosotros buscamos llenar el vacío, ellos buscan delimitarlo y ensalzarlo. La armonía con la naturaleza despierta un dialogo silencioso mientras recorres los caminos de grava o te sientas en los sosegados porches, observando perfectas naturalezas, rocas que son islas, puentes que son oraciones, dejando transcurrir un tiempo que nunca fue nuestro…

El refinado Ginkaku-ji

El refinado Ginkaku-ji

Del templo dorado y el no-jardín de arena, al de plata. Pero antes paramos a comer en la animada calle que asciende hasta el templo. Optamos por una pequeña taberna de aire familiar, donde degustamos unos sabrosos soba (fideos de alforfón) y un plato de arroz con unagi (anguila), plato del que me volví adicto. Como curiosidad hay que señalar que muchos restaurantes tienen en su escaparate dispuestos los platos que sirven, pero hechos en plástico; para que uno sepa bien que es lo que le ofrece el local. Aquí el envidiado fotógrafo de platos combinados transmuta en escultor de viandas de plástico. Suma y sigue. Con fuerzas renovadas encaramos el último tramo de subida y visitamos el Ginkaku-ji o pabellón de plata, construido en el siglo XV bajo el molde del dorado en la mente, aunque aquí nunca se llegó a recubrir del precioso metal que le da nombre. Aun así, su delicado diseño y su íntima relación con el refinado jardín que lo rodea (pequeño jardín seco incluido) son una visita más que recomendable. A la salida, molidos y acalorados, decidimos volver andando por el llamado Sendero de la Filosofía, que comienza cerca de ahí. Un nombre un tanto pomposo para lo que es, un pequeño camino peatonal paralelo a un canal entre la sombra de los árboles, aunque en el camino, tranquilo y ajeno a bullicios, encuentras más santuarios y lugares ciertamente curiosos.

Pero como suele pasar, al acabar el camino, un tanto perdidos como estábamos y sin haberlo programado, encontramos dos inesperadas joyas. Y no especialmente pequeñas. La primera es el Konkai Homyoji, un complejo budista en el que parecía que estábamos solos, con la única compañía de los enormes cuervos japoneses. Es sorprendente como se camufla semejante conjunto de templos, casi una pequeña ciudad santa, en lo alto de una pequeña colina residencial. En torno a una enorme plaza se organizan numerosos edificaciones, como en un desperdigado monasterio. Con curiosidad gatuna inspeccionamos el templo: la curiosa chozuya (pila de agua) donde purificarse, los diferentes santuarios, la típica campana para llamar a rezos o el mudo cementerio budista que se extendía en la sombra. Siempre hay agradables descubrimientos que aguardan al viajero que gusta de perderse. La otra joya es más conocida y más visible, el santuario Heian-jingu, que no pasa desapercibido gracias a su color naranja y el mostruoso torii (las puertas a los santuarios sintoístas) que se yergue antes de la entrada principal, naranja también. Es uno de los más grandes de todo Japón. El edificio, construido a finales del siglo XIX con motivo del 1100º aniversario de la fundación de la ciudad, imita el Palacio Imperial de Kioto. Los jardines son inmensos, aunque a nosotros nos llamó la atención un pequeño bosquecillo a los pies del templo principal, con sus ramas rebosantes de papeles entrelazados que son en realidad oraciones y peticiones a los ancestros. Una metáfora muy propia de un país con una naturaleza tan espiritual.

Unas jóvenes geishas se fotografían frente al gigantesco torii Heian-jingu

Unas jóvenes geishas se fotografían frente al gigantesco torii Heian-jingu

Pero todo tiene un límite, nuestro espíritu zen ya rebosaba y el cuerpo nos pedía descanso y cultos más terrenales. Así que volvimos al hotel para acicalarnos un poco y salir a disfrutar de la exquisita cocina japonesa, y de paso resarcirnos un poco de la noche anterior. De camino aún pudimos ver el occidentalmente desconcertante Ayuntamiento de la ciudad y la sede del original Museo Internacional del Manga, pero ni nos paramos. ¡Cerveza aquí, ya!. Dicho y hecho, un poco de descanso y a cenar. De camino pasamos por algunas de las calles techadas que configuran el Nishiki Food Market, y aunque muchos puestos ya cerraban, era un hervidero de actividad con todo el espectro social y cultural dejándose ver. Desde los trabajadores ya un tanto animados en pleno afterwork a los jóvenes que salen “mangueados” buscando una identidad, pasando claro está por los asombrados turistas como nosotros.

Cualquier parecido con el de aquí es casi circustancial...

Cualquier parecido con el de aquí es casi circustancial…

Esa noche el cuerpo nos pedía dejarnos de tonterías, estábamos en Japón y queríamos sushi. Habíamos leído en la Lonely que el Ganko Zushi, cerca del puente Sanjo-ohashi no estaba mal (Kioto es un lugar perfecto para probar la alta cocina japonesa o kaiseki, aunque suele escaparse de casi todos los presupuestos). Aquí la variedad de platos de plástico en el escaparate era avasalladora, muchos bentos donde elegir (las cajas-menús, muy típicas y prácticas). Y adentro que fuimos, directos a la barra donde ves trabajar a los cocineros y dimos rienda suelta a nuestra gula pidiendo sushi a la carta, además de tempuras, bien regado de cerveza Ashai. Oye, a mi mujer le encantó…porque además el chef de la barra que nos servía, muy simpático, nos tomó por recién casados. Un acierto, y eso que no fue el mejor sushi que tomamos en el viaje, pero en ese momento nos pareció bocatto di cardinale.

Pero aquí es donde viene el doble mortal con tirabuzón de nuestra gula…la noche era joven, así que decidimos dar un poco más de sí nuestro estómago y darnos otro capricho, así que entramos en Mushashi Zushi, un restaurante de kaiten-zushi (de los que van sacando distintos platos de sushi en una cinta transportadora). No es que fuera el mejor del mundo, pero era barato y divertido, y para compensar bebimos té verde (en los restaurantes siempre te sirven té verde y agua completamente gratis, lo que viene bien para ahorrar en presupuesto muchas veces). Ahora sí, rebosantes decidimos ir a dormir y retomamos el camino por la galería comercial, ahora en silencio y tranquila. Empezábamos a tomarle el pulso a la ciudad y al país, a leer y disfrutar de sus luces y sus silencios, a gozar de su punzante melancolía…

Continuara…

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Legal aliens en Kioto

“Japón, mia que está lejos Japón…” Resonaba en nuestra cabeza la letra de los No me pises que llevo chanclas “Si lo quieres ver, en una bola er mundo, le tienes que dar la vuelta ar mundo entero” Estábamos avisados. Tras dos tranquilos vuelos en Emirates, varias películas y alguna serie, y una breve parada en el microcosmos del aeropuerto de Dubái, por fin llegamos a Osaka. Enseguida comenzó eso que algún tipo con pipa llamaría “el choque cultural”, que no es sino el enriquecedor, aunque a veces perturbador, contraste de idiosincrasias. Las fundas de ganchillo que cubrían en parte los asientos del minibús que nos llevó a Kioto fue solo la primera de muchas sorpresas.

El chófer nos llevó hasta nuestro hotel, el Monterey, en medio de la lluvia, y al llegar, en un ejercicio de malabarismo bajó nuestras maletas mientras nos protegía del agua con dos paraguas…y haciendo reverencias a la vez. True story. El hotel estaba realmente bien y aunque entenderse, aún en inglés, no es tan fácil como en otros destinos, con su amabilidad compensan cualquier barrera lingüística. Estábamos agotados del viaje pero las ganas de sumergirnos en el Lejano Oriente compensaban todo, así que tras comprobar que era verdad la leyenda de los baños de taza caliente y chorros a discreción (algún día hablaremos más de este tema…), bajamos a la calle, pillamos dos paraguas transparentes y de mango blanco que daban gratis en la entrada (y que tan familiares se nos harían) y nos lanzamos a conocer la ciudad con nocturnidad y alevosía.

La bulliciosamente ordenada y comercial Shijo-dori

La bulliciosamente ordenada y comercial Shijo-dori

Lo primero que nos llamó la atención fue el orden y el ruido…o más bien la ausencia del mismo. Parecía una de esas novelas de Philip K. Dick donde el futuro puede ser ordenado, limpio y geométrico, callado, y nosotros los protagonistas que no terminan de entender como han llegado ahí. Al poco, dejamos atrás la zona más de negocios donde estaba el hotel y tomamos la comercial Shijo-dori, más animada y llena de comercios. La recorrimos sin dejar de mirar a todas partes, intentando descifrar el funcionamiento de este nuevo mundo. En esas estábamos cuándo llegamos al río Kamo y la entrada del hanamachi de Ponto-cho, uno de los barrios de geishas de Kioto y dónde habíamos decidido ir a cenar.

Take a walk por Ponto-cho

Take a walk por Ponto-cho

De noche y lloviendo, el largo y estrecho callejón con alma arrabalera parecía sumirse en sombras atemporales. La empedrada calle, iluminada por tradicionales farolillos, discurre paralela al río entre la Sanjo-dori y Shijo-dori. Tanto Ponto-cho, como las innumerables callejuelas que como capilares la alimentan, están llenas de restaurantes y locales en típicas casas de madera; casi como en el pasado, cuándo geishas, samuráis y lo peor de cada casa recorrían las casas del té, burdeles y tabernas. Take a walk on the wild side. Ahora el único peligro es equivocarse al elegir restaurante. Como nosotros, que al ver que casi todos habían cerrado al ser tarde y domingo, nos dejamos embaucar y nos vimos cenando solos en un triste, pero honrado, restaurante de lo más insulso. ¡Zas!, en toda la boca. Al menos el errabundeo nos llevó hasta el kaburenjo, el teatro donde aún se puede ser testigo que entre las sombras también hay lugar para el arte más refinado.

¿Hay forma más fácil de pedir un menú?

¿Hay forma más fácil de pedir un menú?

Después de la breve y desalentadora cena, y al ver que casi todo estaba cerrado y nuestro humor hacia juego con el tiempo, decidimos volver al hotel. Pero de camino encontramos uno de esos restaurantes en los que tienen todos los platos dispuestos como en una máquina de tabaco y tu solo tienes que elegir y sacar tu ticket. De perdidos al río, nos dijimos, elegimos dos menús y allá que fuimos a recenar. Y fue un acierto, porque en Japón no te puedes equivocar dos veces si hablamos de comer. Unos udon, una sopa miso, el omnipresente bol de arroz blanco…no solo estaba bueno, sino que nos lo sirvieron con terrible presteza. Nos fijamos en que casi todos los demás clientes se sentaban solos, ensimismados con sus móviles, encerrados en su mutismo solo se escuchaba el sorber de los fideos (lo cual no es de mala educación allí). Una vez más tuvimos la sensación de ser uno de esos legal aliens que cantaba Sting, en un mundo ajeno, rodeados de extraños y solitarios seres. ¿He dicho alguna vez que me encanta viajar?

Continuará…

Una de Maragatería

Errabundea también el peregrino

Errabundea también el peregrino

Allí estaba y no había forma de ignorarlo. Con la benemérita habíamos topado. Inflexible, me invitaba sable-laser en mano a pararme en la cuneta…y claro, aunque había sido responsable no pude evitar que el culo se me pusiese como ojo de paloma. Compuse mi mejor cara de póker y mientras llevaba el coche al arcén repasé mentalmente el día por si hubiese algún punto débil en mi inevitable declaración de inocencia. Nada podía arruinar tan magnífico día en la Maragatería…

Si hombre, la Maragatería, ya sabéis. ¿No habéis leído “La Esfinge Maragata” de Concha Espina? Bueno, yo tampoco. Pero resulta que habla de esta comarca de León de profunda identidad inalterable, esteparia. Con sus entrañas abiertas por el Camino de Santiago, conserva todavía las tradiciones construidas por los oriundos maragatos, pueblo de arrieros y comerciantes. Nuestra primera parada fue Asturica Augusta para los romanos, hito inexcusable para peregrinos. Fría y elevada sobre la planicie, su estratégica ubicación les vino de perlas para defenderse de los menos civilizados autóctonos. Como los romanos eran tan organizados, la rodearon de murallas que pueden recorrerse en parte, y la ataviaron de termas, templos y domus como la del mosaico del oso y los pájaros, que también puede disfrutarse aún.

Pero si te paras en Astorga, que no sea solo por eso. Es parada obligatoria por su ecléctica e impresionante catedral, que fusiona diferentes estilos y se corona con el célebre maragato Pedro Mato, de quién se dice que suministraba vino y aceite a los habitantes de la ciudad cuando fueron sitiados por los franceses durante la Guerra de la Independencia. Y cerca de la catedral, adosado a las murallas, nos deleitamos con magnífico Palacio Episcopal diseñado por Gaudí, que al que venga de León recordará inmediatamente a la casa Botines, aunque aún más impresionante. Con aire neogótico y detalles modernistas, sus originales ventanas, pináculos…componen un contrapunto curioso a la catedral, configurando una más que curiosa perspectiva desde sus jardines.

Imposible no admirar el sueño gótico de Gaudí

Imposible no admirar el sueño gótico de Gaudí

Ah, tampoco conviene perderse el llamativo Ayuntamiento barroco que preside la animada Plaza de España, en cuya fachada destacan dos torres gemelas y un curioso reloj con figuras de maragatos autómatas. Así de paso, para los más golosos (entre los que me incluyo), en la esquina de la misma plaza, uno puede entrar en Hojaldres Alonso y dejarse medio sueldo en abastecerse de hojaldres, mantecadas, chocolates…espectaculares.

El singular Ayuntamiento de Astorga

El singular Ayuntamiento de Astorga

Y es que viajar con el estómago es un placer, se mire por donde se mire. Por eso nuestro objetivo secreto no era otro que el archifamoso y siempre contundente cocido maragato. Eso es así. Por eso nos adentramos más aún en el país de los maragatos camino al turístico pero perfectamente conservado pueblo de Castrillo de Polvazares, donde degustaríamos el conocido plato. Por el camino, numerosos peregrinos en las calzadas o en bici; se hace Camino al andar. Antes de nuestro destino, un descubrimiento de nombre evocador y curioso, Murias de Redivaldo. Cuanta historia se esconde en los nombres y en las palabras. En realidad no tiene nada de particular, salvo el nombre, pero el verdadero viajero se abandona a estos arrebatos, configura su camino sobre la base de estos momentos. Nunca se sabe que se puede descubrir. En este caso, este tranquilo y ordenado pueblo esconde una calle con bonita arquitectura popular, una pequeña y coqueta iglesia donde cuatro vecinos disfrutaban de su misa dominical y un pequeño bar aledaño, el bar Félix, donde se ofrecía el menú del peregrino.

Finalmente, llegamos a Castrillo, donde hay que dejar el coche a la entrada del pueblo. Buena iniciativa. El pueblo es un monumento a esos maragatos de origen incierto que construyeron una vida en torno a su labor de arrieros (dicen que su nombre proviene de su labor, llevar el pescado de Galicia, el mar, a Madrid, los gatos). Todo órbita en torno a su Calle Real, y por ella nos adentramos en esta aldea de piedra, al son de la guitarra de un improvisado cantautor. Es un gustazo pasear entre esas viejas casonas arrieras, observar el contraste entre las rojizas fachadas y las coloridos portones, por donde antes entraban los carros y ahora los coches. Se ve que hay dinero, o lo que es aún mejor, gusto a la hora de salvaguardar la herencia. No hay nada sublime en sí mismo, es excepcional en su conjunto.

Y el alegre cantautor no dio la bienvenida

Y el alegre cantautor no dio la bienvenida

Antes de acudir a nuestro emplazamiento con el famoso cocido, descansamos en el pequeño jardín de la Taberna El Trechuro, escondido en una de las casonas a mitad de la Calle Real. Y después, acudimos a la llamada de El Almacén del Arriero, donde nos esperaba nuestro destino en fuente de barro, el famoso cocido maragato. Su particularidad es la forma de comerlo, empezando por las carnes y acabando con la sopa, pero lo importante es que el orden de las viandas no altera el resultado, al menos en El Almacén. El plan de vuelo es sencillo, pero contundente, aúna cantidad y calidad. Las carnes, espectaculares; los garbanzos, sabrosísimos; la sopa, brutal. Pero es que además, aquí se cierra con unas exquisitas natillas caseras y un bizcocho…a la altura del buen hacer y la amabilidad de los dueños. Ni que decir tiene que lo disfrutamos hasta casi desbordarnos, bien regado con buen caldo, como debe ser.

La arquitectura popular hace presente el pasado con mucho futuro

La arquitectura popular hace presente el pasado con mucho futuro

Henchidos, colmados, rebosados, dimos un último paseo por las tranquilas calles de Castrillo, para bajar el cocido, el vino y dar tiempo al cuerpo a recuperarse de tanto homenaje. Ese andar nos vino bien para luego afrontar tranquilos la sorpresa final, esa esfinge maragata con tricornio que nos esperaba a las afueras del pueblo. Pero era nuestro día y como la experiencia es un grado, el agente no pudo menos que felicitarnos y dejarnos continuar nuestro errabundear, no sin antes alabar las muchas bondades que la comarca ofrece al viajero. Y por una vez, tuvimos que dar la razón a la autoridad, ¡Bien merece la visita la Maragatería y su cocido!

Los ritos del tapeo y otros quehaceres del turisteo en León

Como el invierno de Camus, León siempre guarda en su interior un verano invencible. El frío norte que uno evoca al pensar en la ciudad se funde como el hielo en un gin-tonic en la terraza del Ginger en mitad de la calle Ancha, río peatonal que separa los dos barrios más famosos- el Húmedo y el Romántico- y pasarela por donde desfila la ciudad. El campamento de la mítica Legio VII romana se ha transformado, tras mil y un renaceres, en una ciudad palpitante, vital y regia. A ello, sin duda, contribuye su culto al viejo arte del tapeo.

La animada Plaza de San Martín, centro del tapeo leonés

La animada Plaza de San Martín, centro del tapeo leonés

La pulchra leonina, de luz y espacio

La pulchra leonina, construida de luz y espacio

Son varias las zonas donde homenajearse, aunque el clásico es Barrio Húmedo, donde el rito se oficia en cada una de sus medievales callejuelas. Si su centro geográfico es la pulcra Plaza Mayor, donde se levanta un animado mercado a los pies del herreriano consistorio, el centro neurálgico es la Plaza de San Martín, a partir de la cual conviene gravitar para tapear. El Llar, dónde nos aleccionaron sobre “los cortos”; El Botijo, setentero y con una cecina espectacular, las croquetas del Rebote…O mi preferido, La Alpargata, escondido y asediado por las omnipresentes despedidas de soltero y soltera, no parece que tenga nada especial, pero lo tiene todo: un dueño de lo más risueño, Mahou bien fresquita y tapas como los cojonudos (huevo de codorniz a la plancha), mariconadas o garbanzos, pasando por su deliciosa oreja guisada.

Cuándo uno ya está bien alimentado o simplemente no puede más, es buena política acercarse sin prisa a una de las joyas de la ciudad, la pulchra leonina, su catedral. Gótica, esbelta, elegante, afrancesada…a uno se le van acabando los calificativos. Son cinco euros bien invertidos. Está construida con espacios y luz, es ligera, ingrávida. Desde la emblemática portada hasta sus magníficas vidrieras, todo en ella es emblemático. Su contrapunto es la Colegiata de San Isidoro, la otra visita obligada. Maciza, sólida, profunda como el tiempo. Sus recias bóvedas salvaguardan su Panteón, obra maestra románica decorada con pinturas del siglo XIII que recrean escenas bíblicas y mundanas con una originalidad y maestría sin igual. Lástima que pese a los avisos, la incultura de la gente las ponga en peligro con furtivos flashes inmisericordes.

Pero esta antigua capital y noble ciudad tiene muchas más sorpresas. Al comienzo de la calle Ancha, se encuentran el renacentista Palacio de los Guzmanes o la gaudiana casa Botines, en la que el genial arquitecto quiso reinventar el gótico. Es curiosa también la casa Sierra Pambley, en la Plaza de la Regla o de la Catedral, una casa museo que invita a un viaje al siglo XIX y la vida de una familia ilustrada de provincias. Las intermitentes pero monumentales murallas o el moderno y colorido Museo Contemporáneo son también muescas interesantes para la memoria del viajero. O el esplendoroso Hostal de San Marcos, cuyos platerescos muros prisión de un poeta han sido, hospital y templo para peregrinos, y, ahora, Parador para algunos afortunados.

Aquí la casa Botines, aquí el Palacio de los Guzmanes

Aquí la casa Botines, aquí el Palacio de los Guzmanes

Pero si un rincón de León nos sedujo especialmente, esa fue la plaza del Mercado o del Grano…en busca de un anfiteatro perdido dimos con este lugar lleno de discreto encanto, a las espaldas del Barrio Húmedo. Su también pulcra iglesia románica, su aire de siesta, su empedrado y sus pórticos. Sentarse en la fuente que se levanta en su centro, y que simboliza los ríos Bernesga y Torío, es una buena forma de asimilar despacio lo visto y andando, repasar sin prisa lo vivido, y, si aún hay ganas, descansar para acabar el día tapeando por el Barrio Romántico, menos caótico pero con otros tesoros que degustar. Nuestra recomendación: los bocatines de calamares del Monalisa con una copita de vino. León bien merece un homenaje.

En medio de la ciudad, un descanso para la  peregrina

En medio de la ciudad, un descanso para la peregrina

Todo en un día

– ¿Qué vamos a hacer?
– La pregunta no es que vamos a hacer, la pregunta es ¿qué no vamos a hacer?

Ese día nos levantamos  mi musa y yo poseídos por el espíritu de Ferris Bueller, así que decidimos dedicar un día a recorrer ese Madrid que la monótona cotidianeidad no nos deja disfrutar. No tomamos prestado ningún Ferrari ni terminé cantando el Twist & Shout en un desfile en la Castellana, pero ahí van unas cuantas sugerencias para pasar un día de lo más memorable por las calles de esta ciudad maltratada y siempre fascinante.

Primera parada: Real Jardín Botánico. Ese gran desconocido, recuerdo de épocas más ilustradas. El soleado día aún conservaba frías las manos cuando llegamos a la puerta de acceso (en la Plaza de Murillo), donde hacían cola más turistas que vecinos. Vale la pena vencer la pereza del residente en la ciudad y pagar los tres euros de la entrada, el Jardín es ahora un oasis urbano melancólico y tranquilo, que permite desconectar mucho mejor que el populoso Retiro caminando relajado por la Rosaleda o el Paseo de las Estatuas, respirando aromas familiares y lejanos, aprendiendo a leer lenguajes de madera. Disfrutamos de la variedad de flores y curioseamos las plantas aromáticas, recorrimos el nuevo paseo de plantas de invierno y vimos alguno de los bonsáis que regaló al Jardín el expresidente González. También contemplamos enormes castaños y tilos, venerables tejos…Pero lo que más nos gustó fueron los invernaderos del siglo XIX, divididos en diferentes ambientes para preservar especies tropicales, desérticas o acuáticas…

Invernaderos metálicos en el Jardín Botánico

Invernaderos metálicos en el Jardín Botánico

Después, reconciliados con nuestro lado más natural, nos volvimos a convertir en urbanitas sedientos y decidimos ir practicar el viejo arte del aperitivo en la calle Jesús. La primera opción era nuestra reverenciada Cervecería Cervantes, pero estaba más llena si cabe que de costumbre y decidimos probar suerte más abajo. Probamos en Los Gatos, bar castizo y con mucha personalidad, trastero de los más curiosos objetos. Su acumulativa atmósfera la riegan con cervezas muy bien tiradas y con tapas de lo más sugerente. En nuestro caso el pincho de tortilla, de diez. Un buen lugar donde empezar a perder el día. Decidimos continuar para bingo mientras esperábamos refuerzos y pasamos al bar de al lado, La Anchoíta de Madrid, de estética marinera y con sus paredes tapizadas de fotos de famosos y no tan famosos de la escena madrileña. También aquí conservan el buen hacer de tirar bien la cerveza, arte cada vez menos cultivado. Para comprobar el buen hacer es necesario observar que en la caña se van marcando con espuma cada uno de los tragos que hemos dado. Aquí, en el corazón de Madrid, aún cuidan estos detalles.

Hermosos castaños daban sombra...¿o eran tilos?

Hermosos castaños daban sombra…¿o eran tilos?

Una vez que llegaron los refuerzos volvimos sobre nuestros pasos al Cervantes, y esta vez sí, pudimos degustar un buen vermut y un brutal pulpo a la gallega mientras veíamos la larga cola de creyentes guardar su sitio para venerar al Cristo de Medinaceli, en una estampa también muy típica de la capital. Remontamos la calle de las Huertas, adentrándonos en el muy literario barrio de las Letras para buscar algo más contundente con el que dar por finalizado el almuerzo. Nos hicimos fuertes en la en la terraza del Matute12, en la plaza del mismo nombre,  con una carta cosmopolita y ecléctica, como el interior del garito. No estaba mal, aunque habrá que volver para fundamentar mejor la opinión. La fachada no estaba mal, pero está por ver si tiene suficiente fondo. El café era de recibo tomarlo en la plaza de Santa Ana, donde un hombre indefinible nos amenizó la sobremesa con su Michael Jackson Dance. El dinero que le dimos para salvaguardar su estilo de baile nos pareció mucho mejor invertido que la desorbitada cuenta por los cafés.

Humor absurdo y una cerveza, ¿se puede pedir más?

Humor absurdo y una cerveza, ¿se puede pedir más?

¿Y luego…? Pues rizamos el rizo y nos dimos un baño de capitalidad disfrutando de algunos de esos planes con los que te organizan el fin de semana las guías de ocio. Véase: buscar el último graffiti que aún queda en la ciudad del celebérrimo Muelle (lo buscáis que si no, no tiene gracia); ir de compras y curiosear por la siempre moderna calle de Fuencarral, tomar una cañita en el mítico Palentino en la calle Pez, ir al teatro Alfil para disfrutar del humor absurdo, somos muy fans del humor absurdo, de los gags de los Monty Python…¿y luego…? Luego no nos quedó más remedio que acabar el magnífico día más de la mejor forma: entre amigos y disfrutando de una hamburguesa en el Alfredo’s Barbacoa (posiblemente, la mejor de Madrid). Y es que ya lo decía Mathew Broderick en la mítica película: la vida pasa demasiado rápido, y si no te paras y miras a tu alrededor, puedes perdértela.

 

Tras Tiberis

Ocurre que el viajero, a veces, se comporta como un entomólogo buscando recuerdos y monumentos que clasificar, catalogar y guardar. Nunca hay suficientes ruinas, siempre hay una foto aún por hacer. Pero desperdiciar el presente buscando recoger para el futuro un recuerdo pasado no es siempre un buen negocio, ¿cómo disfrutar del vuelo de una mariposa si le clavas las alas con un alfiler? No soy ajeno a este síndrome acaparador. Por eso es tan necesario en todo viaje perderse en un barrio como el Trastevere en Roma. Hay otra Roma al otro lado del Tíber, una Roma más allá de los monumentos y las grandilocuentes iglesias, aunque también haylos.

Porque una ciudad no se abarca, se vive; lo mejor que puede uno hacer es cruzar el puente Palatino, por ejemplo, y sumergirse de lleno en este barrio canalla recorriendo sus estrechas calles adoquinadas con sampietrini, curiosear las tiendas que se abren a los pies de sus medievales casas, trastear en sus sombras y sus excesos. Es lo suficientemente sucio y follonero para ser de lo más bohemio, y desprende vida por los cuatro costados. Roma dentro de Roma, mejor dejarse llevar por sus mareas. Su encanto es más ordinario, de oído y de tacto, también de sabores. Epicúreo. Sus fachadas rojizas y color tierra esconden varias sorpresas también para el turista más ortodoxo, aunque endulzadas por el aroma de glicinas en primavera y las risas de los que disfrutan de sus cervezas en alguna de las muchas terrazas. La arrebatadora Santa María en Trastevere, una de las primeras iglesias de Roma, con sus dorados mosaicos y su medieval campanario abiertos a una animada plazuela; el renacentista templete de San Pietro in Montorio; el exquisito Palacio Farnese o el Palacio Corsini, la Porta de San Pancrazio…

La noctámbula y mágica Santa María en Trastevere

La noctámbula y mágica Santa María en Trastevere

Ahora, el verdadero placer es el ambiente caótico, sus muchedumbres que abarrotan sus tardes y sus noches, beberse su alma y comerse su corazón. Y hay miles de opciones. La Via de la Lungaretta sirve de arteria principal, de toma de contacto, y ya en ella hay mil opciones para degustar el barrio. Pero es recomendable perderse sin prisa para encontrarse por todas las calles aledañas, tomarte tú tiempo. Algunas recomendaciones convenientemente examinadas: para una cerveza o un café, el Chakra Café, con buena música y un ambiente relajado; para cenar, dos tratorias abarrotadas, económicas y para ir sin prisa, el Carlo Menta, aliado de los bolsillos más austeros, suele estar de bote en bote por muchedumbres de jóvenes y turistas que buscan calidad a bajo precio (eso sí, sin alardes; la rughetta no la regalan); el otro es el Ivo a Trastevere, pizzería familiar y templo de glorias futbolísticas, sus pizzas y precios merecen afrontar sus particulares tiempos; el vino blanco y sus escenas costumbristas ayudan también en la espera).

La noche en el Trastevere se come y se bebe

La noche en el Trastevere se come y se bebe

Pero si hay algún lugar que guarde en sí mismo toda la personalidad de este barrio personalísimo ese el Bar San Calisto ¿y qué tiene de especial el Bar San Calisto? Todo y nada. Becarios y porreros, desarrapados y turistas, romanos y bárbaros, se aprietan en su terraza, cerveza en mano-un cigarro en la otra-y se enfrascan en mil charlas. Todas ellas vitalmente intrascendentes y de suma importancia. El hecho de que la cerveza aquí sea excepcionalmente barata comparada con el resto de la ciudad, ayuda a este desbordamiento de sensaciones. Aquí pasamos una gran tarde dilucidando cual es la mejor cerveza de la ciudad…nadie ni nada es ajeno en el Calisto, todo es posible tras tiberis.

El Ponte Cestio, que une el Trastevere con la isola Tiberina es una de las más bellas postales

El Ponte Cestio, que une el Trastevere con la isola Tiberina es una de las más bellas postales

Un viaje a Roma: un tour a velocidad eclesiástica

Tras la opípara comida decidimos quemar calorías con un tour eclesiástico, otra realidad de esta urbe poliédrica. Allí donde hay tanto que ver, el dilema del turista se resuelve caminando. Empezamos visitando la iglesia de San Clemente, que a su favor tenía la cercanía con el restaurante. De gran valor histórico, es de esos edificios que miden las edades de una ciudad, cuyos restos son estratos sobre los que se lee el pasado. Sobre una casa romana del siglo II se construyó una de las primeras iglesias católicas en el IV, y sobre ella, varias reformas en diferentes momentos dan cuerpo a la iglesia actual. Su interior, ricamente decorado con frescos murales y elementos bizantinos, guarda el misterio de varias tumbas de decimonónicos ingleses e inglesas, quizás enamorados hasta los huesos de la ciudad durante su Gran Tour.

La estratificada San Clemente

La estratificada San Clemente

Después, remontamos la colina de Celio por la via di San Giovanni in Laterano, que desemboca en la plaza de Juan Pablo II donde, tieso como un palo, vimos el primer obelisco egipcio de nuestro viaje. ¿Era ese el famoso obelisco de Karnak? Esta pregunta se convertiría en nuestro particular déjà vu turístico. Y en la plaza, San Juan de Letrán, la catedral de facto de Roma. Sí, esta es la verdadera catedral y sede pontificia del obispo de Roma, o más comúnmente conocido como Papa. La fachada encajonada que encontramos en la plaza- otra más grandilocuente y monumental se disfruta rodeando el palacio obispal- no da la verdadera medida de lo que uno encuentra cuando cruza sus puertas: el barroco desatado de Borromini satura sus proporciones desproporcionadas, el ábside ricamente decorado de dorados mosaicos, las fascinantes y formidables estatuas de los Apóstoles de la nave central…Y para los amantes de la casquería más sagrada, aquí es donde se conservan las cabezas de San Pedro y San Pablo. Pero no puede uno marcharse sin rematar la visita acercándose al cercano Sancta Sanctórum.

El barroco interior de San Juan de Letran

El barroco interior de San Juan de Letran

La Santa Scala

La Santa Scala

Se sea o no creyente, merece la pena acercarse. Aquí también engañan las apariencias, no hay que dejarse engañar por la vulgar entrada. Uno empieza a pensar que están diseñadas por el viejo cruzado de “Indiana Jones y la última cruzada”…Aquí se guarda la Santa Escalera, 28 escalones de mármol (ahora cubiertos de madera) que según la leyenda son por los que subió (y supongo que bajó) Jesucristo en el Palacio de Poncio Pilatos. Santa Helena, la madre del Emperador Constantino, fue la que encargó traerla de Jerusalén. Hoy en día los fieles más devotos ascienden los 28 peldaños de rodillas, en una imagen chocante pero de tremenda solemnidad, para llegar al Sancta Sanctórum, la capilla privada que utilizaban antiguamente los papas. El nombre le viene de la fantástica colección de reliquias santas que guarda y por la imagen del Cristo Redentor aquiropoieta, es decir, no pintada por mano humana (aunque hay quién le da orígenes más bizantinos y terrenales). Existen dos escaleras aledañas a la santa para que puedan subir los menos penitentes.

Habíamos cogido ya velocidad eclesiástica de crucero y decidimos andurrear hasta San Pedro in Vincoli. Desandamos el camino por elegantes barrios residenciales, atajamos por el parque dónde se esconde la demencia pétrea de la Domus Aurea de Nerón y ahora acoge a colegiales con ganas de jugar y ensimismadas parejas. O turistas como nosotros. Regateamos al Coliseo por la derecha, aunque nos dio tiempo para contemplarlo bajo la luz de la tarde y esperar la imagen perfecta con la típica Vespa cruzando el encuadre. Y ahí estaba la iglesia renacentista…Conocida por cobijar el mausoleo del Papa Julio II, las cadenas que llevó San Pedro esplendidas pinturas y, sobre todo, el Moisés de Miguel Ángel. Esta escultura de mármol blanco, a la que el propio artista le echaba en cara que no hablase, merece cualquier paseo. Su perfección es abrumadora. Uno puede pasarse horas buscando la imperfección que lo convierta en humano.

¿Por qué no hablas?

¿Por qué no hablas?

La luz se difuminaba cada vez más en esta ciudad-escenario, pero decidimos buscar el más difícil todavía: llegar a tiempo para emular a Audrey Hepburn y Gregory Peck en la Boca de la Verdad. Somos carne de cliché. De camino tuvimos tiempo de contemplar bajo la melancólica luz de la tarde de nuevo el Coliseo o el triunfal Arco de Constantino, y encaramos la Vía Triumphalis como si fuésemos los últimos emperadores del Imperio. Después cruzamos el olvidado Circo Máximo, desvalijado de sus glorias pasadas y enterrado en un presente desolado. Pero nos quedamos sin remake, porque la boca del tritón había cerrado. Era ya tarde y nos tuvimos que contentar con verla a través de los barrotes que la guardan de los cinéfilos y los vándalos, en el pórtico de la medieval Santa María di Cosmedin. En cualquier caso la visita merece la pena, por la frugal iglesia y su elegante campanario románico o los dos pequeños templos romanos que se levantan enfrente, deliciosamente pequeños y proporcionados, uno circular y otro cuadrado.

Templo con campanario al fondo

Templo con campanario al fondo

Pero si bien el tour eclesiástico había acabado, la noche acababa de empezar, y el Trastevere estaba justo al otro lado del Tíber…

La visión del artista

La visión del artista