Murmullos de bambú en Arashiyama

Es muy temprano. Madrugamos mucho, pero hay que aprovechar el día. Yo remoloneo un poco más mientras tú te pones en marcha. Me encanta esa sensación de despertar lejos, en un mundo que no gira alrededor de lo cotidiano. Turno para ducharme. Hay montón de chorradacas: cepillos de dientes, champús y geles…más para la colección, soy incapaz de resistir la tentación. ¿Y el retrete? Que grandes son estos japos…calentito, ergonómico y esos chorros que le descubren a uno mundos inexplorados…ya me lo dijo un amigo “No querrás otro una vez lo pruebes”. En fin. Me doy prisa, ya estás nerviosa. El ying y el yang de los despertares: tú activa desde el minuto dos, yo con despertar a fascículos. You like potato and I like potahto…¿He dicho que me encanta?

Uno puede asomarse respetuoso a la vida monacal budista

Uno puede asomarse respetuoso a la vida monacal budista

Bajamos los catorce pisos casi sin enterarnos, es una suerte para mí que el ascensor sea cerrado. La ciudad hace mucho que está en marcha, un ejército de peculiares autómatas ha tomado la calle. El Excelsior Café está cerca del hotel, ¿desayunamos ahí?. Mientras tomamos un café y una tostada francesa planteamos el orden del día. Un pensamiento me pasa por la cabeza: es curioso como el desayuno occidental si ha triunfado, esperemos que la cocina nipona resista en los demás frentes. Hoy decidimos que vamos a administrar nuestras fuerzas y vamos en metro hasta la estación de tren. El metro, ese submundo, ese hormiguero…no tardamos mucho en descifrar los códigos para sacar un billete y encontrar la línea correcta, es más fácil de lo que uno teme al principio. Y no está tan masificado como me imaginaba, veremos a ver Tokio. Vistos de cerca, estos autómatas tienen sinfín de particularidades. Casi todos tienen un halo un tanto extraterrestre y solitario. Solo los niños se saltan esas leyes invisibles de comportamiento. La estación central es el centro del hormiguero, un país de las maravillas con cien mil conejos blancos corriendo de lado a lado. Restaurantes, tiendas, de todo. Vamos directos al centro de información porque aprovecharemos para activar el Japan Rail Pass, algo así como el Interrail en Japón; aunque para ir a Arashiyama no nos vale. Yo saco los billetes, tu vas a activar los JR Pass. Desde la fila te veo superar con arrojo la barrera idiomática, lo tienes controlado. Qué gran equipo hacemos. Mi turno…no la entiendo, mal empezamos…arrastro mi inglés por los suelos pero la amabilidad de estas gentes lo hace todo mucho más fácil. Al final no tardamos mucho y ya tenemos todo, listos para empezar la parte lúdica del día. En el andén otra imagen para recordar: en el suelo están marcados con una línea los puntos donde estarán las puertas del tren una vez pare y la gente se distribuye detrás de esas líneas, formando filas perfectas mucho antes de que llegue el tren, haciendo gala de un estoicismo y un respeto a las normas que para unos españoles como nosotros, no deja de chocar con el “tonto el último” propio de nuestra piel de toro. Casi me dan ganas de llorar y abrazarles, porque son un ejemplo de que sí se puede…

La contemplación del jardín zen del Tenryu-ji relaja a cualquiera

La contemplación del jardín zen del Tenryu-ji relaja a cualquiera

Una de las chozuyas para purificarse que se encuentran en el templo

Una de las chozuyas para purificarse que se encuentran en el templo

El tren asciende despacio las colinas. Llegamos a una pequeña estación de Arashiyama, nada que ver con el mastodonte que del que hemos partido. Nos bajamos junto con los demás turistas y con algunos lugareños. En un pequeño puesto de información turística pillamos un mapa de la zona, muy bien ilustrado pero no muy clarificador. Ya iremos aprendiendo su lenguaje oculto, lo importante es ponerse en marcha. Pequeñas casitas flanquean nuestro paseo inicial hasta el centro del pueblo, vamos buscando el famoso bosque de bambú. Debimos girar a la izquierda en el ultimo cruce. No hay nada como perderse sin prisa. Desandamos nuestros pasos siguiendo a una pareja catalana que también busca el bosque. Aquí hay una señalización, no íbamos tan mal encaminados. Nos dejamos llevar por el río de turistas y nos adentramos en el bosque sagrado por un camino flanqueado de vallas que nos separa del bosque. Los troncos, enhiestos como lanzas, se alzan altísimos, muy finos, muy juntos. Sus tallos flexibles se agitan con el viento, ¿somos insectos en un enorme jardín?. La penumbra y los crujidos, el murmullo del bosque resulta hipnótico. La gente se para cada dos por tres para hacerse un selfie o una foto. ¿Nosotros también? Venga, va. Pongo mi mejor cara, que no es mucho decir. Ahora te toca a ti, esto mejora. A un lado del camino se abre la puerta de un templo, debe ser la entrada norte del Tenryu-ji. Prepara otros 1200 yenes y el libro para que luego nos lo sellen. Tiro de guía para ponernos en situación. Construido en 1339 sobre la antigua residencia del emperador Go-Daigo, después de que un sacerdote soñara que un dragón surgía de un río próximo. Para apaciguar al dragon, que era el símbolo del espíritu inquieto del antiguo emperador, construyeron el templo. ¿Cómo se te queda el cuerpo? Nos adentramos por los caminos de grava que serpentean entre el cuidado jardín. Leo que el jardín zen, del siglo XIV, es en realidad la atracción principal. No me extraña, es increíble. Armonía pura, transmite una profunda tranquilidad, ¿no crees?. Nos dejamos llevar sin prisas, incluso descansamos a los pies de un templo, disfrutando la imagen del estanque estampado de rocas con cuidados pinos y arces encaramados a ellas y suaves y verdes colinas circundantes de fondo. Uno podría difuminarse en una estampa como esta. Sudamos por el calor, pero es sudor zen. ¿No te quedarías todo el día aquí? Lo sé, hay que moverse. Salimos de nuevo a la sombra mágica de los bambúes. Al final del camino, el dilema: izquierda o derecha. Hacemos como Robert Frost y escogemos el menos transitado. Esa es la única diferencia.

El magico bosque de bambú

El mágico bosque de bambú

El camino bordea suavemente la colina, vienen señalados varios templos y encontramos algunas pequeñas tiendas de recuerdos. Son tiendas de cerámica o de recuerdos de mimbre y bambú. Echamos un ojo para aprovechar por unos momentos el aire acondicionado. Pero lejos de poner mala cara a nuestra picaresca, nos ofrecen un té para beber. Me tienen totalmente entregao. Nos perdemos aún más en la zona residencial, camino al pueblo. La tranquilidad es absoluta en este barrio de casas modernas que intentan asemejar construcciones típicas japonesas. Me señalas divertida una curiosa figurilla que se esconde en muchos de los jardincillos de las casas, una especie de mapache con caparazón de tortuga y enormes atributos colgantes. Creo que es un ser mitológico que llaman Tanuki y debe de atraer a la suerte. Y a nosotros nos la trae, porque sin haberlo planeado encontramos el templo Seiryo-ji. Y casi sin gente. Nuestra guía nos sopla que se construyó sobre el 895, asemejando los templos budistas chinos. Y resulta que aquí se venera una estatua de buda llamada Shankyamuni, tallada en madera de sándalo. Me abstraigo de los fríos datos y me entrego a la contemplación. Hemos entrado por un lateral; al fondo está la entrada principal, con un gran torii de madera con dos tejados. Alrededor de la gran explanada, se diseminan varios templos, una pagoda y muchos árboles, algunos son los venerados cerezos. Nos acercamos sigilosos al templo principal, atraídos por la actividad que parece que se desarrolla dentro. Con mucha cautela nos asomamos y descubrimos que están en plena ceremonia. Los monjes, con diferentes vestiduras, cantan y tocan diferentes instrumentos. Todo es dorado, madera y letanías. De rodillas todos, nosotros les acompañamos con un respetuoso silencio. Cuándo vemos que uno de ellos golpea un cuenco tibetano, nos miramos y sé que estas pensando lo mismo que yo: ““¡Quiero el cuchillo! ¡Por favor!”. Inmenso Eddie Murphy en El chico de oro. Vaya dos. Nos quedamos aún un tiempo disfrutando de esa paz que emana de ese cantar recitado, aunque no entendamos nada. Luego nos alejamos en silencio y andurreamos por el templo, como si despertaramos poco a poco de un sueño. No es ni medio día.

En los templos uno encuentra curiosas estatuas de madera

En los templos uno encuentra curiosas estatuas de madera

Encontramos la Arashiyama Shoten-gai-la calle principal vaya-y descendemos por ella entre grupos de turistas. Un joven japonés vestido de época nos ofrece hacer el paseo en rickshaw, pero desechamos la idea. Se nota que es la calle principal, la oferta para comprar y comer es enorme. ¿Has visto esos dulces tan curiosos? Empieza a chispear, aunque es solo un amago. Es tanto el calor que se agradecería que rompiese a llover. Ahí está el puente Togetsukyo o “puente que cruza la luna”. Otro nombre evocador, aunque es el río Hozu lo que realmente cruza el puente. Espera, que voy a hacer unas fotos. Te paras y con infinita paciencia esperas a que proceda con la particular ceremonia. Cambia el objetivo, espera el momento, tira dos o tres fotos hasta que descubres cual es la luz (o crees descubrirlo). Eres una santa. Pero la escena merece el intento. En la curva que dibuja el río antes de llegar al puente, se diseminan unas cuantas barcas de paseo y otras muchas de pescadores del pueblo. Después leeré que algunos de estos pescadores aun se dedican a la tradicional pesca con cormorán. En ese momento solo veo el río, los bosques que parecen desparramarse sobre él desde las colinas adyacentes, el embarcadero y las barcas. Cámara en mano terminamos de cruzar. Al otro lado se extiende aun más el pueblo, aunque hay poco más que ver. Un sendero que bordea el río y desde el cual se accede a una de las atracciones más visitadas, el parque de los monos. No estamos para monerías, el calor hace estragos y estamos ya un poco cansados, decidimos volver. Si nos damos prisa aún cogemos el tren a tiempo y llegamos a comer a Kioto, ¿te parece?. Y esto es solo la mañana…como nos gusta

Pescadores recorrían el río con sus embarcaciones tradicionales

Pescadores recorrían el río con sus embarcaciones tradicionales

 Continuará…