Encantos otoñales en la hospitalaria Berlanga de Duero

Despertarse con estas vistas recarga las pilas a cualquiera

Despertarse con estas vistas recarga las pilas a cualquiera

Hacía frio cuando llegamos a Berlanga de Duero, mucho frío. Era otoño y ya hacía una rasca importante. Por eso fue doblemente cálida la recepción que nos dispensó Lorena cuando llegamos a su Hotel Rural Villa de Berlanga. Embajadora de excepción de la villa, su pasión por su tierra se nota en la efusividad con la que te informa sobre todas las posibilidades que ofrece la localidad y sus alrededores al viajero; una guía turística fantástica. Y tremendamente hospitalaria, lo que hace aún más acogedor este pequeño hotel que tiene poco de rural, con sorprendentes habitaciones de diseño urbano, amplias y limpias, y excelentes vistas a la Colegiata o al Castillo. Si me aceptan el consejo, elijan una de las segundas. Desempañar el cristal de la ventana al levantarse y descubrir la impresionante silueta bajo el primer sol de la mañana…es uno de esos intangibles que alegran el viaje.

La desproporcionada Colegiata asomada a la tranquila Plaza de San Andrés

La desproporcionada Colegiata asomada a la tranquila Plaza de San Andrés

Frente al hotel, decíamos, se encuentra la desproporcionada Colegiata de Nuestra Señora del Mercado, presidiendo la tranquila plaza de San Andrés. Su altura y solidez la confieren de una elegancia serena, pero descuadran sus dimensiones con respecto al resto de la villa. En su día uno de los ejes sobre los que pivotaba el día a día, guarda en su interior una sorpresa que ahora es también logotipo turístico, la piel del primer caimán que vino de las Américas, cortesía del descubridor de las Islas Galápagos, fray Tomás de Berlanga, que, como se podrá imaginar el lector, era natural del villorrio. Cómo era ya noche cerrada cuándo llegamos, nos dedicamos a errabundear, algo a lo que somos muy dados. Pronto desembocamos en la Plaza Mayor, porticada y repleta de historia. De clásico perfil castellano, a la sombra de sus soportales se abrigaban algunos bares donde unos pocos parroquianos veían el fútbol. Caía una fina lluvia cuando llegamos a la Puerta de Aguilera, último vestigio de la antigua muralla medieval, y aun andamos un poco más hasta casi la entrada del pueblo, donde recibe a los visitantes (o los despide) un bello rollo gótico de perfil esculpido que por las noches está muy bien iluminado. En general es un pueblo muy bien iluminado, la verdad, lo que, junto a la tranquilidad que se respira, hace que sea un placer perderse en la noche por sus callejuelas flanqueadas de bonitos edificios medievales, con sus vigas de madera a flor de piel de adobe, y nobles palacetes engalanados con sus blasones. Existen también un par de calles que aún recuerdan un pasado de judería, una de las más activas y renombradas de Castilla.

Ejemplo de casa típica medieval, morada de fray Tomás de Berlanga para mayor interés

Ejemplo de casa típica medieval, morada de fray Tomás de Berlanga para mayor interés

 Aunque el frío cada vez apretaba más el abrigo en torno al cuerpo y, para que negarlo, el hambre ya carraspeaba en el estomago, decidimos acercarnos a los pies del castillo, para ver sus impresionantes piedras iluminadas en la noche. La sorpresa fue encontrar el esplendorosamente triste perfil del que en su día fue uno de los más bellos palacios, el Palacio de Villa y Tierra. Fue el sueño de los Marqueses de Tovar y Velasco, especialmente de María de Tovar, mujer adelantada a su tiempo y mecenas de la villa, que trajo el renacimiento italiano a estas tierras. Cruelmente expoliado y quemado por los franceses durante la Guerra de la Independencia, sus jardines contiguos, sostenidos al cerro sobre el que se eleva el castillo con elegantes parterres, eran legendarios. Su fachada, amablemente acompañada de dos torres y amarrada a los lienzos defensivos del Castillo, preside aún la plaza del Mercado, permitiendo imaginar la magnificencia que debió mostrar en su día. Había valido la pena postergar un poco la cena. Pero todo tiene su momento, ¿no? Era hora de cenar y a eso fuimos.

La otrora esplendida fachada del Palacio

La otrora esplendida fachada del Palacio

 Aunque hay varias opciones para el buen yantar, de camino habíamos visto un letrero que nos llamó profundamente la atención: Casa Vallecas. Y aunque no nos une especial relación con el barrio madrileño, bastó esa analogía para dirigir hacia allí nuestros pasos. Y sin saber si hay algo más que lo relacione, nada más entrar nos dimos cuenta que ambos, barrio y restaurante, tienen al menos algo en común, una personalidad propia. Un extraño mural de alguna desconocida vanguardia artística del siglo pasado sirve de contexto a algunas mesas y sillas, en la barra y en torno a la televisión, el reparto propio del medio rural, unos pocos vecinos entrados en años, la benemérita tomando un café, el curioso camarero con alopecia de diseño. Y sin embargo, que atrevida es la ignorancia y el juicio ligero. No quisimos cenar más que unas pocas tapas, así que nos sentamos cerca del colorido mural. ¡Eh! No te lo esperas. Unos platos que si bien no son para tirar cohetes por la cantidad, desbordan sabor y originalidad. Una experiencia sorprendente sin duda. Apuntado queda que tenemos que volver para probar el menú durante las afamadas jornadas micológicas. Cenamos de maravilla en el Vallecas, hay que decirlo.

El paseo a los pies del Castillo y a orillas del Escalote

El paseo a los pies del Castillo y a orillas del Escalote

A la mañana siguiente, después de despedirnos de nuestra amable anfitriona, decidimos peregrinar alrededor del cerro, buscando desde todos los ángulos la mejor foto del impresionante Castillo, el cual lleva infinidad de vidas asomado al valle, primero como fortaleza musulmana, más tarde refugio cristiano y, los muros que hoy disfrutamos, son, en su interior, del siglo XV, y los gruesos muros y robustos torreones circulares del exterior, del siglo XVI. Las murallas que lo rodean se extienden sobre manera, acompañando la curva natural de la piedra, sin intentar remontarla, por lo que cuánto más se aleja uno, más impresionante es la estampa. A finales de verano un campo de girasoles a los pies de la muralla terminan de pintar de color la fotografía más buscada. Si persevera uno en su andar, descubrirá como lo hicimos nosotros un agradable parquecillo escondido entre el río y la pared que resguarda la espalda del baluarte , que aquí se eleva como una negra pared. Y al terminar de rodear el castillo y donde termina el parque, hay un camino por donde adentrarse en el cañón del Río Escalote. Nosotros así lo hicimos y a pesar del lo estrecho del cañón, las orillas del río estaban sembradas de huertas y alguna pequeña edificación. Y allí en el camino, encontramos a dos vecinos conversando: -Va a llover- decía uno. -Déjalo que llueva- contestó el segundo. -Pues eso digo yo…-. Eso sí que es una actitud ante la vida. Aprendida la lección, retomamos el camino para ir a ver la enigmática ermita de San Baudelio, pero eso es otra historia…

El impresionante castillo de Berlanga y sus murallas

El impresionante castillo de Berlanga y sus murallas

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